«Vale más canción humilde que sinfonía sin fe».
J.C.

Muchas veces no son los hombres de ciencia sino los poetas los que aciertan mejor en definir los hechos. (No en vano alguien los llamó ‘ingenieros de almas’). “Mientras no se implante la igualdad -dice Bertolt Brecht, el gran poeta alemán- no se puede hablar de desigualdad”. Si este aforismo lo aplicamos a la educación, cabe preguntar: ¿Cómo establecer medidas de comparación entre sujetos diferentes? ¿Cómo administrar la misma prueba a usuarios de diversas especialidades? Dándose el caso de que a los especialistas en comunicación se les pone dos preguntas de su especialidad y treinta de matemáticas. Una prueba de esa naturaleza pudo pensarse para maestros medievales que resumían en su saber el conocimiento de su época, pero no para docentes del siglo XXI. Lógicamente, quien está en el poder y sabe que no va a ser evaluado de ese modo (ni de ningún otro) prejuzga que los demás sí pueden serlo. ¿Y si se invirtieran los papeles: que esa prueba se la aplicaran al ministro Chang y a sus asesores?, con ese bumerán dejarían de chancear tildando de “burros” a los demás.

La situación educativa (sus posibilidades y limitaciones, sus alcances y deficiencias) no debe centrarse con exclusividad en el lado del docente. Porque es un problema de estructura. La responsabilidad es del todo y no de una de las partes. Cualquier análisis que aísla una parte del todo, para regodearse en ella, va a dar por resultado un diagnóstico y una propuesta de solución desenfocados.

Para mí, uno de los puntos iniciales del desbarajuste en que ha venido a dar la educación en el Perú, fue el que en los ingresos a las facultades de educación o a los institutos pedagógicos se hiciera lo mismo: tomar una prueba única, de conocimientos generales, para todas las especialidades, y, más aún, que eso se hiciera con la modalidad de marcar con una “x” la opción alternativa. Eso le facilita las cosas al evaluador (y hasta al evaluado, pues muchos ingresan -sin merecerlo- jugándose la respuesta al azar: “mi madre me dijo que caiga aquí…”); pero perjudica a la meta. Y la educación se convirtió en “tabla de salvación” de los menos dotados en todo: conocimientos, vocación profesional, visión ética idónea, etc.

Hoy mismo en la Universidad un gran porcentaje de catedráticos a las justas sabe escribir su nombre (incluidos profesores de lengua, eh). ¿Qué puede dar el que no tiene? Y no saber escribir implica no saber leer, y ambas deficiencias llevan aparejadas las falencias de no saber escuchar ni saber expresarse. Con esa carga obtusa es imposible que alguien sepa estudiar, y menos que sepa enseñar.

Quien asume la tarea docente (en todas las especialidades) debe tener esas habilidades básicas. Pero si -repito- ni muchos de los profesores de lengua las tienen, ¿qué se puede esperar del resto? Y a eso se suma la “genial idea” de hacer que cualquier especialista -sin prepararse en docencia- pueda enseñar en cualquier nivel educativo. Es decir: la promiscuidad perfecta. Pero, la gran pregunta es: ¿a quién beneficia todo eso? A la estructura social desigual, injusta y absurda, que alimenta el caos de sus partes, para que no surjan seres sociales críticos. Un pueblo ignorante es un pueblo esclavo. Por eso es que hay escuelas para pobres y escuelas para ricos. Y los hijos de los ricos no estudian para profesores. Ellos estudian para tener el poder, que administran los políticos, llenándose la boca con “reformas educativas” que, cada cinco años, son desarmadas y vueltas a reformular. El círculo vicioso ideal, para la ronda de nunca acabar.

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