El danzarín de las fiestas del Tayta Shanti (Manuel Lasso)

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Dedicado a don Juan Navarro Lazo, sicaíno por antonomasia.

 

Al enterarse de que la invasión de la capital por un odiado enemigo era algo inminente y que los infantes del Bulnes y del Valdivia pasarían por las calles de Lima rompiendo a culatazos las vitrinas de las bodegas, regando el vidrio por las veredas, sacando a los dueños de sus dormitorios para fusilarlos delante de sus mostradores y de los daguerrotipos de sus antepasados que colgaban en la pared en medio de innumerables botellas de vino, abusando de las mujeres como les viniese en gana, levantándoles los vestidos, metiéndoles las manos por donde quisiesen y disparándoles en la cabeza, con un Colt 45, a los maridos que tenían la osadía de protestar o arriando el pabellón nacional para izar el suyo con toque de corneta y redoble de tambores, Niquiash decidió dejar sus chacras llenas de chala, sus animales y los enfermos de chapla de los que cuidaba en su pueblo ribereño del Mantaro para irse a la guerra, armado solamente con un sombrero adornado con hojas de utcu, su poncho de tiras pardas y el puño en alto. La idea de que un soldado detestable podría ordenarle, a punta de fusil y carajeándolo de mal modo, que le entregase todas sus talegas de pan semita que había horneado la noche anterior, sus botellas de chicha, sus choclos de granos multicolores y sus sacos de habas verdes, ocas y mashuas, le incendiaban el alma con una impiedad casi abominable.

 

Lo que más le contrariaba era saber que ya no podría acariciarle la panza a sus corderos favoritos ni escuchar los mugidos de sus toritos pintos cuando el hierro al rojo vivo les marcaba las ancas. No podría leer al anochecer, como lo había hecho durante toda su vida, alumbrado solamente con una vela de sebo, sus libros favoritos sobre el idealismo alemán de Fichte, Hegel y Schopenhauer, hasta que se le caían de las manos al quedarse dormido. Tampoco podría echar lumbre a los manojos de paja, al anochecer, para encender las fogatas en las faldas de los cerros, sin quemarse, anunciando la llegada de la Fiesta de Santiago. Ni danzar el shacatán con gran regocijo por las calles de Sicaya, del brazo de Micaela, su atractiva y seductora wambla, durante las fiestas del Tayta Shanti. Ella, sonriente, con el rostro hermoseado con sombras en los ojos y sus cabellos largos cayéndole sobre los hombros, vestida con su faldellín negro que había adornado con lentejuelas doradas, su lliclla colorada asegurada con un primoroso prendedor de plata, su sombrero de suave piel de vicuña y un ramito de ragui ragui en las manos, deseando, con las mejillas encendidas, que él la llevase a un encierro, al final de la celebración, para abrazarla amorosamente, levantarle el faldellín lentamente y poseerla violenta e interminablemente sobre unos sacos de trigo hasta que todo el mundo se viniese abajo. Niquiash, con sus pantalones negros de bailarín de huaylarsh, su poncho de tiras color nogal que había comprado en una feria dominical por una libra esterlina, su bufanda parda de lana de vicuña alrededor del cuello y su sombrero grande de paja adornado con unas hojas de utcu, moviendo los pies, al ritmo de los potentes resoplidos de las wakras hechas con doce cuernos de toro y de las suaves percusiones de las tinyas, guapeando y entonando la música de Santiago, dándose vueltas, con una botella de aguardiente en la mano, en una cuadrilla de parejas que iría danzando en columna por todas las calles del pueblo, dejando las illas por los recodos de los caminos y por las cimas de los cerros donde habitaban complacientes los dioses milenarios de los huancas.

 

Tras guardar en su kipe las porciones de la deliciosa kanka recién quemada y las papas de Socchac, hervidas en olla de barro, levantó un enorme puro, un cántaro de arcilla de superficie lisa lleno de chicha de jora; lo colocó sobre la espalda y lo aseguró con las cuerdas con las que sujetaba los bultos al lomo de su asno. Emprendió la caminata que lo llevaría hasta el lugar donde habían desembarcado las fuerzas invasoras.

