«El espectador invisible» es un libro de cuentos de Ángel Hoyos Calderón, un joven piurano, estudiante (y estudioso, que no es lo mismo), recientemente editado por «Pluma Libre», también joven editorial piurana. Y esto me lleva a suscribir el aserto de que, definitivamente, el mundo es de los jóvenes, o sea el mundo de los vivos que es el mundo del futuro; mientras que de los viejos es el mundo del pasado, el mundo de las tumbas (no hago sino parafrasear a Manuel González Prada).

Para alguien que cree en Dios, el título podría estar aludiendo a él. Porque sólo a quien ha creado algo -desde la nada- le es potestativo observar sin ser visto. Pero no es éste el caso. Es decir, no sé si Ángel Hoyos cree o no cree en Dios; pero tampoco se trata de que su libro se refiera a Dios, llamándolo «el espectador invisible». Sin embargo, ahí está planteado el tema de la creación que, siendo una acción atribuida a Dios, por extensión fue cargada en el haber del poeta. Porque poeta es sinónimo de «creador», y es una palabra que viene del griego «poiesis» que significa eso: creación.

Pero la sabiduría popular simplificó el asunto cuando dijo que «de músico, poeta y loco todos tenemos un poco» (lo que el ingenio peruano nacionalizó diciendo: «de músico, poeta y tinterillo, todo cholo tiene su poquillo»). Y, entonces, resulta que, si en todo ser humano está sedimentada (dormida y, en algunos casos, a pierna suelta) esa capacidad creadora, Ángel Hoyos, sin muchos circunloquios nos conduce al mundo de la creación literaria invitándonos a los lectores a participar de esa capacidad creadora: de él como autor de esos mundos imaginarios, de una extraña perfección, que ha logrado crear, y de nosotros como «recreadores» en nuestra mente (a través de la lectura) de esos, precisamente, maravillosos mundos en que -por el poder sugerente de la palabra- creemos estar participando desde un oculto lugar, como espectadores invisibles.

«El espectador invisible» es un conjunto de doce narraciones breves, que es la definición más cabal del cuento, y que -no obstante su brevedad- cumplen con el otro requisito sine qua non de «haberse demorado con amor», es decir, de haber tratado la palabra con esa delectación del sibarita o gourmet que degusta y ofrece el mejor potaje seguro de que igual será saboreado por otros con el mismo deleite.

«El espectador invisible» desarrolla una temática variada, con una gran seriedad pues entronca en los meandros más sentidos de la condición humana, lo cual -empero- no hace que se enemiste con un cierto sentido del humor que está muy bien dosificado -como un rasgo transversal- , rayando a veces en el humor negro (es decir, aquel que presenta de manera risueña las tragedias más aterradoras) .

Por razones de espacio, no puedo profundizar en una crítica pormenorizada del texto (o los textos). Es ésta sólo una reseña que busca motivar la lectura del libro, «El espectador invisible», tercero de una serie inicial de cinco, que Pluma Libre ofrece a la comunidad piurana para hacerle ver que la creación es un atributo de algunos de sus miembros, como es el caso de Ángel Hoyos que -hoy por hoy- es más que una promesa, es ya una realidad de narrador peruano, y que no viene a hacer otra cosa que confirmar o incrementar una tradición muy ilustre de esta privilegiada tierra.

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