«Vale más canción humilde que sinfonía sin fe».
J.C.

Es probable que el de la libertad sea el tema que más apasiona al ser humano, desde los orígenes de éste. Y, siendo un tema de gran complejidad para la filosofía -comenzando con los antiguos griegos hasta llegar a la fenomenología y el existencialismo del siglo pasado-, no obstante lo podemos resumir en el refrán que Cervantes puso en labios de su inmortal caballero andante: “Bajo mi manto, al rey mato”. Es el libre albedrío que llevó a Cristo a inmolarse en la cruz, y a un Longinos a clavarle la lanza en el costado, como lo hacen todos los “bush” con el ser humano en general, en estos tiempos también oscuros.

Y, dado el caso de verse frente a estos condenables especímenes del género humano, ¿qué actitud adoptar, en ejercicio siempre de la cualidad de ser libres?: ¿acercarse a saludarlos?, ¿aceptar o rechazar su saludo si es que ellos se acercan a hacerlo? Porque es esa la misma libertad que nos permite extenderle la mano, en señal de saludo respetuoso, al jardinero o al barredor del lugar donde trabajamos; saludo que ellos bien se merecen, pues -ejerciendo asimismo su libertad- aceptaron realizar ese trabajo del que nosotros nos libramos porque tuvimos mejor suerte que ellos para evitarlo. Pero es también la misma libertad con la que obviamos el saludo al funcionario corrupto, al profesional inepto, al empleado despótico, al santurrón hipócrita, al caradura avieso, a todo aquel que quiere convencerse a sí mismo de que sus manos no se han manchado de lodo porque lo que reciben es dinero, aunque sea mal habido, como si delito no fuera actuar al margen de la ley, y el solo hecho de aceptar realizar un trabajo que le corresponde ejercer a otro, lo es. Es delito.

El saludo es la moneda más limpia -si las hay- porque con ella “compramos” una respuesta grata. O es el regalo menos costoso que hacemos, porque nos lo devuelven de inmediato, y cuando esto último no ocurre no nos ocasiona un desbalance patrimonial sino que, por el contrario, nos quita el gravamen de volver a “gastar pólvora en gallinazo”. El saludo es un legado que se adquiere en el hogar. Los padres lo imparten desde los albores infantiles. Y cuando esto no ocurre (o cuando eso se olvida) los paganos son los padres, porque “no supieron educar a sus hijos”. Muchos, en el transcurso de su vida, lo van dosificando desde el simple movimiento de cabeza o el gesto de la mano, pasando por el murmullo de entre dientes, hasta llegar, incluso, al compromiso “diplomático” (eufemismo que reemplaza a hipocresía) de saludar a alguien a quien se preferiría no hacerlo.

El saludo es la antesala de las relaciones humanas. Pero -ya podemos colegir- que hay relaciones y “relaciones”. Por eso insisto en que, aunque sea necesario, no es -no puede ser- obligatorio. Y, con mayor razón, si -como llevo dicho- hay quienes lo merecen y quienes no. Es, pues, esta una opción que está marcada por la libertad humana, en nombre de quien -dígase también de paso- tantos crímenes se cometen -como dicen que dijo Madame Rolland, cuando era conducida al cadalso en el que, finalmente, perdió la cabeza, en la época del terror de la Revolución Francesa.

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