 

Luego de siete días, después de pasar por el Puente del Infiernillo y de caminar sobre los durmientes de las líneas del tren inglés arrojando las cáscaras de las habas que iba comiendo, en una esplendente mañana de verano, arribó a una amplia caleta donde respiró el aire salífero del mar y divisó los violentos cañonazos que estremecían la playa levantando montañas de polvo negro que caían revueltas con fragmentos humanos. Un dedo índice le golpeó la frente dejándole una mancha de sangre brillante. Recogió un puñado de arena, lo removió entre sus dedos y vio un pequeño muy-muy que hacía esfuerzos por escabullirse. Observó las diminutas extremidades del crustáceo que se movían con rapidez; sintió un estremecimiento en toda la espalda y lo arrojó a las aguas verdes. Depositó su kipe y su puro en el suelo. Recogió un fusil Peabody abandonado y contempló las antiguas muescas y cortaduras en la madera de la culata, el gatillo curvo y largo, el percutor redondo y el brillo opaco de la placa metálica donde se distinguían las diminutas ranuras de los tornillos. Extrajo una bala de su morral y la besó; pero al tratar de introducirla se dio cuenta de que el cartucho no cabía en la recámara. En medio del estruendo de la batalla dejó caer el arma un poco antes de ser derribado por el impacto de un cañonazo que cayó cerca.

 

Un poco aturdido y ensordecido por la detonación, sacudiéndose un oído con un dedo, se dio cuenta de que había muchos combatientes caídos. A un soldado de rostro agonizante, de quepis y uniforme blancos y una frazada amarrada en la cintura, se le escurría la sangre a borbotones por una herida de la garganta y se le resbalaba por el cuello. Una pierna caminó zozobrante por el campo de batalla en busca del resto de su cuerpo y avanzó hasta que se detuvo frente a una bota con espuela dorada. Otro herido, con el número cuatro inscrito en cada uno de los botones dorados que llevaba en la pechera azul del uniforme, trató de levantar una medalla de plata con cinta roja que le había sido otorgada durante la primera campaña.

 

A continuación Niquiash se topó con un caballo blanco recostado sobre la arena que daba relinchos moribundos y con su jinete, un teniente de caballería que yacía muerto a pocos pasos del animal. Levantó la espada del oficial y admiró el brillo de la hoja de acero. Tal le pareció que, entre destellos, como en un espejo podía ver reflejado en su superficie todo lo que sucedía en la playa. En ese momento distinguió en la hoja una explosión que se produjo, detrás de él, en la falda de un cerro cercano y sonrió. De pura curiosidad y con un poco de malicia, pasó un dedo sobre el borde filoso del arma hasta que sintió el ardor de una cortadura y lo retiró inmediatamente. Asiendo la espada y acomodando el poncho de tiras pardas sobre uno de sus hombros, corrió sobre la superficie húmeda de la playa, chapaleando sobre las olas espumosas que avanzaban y se replegaban con suavidad.

 

En ese instante le salió al encuentro un soldado, robusto y barbudo, de chaqueta azul, pantalones colorados y pañuelo blanco en el cuello, mirándolo con odio y apuntándole con un fusil Comblay. Con el rostro fuera de sí Niquiash se abalanzó sobre él escindiendo el aire con la espada; le reventó el correaje y le dejó un corte diagonal en la pechera. Casi sin darse cuenta, hizo un movimiento con la hoja refulgente de su espada y apartó la bayoneta que le había pasado muy cerca de la mejilla. Con gran hostilidad saltó hacia adelante dos veces con el pie que tenía avanzado. Dejando escapar un gemido de esfuerzo, lanzó una estocada y atravesó a su adversario de un lado al otro. Retiró el sable y vio la sangre resbalándose sobre su superficie brillante. “Igual que a un toro”, murmuró. A continuación, estiró la mano y le arrancó un pelo a la barba del adversario que se desplomaba; acercó el pelo a sus labios y de un fuerte soplo lo hizo flotar en el aire. Inmediatamente lanzó un tajo hacia la derecha e hizo tintinear unas monedas de plata que mostraban la imagen de un cóndor y las palabras Por la razón o la fuerza, 1875. Se dio media vuelta y de otro vigoroso fendiente, haciendo un gesto horrible, cortó la charretera dorada de un uniforme del Buin que algún día aparecería en la arena, reseca y deshilachada. A pesar del humo negro de las explosiones que no le dejaba entrever lo que tenía delante, lanzó otro tajo y le asestó a una corneta de bronce que con estridencia había tocado a retirada en el desierto de Tarapacá; el instrumento voló por los aires completamente abollado.

 

En ese momento, varias balas, con silbidos breves, le hirieron en el pecho estremeciéndolo y haciéndole brotar chorros de sangre por los orificios de su poncho. Una inexplicable fatiga se apoderó de su cuerpo y cayó de rodillas. Con notable braveza se incorporó de un salto y a pesar de tener la sensación de que las cosas daban vueltas a su alrededor y de que perdía el control de su cuerpo, intentó dar otra estocada y cayó sobre la arena. Con los ojos entrecerrados se mantuvo inmóvil, mirando a los pantalones rojos y a las botas de cuero de los soldados que se le acercaban insultándolo. Entonces advirtió que toda la escena se llenaba de golpe con una luz muy viva que no le permitía ver nada salvo la luminosidad misma y se entregó a la intensidad de la refulgencia.

