CANCIÓN DE LOS POETAS LÍRICOS (Bertolt Brecht)

 

(Cuando, en el primer tercio del siglo xx, no se pagaba ya nada por las poesías.)

 

Esto que vais a leer está en verso,

digo porque acaso no sabéis ya lo que es un verso ni un poeta.

En verdad, no os portasteis muy bien con nosotros.

¿No habéis notado nada? ¿Nada tenéis que preguntar?

 

¿No observasteis que nadie publicaba ya versos?

¿Y sabéis la razon? Os la voy a decir: Antes, los versos se leían y pagaban.

Nadie paga ya nada por la poesía, Por eso hoy no se escribe. Los poetas preguntan:

«¿Quién la lee?» Pero también se preguntan; «¿Quién la paga?»

 

Si no pagan, no escriben. A tal situación los habéis reducido.

Pero ¿por qué?, se pregunta el poeta. ¿Qué falta he cometido?

¿No hice siempre lo que me exigían los que me pagaban?

¿Acaso no he cumplido mis promesas?

 

Y oigo decir a los que pintan cuadros

que ya no se compra ninguno. Y los cuadros también

fueron siempre aduladores; hoy yacen en el desván…

¿Qué tenéis contra nosotros? ¿Por qué no queréis pagar?

 

Leemos que os hacéis cada día más ricos… ¿Acaso no os cantamos,

cuando teníamos el estómago lleno, todo lo que disfrutabais en la tierra?

Así lo disfrutabais otra vez: la carne de vuestras mujeres,

la melancolia del otoño, el arroyo, sus aguas bajo la luna…

 

Y el dulzor de vuestras frutas. EI rumor de la hoja al caer.

Y de nuevo la carne de vuestras mujeres. Y lo invisible

sobre vosotros. Y hasta el recuerdo del polvo

en que os habéis de transformar al final.

 

Pero no es solo esto lo que pagabais gustosos. Lo que escribíamos

sobre aquellos que no se sientan como vosotros en sillas de oro,

también nos lo pagabais siempre. ¡Cuántas lágrimas enjugamos!

¡Cuántas veces consolamos a quienes vosotros heríais!

 

Mucho hemos trabajado para vosotros. Jamás nos negamos.

Siempre nos sometimos. Lo más que decíamos era «¡Pagadlo!»

¡Cuántos crímenes hemos cometido así por vos­otros! ¡Cuántos crímenes!

¡Y siempre nos conformábamos con las sobras de vuestra comida!

 

Ay, ante vuestros carros hundidos en sangre y porquería

nosotros siempre uncimos nuestras grandes palabras.

A vuestro corral de matanzas le llamamos «campo del honor»,

y «hermanos de labios largos» a vuestros cañones.

 

En los papeles que pedían impuestos para vosotros

hemos pintado los cuadros más maravillosos.

Y declamando nuestros cantos ardientes

siempre os volvieron a pagar los impuestos.

 

Hemos estudiado y mezclado las palabras como drogas,

aplicando tan solo las mejores, las más fuertes.

Quienes las tomaron de nosotros, se las tragaron,

y se entregaron a vuestras manos como corderos.

 

A vosotros os hemos comparado solo con aquello que os placía.

En general, con los que fueron también celebrados injustamente

por quienes les calificaban de mecenas sin tener nada caliente en el estómago.

Y furiosamente perseguimos a vuestros enemigos con poesías como puñales.

 

¿Por qué, de pronto, dejáis de visitar nuestros mercados?

¡No tardéis tanto en comer! ¡Se nos enfrían las sobras!

¿Por qué no nos hacéis más encargos? ¿Ni un cuadro? ¿Ni una loa siquiera?

Es que os creéis agradables tal como sois?

 

¡Tened cuidado! ¡No podéis prescindir de nosotros!

¡Ojalá supiéramos cómo atraer vuestra mirada hacia nosotros!

Creednos, señores: hoy seríamos más baratos.

Pero no podemos regalarles nuestros cuadros y versos.

 

Cuando empecé a escribir esto que leéis —¿lo estáis leyendo?—

me propuse que todos los versos rimaran.

Pero el trabajo me parecia excesivo, lo confieso a disgusto,

y pensé: ¿Quién me lo pagará? Decidí dejarlo.

(1931)

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