No hace mucho tiempo, el poeta Roger Santiváñez presentó en Piura, su ciudad natal, el libro titulado Dolores Morales de Santiváñez. Es, como dice el subtítulo del libro, una selección de su poesía escrita entre los años que van de 1975 al 2005. El poeta Santiváñez es uno de los miembros más sobresalientes de su generación poética (del ’80). Y los poemas que conforman la selección aludida lo certifican con creces. No siempre las antologías son satisfactorias. Al extremo que el poeta chileno Jorge Teillier las llamó “antojolías”. Pero en el caso de Dolores Morales de Santiváñez, ese prejuicio se minimiza. Es cierto que la de Santiváñez no es una poesía de fácil lectura, para alguien que no esté familiarizado con el oficio poético (y en nuestro medio -peruano, no sólo piurano- esto es lo común); pero, en este caso, quizás se dé una excepción, porque se nota a las claras que se trata de la “historia de un hombre solo / cuyo oficio es la Poesía. Busca entonces / alguien de corazón sin razón más clara”. Y eso es lo que “busca” nuestro poeta, porque sabe que no hay razón más clara que la del corazón (parafraseando a Pascal).
Y ese sello críptico de la poética de Santiváñez -propio, en realidad, de todos los miembros de su generación- se percibe desde el título. Porque éste se puede leer de dos maneras. Como el nombre de una señora, Dolores Morales de Santiváñez, o como el anuncio del tema central del libro, es decir, que el poeta Santiváñez va a tratar de los ‘dolores de carácter moral que lo aquejan’. Y ambas lecturas son verdaderas. En el primer caso se da la correspondencia con un hecho real, porque ese es el nombre de la abuela del poeta por el lado paterno. Y en el segundo, también, porque -incluso contradiciendo los postulados teóricos de la poesía moderna que aleja a ésta de cualquier deuda moral- nuestro poeta sí nutre su poética en una moral, en un imperativo de conciencia que lo libra de caer en la tentación de las evasiones románticas. Y ese es otro rasgo característico de la poética de su tiempo, que fuera expresada por Abelardo Oquendo y Mirko Lauer (en la antología Vuelta a la otra margen) como la fusión de lo puro y lo social que produjo “el tono característico de las últimas promociones de poetas”.
En casi todos los poemas del libro se percibe una requisitoria contra el sistema social imperante: “los otros controlaban nuestras risas / hábiles en sofocarnos /eficaces en atrofiar nuestras extremidades”, pero hay también una autocrítica por el tiempo perdido o dejado pasar en la nuda contemplación de lo vivido: “¿De qué color fue el cielo / que dejé al perder la zona / donde habitó esta nostalgia?” Y todo eso, al unísono, constituye un dolor para el poeta (tal Segismundo moderno que constata la vacuidad de la vida), pero he ahí también el trasfondo moral de alimentar una esperanza con las migajas del pasado: “Mi rostro había vuelto a ser el mismo / con el trazo agudo de un corazón mortal y fresco, /con las flores que junté para tirar del gatillo / y remover el plumaje de la sangre y la melancolía”.
Un dolor puede aniquilar, cuando se afinca en una debilidad del espíritu; pero también puede fortificar, si hay una reserva moral que lo respalda. De ahí que en esta pequeña nota también he jugado con los términos del título, Dolores Morales de Santiváñez, apuntando a una tercera opción interpretativa. Porque no son sólo “los dolores morales” que aquejan al poeta (como ya he dicho que podía sugerir una de las lecturas posibles del mismo), sino que hay una moral en ese dolor. Es cierto que algunos poemas recrean un pasado vivido en las lindes del abismo “como rehenes de un amor que sabe a guinda o a macoña”. Pero hay -porque había, entonces, para Roger Santiváñez, en ese pasado abstruso- una salida al final del túnel: “Te pedimos a través de esta diáfana celestía / vuelvas a la luz de la que en su seno / brotaste rebelde como adolescente…”
Es ésta, pues, una selección de poemas de los siete libros publicados por este alto representante de la lírica piurana (y peruana), lo que constituye la primera parte del libro. Pero hay otras partes (segunda y tercera), constituidas por textos “no publicados en libro” y también por “poemas encontrados”, es decir, que han sido rescatados del olvido por diligentes manos amigas que supieron, en el primer caso, conservar las plaquettes, revistas o periódicos, o salvarlos -en el otro caso- “del sueño de los justos en que dormían”, y, para decirlo en versos del mismo poeta: “Una muchacha oliendo a Lima / guardaba en su silencio / el desigual ritmo de estos versos”.
“La poesía es un texto contra el mundo”, escribe Roger Santiváñez en un poema del libro Symbol, (uno de los más celebrados por la crítica); y en otro -del mismo libro- dice: “Tan sólo quería arrancarle unos bellos versos / a un destino que se negaba a pesar de su belleza”. Podemos, pues, concluir diciendo que el destino y el mundo obligan al hombre a impulsar la creación de un mundo nuevo y de un mejor destino. Esa es la impronta moral que late en la poesía de Roger Santiváñez y que transforma su dolor en amor, porque nuestro poeta sabe que los poetas así como “Los amantes no aman con pureza / aman con amor”.
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