«Vale más canción humilde que sinfonía sin fe». J.C.




El título que he puesto a este artículo es una paráfrasis del poema “La inmensa humanidad” de Nazim Hikmet, el inmenso poeta turco. Sus biógrafos refieren que era alto de talla y dan a entender que su estatura física se correspondía con la grandeza de su corazón. Y en el poema del título le rinde homenaje al pueblo, a la humanidad dolida pero esperanzada. Precisamente, el poema se duele de las inmensas carencias del pueblo, “pero –concluye de esta manera– la inmensa humanidad espera/ la vida es esperanza”.


La famosa expresión “vox populi, vox dei”, “la voz del pueblo es la voz de Dios”, da a entender que el pueblo siempre tiene razón. No en vano los fundadores de la democracia la definieron como el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Los poetas románticos fueron tal vez los primeros en reivindicar los valores populares, aunque sin profundizar en sus anhelos, intereses o esperanzas. Son los poetas de la tendencia realista quienes logran ahondar en esa dimensión vital y en su potencial sin límites; es el caso de César Vallejo quien le atribuye el ser creador por excelencia: “Todo acto o voz genial viene del pueblo y va hacia él” –dice el gran maestro.


Pero no olvidemos que esa potencia de creación humana de que es depositario el pueblo está en relación directa con las condiciones de justicia que le dan contexto, sustento o inspiración. Un pueblo privado de justicia tiene el riesgo de que algunos de sus integrantes degeneren en drogadicción, delincuencia, inopia y hasta bestialidad. El mismo Vallejo decía: “Un hombre cuyo nivel de cultura –hablo de la cultura basada en la idea y la práctica de la justicia, que es la única cultura verdadera– un hombre, digo, cuyo nivel de cultura está por debajo del esfuerzo creador que supone la invención de un fusil, no tiene derecho a usarlo.”


Todo aquel que se considere parte del pueblo debe sentirse obligado a justificar ese derecho de pertenencia, reclamando justicia y actuando con justicia. Y, en ese contexto, podrá saberse seguro de que está creando su propia humanidad. Pero es posible que en ese afán se vea rodeado de supuestas mayorías que atropellan los principios básicos de la justicia, defenestrando el estado de derecho con la soberbia que su crecido número confunde con razón. En estos casos hay que aplicar el siguiente pensamiento de Francisco de Quevedo: “Donde no hay justicia es peligroso tener razón, ya que los imbéciles son mayoría.”



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