 

Tras unos instantes de letargo, el gran resplandor amainó lentamente hasta que todo volvió a ser como antes. Le incomodó una comezón en la garganta y tosió. Volvió a sentir el mismo odio que había tenido hacía poco y saltó con el rostro enloquecido; se cuadró desafiante y amenazó con su espada. A pesar del humo gris rojizo de una descarga cercana que lo envolvió como una niebla por unos instantes miró con aborrecimiento a sus adversarios y exclamó: “¡Lani llauhuay!”.

 

Siendo así, un joven oficial de línea ordenó que su cuerpo fuese descuartizado y que sus porciones fuesen esparcidas por todo el campo de batalla. Tras despedazarlo con sus corvos varios soldados salieron trotando en diferentes direcciones cargando en unos canastos de pescador las partes del cuerpo de Niquiash mezcladas con trozos de calamares, tentáculos de pulpo, cabezas de pescado y choros cubiertos de yuyos. Los arrojaron por todo el litoral.

 

Seguidamente Niquiash volvió a sentir otra comezón en la garganta. Un carraspeo salió de cada uno de sus fragmentos y muchas toses se escucharon como ecos en la playa. Usando todas sus energías hizo un gran esfuerzo y al acto levantó sus restos de la arena y los juntó con la fuerza de un imán gigantesco. En la mañana soleada, cuando el humo gris azulino de las explosiones se levantaba por todo lugar, sus segmentos volaron hacia el centro de la caleta y se tocaron sucesivamente con golpes secos recomponiendo su cuerpo. Un pedazo de pulpo violáceo con ventosas húmedas se le incrustó cerca de un ojo y continuó moviéndose. Pero él lo despegó y lo echó a un lado. Luego, el rostro barbudo de un soldado enemigo, como una máscara viviente, se le adhirió sobre una tetilla, arrugando la frente y levantando las cejas, abriendo y cerrando los ojos, mirándolo con desesperación y moviendo los labios rápidamente, aunque sin poder emitir ningún sonido o palabra. Él lo arrancó con asco, le dio una sacudida y lo dejó caer en la arena donde continuó gesticulando.

 

Sintió que le faltaba una última porción y esperó. Una oreja se acomodó de golpe en su lugar y pudo oír. Entonces comprendió que su cuerpo se había reconstituido por completo. Se irguió desnudo y con el rostro enfurecido y los ojos desorbitados, se abalanzó sobre sus contrincantes dando tajos y fendientes; pero lo mismo sucedió muchas veces. Fue abaleado, despedazado y dispersado, hasta que al final del día, al debilitarse la intensidad del sol quemante, las energías de Niquiash se extinguieron y cayó al suelo finalmente abatido.

 

Mientras que los soldados continuaban corriendo sobre el campo de batalla con los fusiles en las manos y el viento soplaba silbante levantando el polvo, Niquiash sintió que le tocaban y le sobaban la cabeza con delicadeza unas manos que no podía ver y escuchó rezos de hombres y mujeres a quienes nunca había visto antes y que oraban en diferentes lenguas y con diversos tonos e inflexiones: Pater Noster, qui es in caelis… Que votre nom soit sanctificié… Venga il tuo regno… Dein Wille geschehe, wie im Himmel, so auf Erden… Ton arton hemon to etiousion dos hemin semeron… E rimetti a noi i nostri debiti, come noi li rimettiamo ai nostri debitori… Entonces creyó que se hundía en la oscuridad eterna.

 

Permaneció desmayado por el resto de la noche hasta que la fría brisa de la madrugada y el agua espumosa de las olas del mar que le humedecían todo el cuerpo le devolvieron la mente lúcida y ágil de antes, haciéndole sentir un suave dolor en cada una de sus partes. Parpadeó varias veces antes de despertarse por completo; acostado de espaldas sintió una gran calma y sosiego. Olisqueó la brisa del mar y dio una inspiración profunda para sentirse mejor. Descubrió que unas algas pardas se le habían enroscado entre los dedos del pie y que su cántaro de arcilla de superficie lisa continuaba intacto, cerca de su cabeza, en el mismo lugar donde lo había dejado el día anterior. Cerca de él unas gaviotas blancas daban gemidos lastimeros con las alas extendidas y picoteaban corriendo sobre la arena húmeda y espumosa cada vez que la resaca retornaba el agua al mar.

 

Usando sus energías de bailarín de huaylarsh se incorporó desnudo; se tocó la frente y se dio cuenta de que la mancha de sangre brillante todavía se encontraba allí. Inclinándose ligeramente hacia adelante intentó dar unos pasos de shacatán; pero se sintió débil, le regresaron los mareos y respiró con dificultad. Trató de beber el resto de la chicha de jora que había dejado el día anterior; sin embargo el cántaro estaba vacío. “Chaqui puro…”, murmuró sonriendo. Luego, recogió su pantalón y su poncho e inició el retorno a la ciudad de Lima. Al pasar frente a la Punta del Fraile vio a los últimos soldados que corrían hacia Chorrillos. Otra vez volvió a sentir la antipatía y la inquina del día anterior. Aun así, avanzó hacia Matalechuzas, con paso bamboleante; luego hacia La Pólvora, diciendo: “Tengo sed… Quiero beber… Quiero chicha… Amala, amala…”.

 

Una vez terminada la batalla, Niquiash se refugió en una casona de la calle San Ildefonso donde a base de sustanciosos caldos de gallina y deliciosos picantes de mariscos, recuperó la apacibilidad y la quietud que había tenido antes en su pueblo del Mantaro; recobró sus energías perdidas y cicatrizó las heridas de su cuerpo recompuesto. Un poco antes de que llegaran las garúas del invierno para humedecer las veredas empezó a echar de menos a los vigorosos resoplidos de las wakras y las percusiones de las tinyas. En esos momentos soñó con estar en su pueblo durante la época de la herranza para sentir el olor de sus animales y pasarles la mano por el lomo con cariño o para colgarles las guallas a los toritos y colocarles, con una aguja de arriero, cintas multicolores a las orejas de las vacas; para echar la chicha de jora dentro de las wakras y esparcirla sonriente, con una sensación de inmensa alegría, soplando hacia todos lados y todos los vientos; para sentir el olor de los choclos frescos durante la cosecha y compartir con sus amigos un plato caliente de mondongo hervido durante toda la noche. Sobre todo empezó a echar de menos a su wambla Micaela, a sus besos tibios y a su modo de hacer el amor, casi con desenfreno. La extrañaba vivamente. Al recordar su rostro inmensamente atractivo y su voz dulce algo le apretaba la garganta y le daban ganas de llorar. “Una vez que me agarres de rodillas, Nica”, recordó que le había dicho ella una vez, “ya no querrás levantarte nunca más…”. “El mundo como voluntad e idea”, murmuró él e inició el retorno a Sicaya.

 

Sin embargo, una vez en la sierra, antes de que llegara la Fiesta del Tayta Shanti, Niquiash participó como guerrillero en el asalto a la iglesia del pueblo de Concepción donde se refugiaron los últimos soldados del ejército enemigo. Entre los gemidos de los heridos y los gritos aterradores de los combatientes, el fuego y el humo, Niquiash y Micaela, con su hijo recién nacido cargado en la espalda, treparon a una de las altas paredes del templo para echar manojos de paja encendida por un forado del techo cuando le descerrajaron un balazo de fusil en el pecho y él cayó pesadamente en el suelo por última vez, todavía vestido con su poncho color nogal, mientras que el asalto y los feroces gritos de los combatientes continuaban. En medio de la terrible contienda y de los resoplidos de la corneta de bronce que tocaba a degüello, Micaela se arrodilló a su lado y lo abrazó llorando, besándolo y sacudiéndolo con desesperación para que volviese a despertar. “¡Niquiash! ¡Niquiash!”. Pero él ya no se volvió a levantar. Lo único que encontró de él fueron varias moneditas de plata a su alrededor con la imagen de un cóndor que se le habían caído del bolsillo.

 

Sus hazañas fueron perpetuadas en unos hermosos mates burilados en los que un talentoso artista lo dibujó combatiendo en una playa con un sombrero adornado con hojas de utcu, una bufanda al cuello, su poncho castaño y sus pantalones de bailarín de huaylarsh, con una espada en la mano, mientras que un pelotón de soldados enemigos se le echaba encima. Pacientemente, con el punzón caliente, el artesano iluminó las imágenes de unas cordilleras pardas con un sol radiante, varios cántaros de barro con asas, un fusil Comblay con bayoneta, dos terneras entre los cáctuses y una vaquilla con cintas en las orejas. Al centro, sacándole humo a la superficie de la calabaza seca, diseñó a un músico tocando el violín y a otro soplando una wakra. Para concluir su obra, adornó el delicado borde del brillante mate burilado con unas pequeñas imágenes romboidales de líneas negras que destacaron sobre un fondo pardo.

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