Manual de poesía amorosa, es el último libro de poemas publicado el año pasado por Winston Orrillo. La definición más apropiada para el término “manual”, en este caso, es: “Libro en que se compendia lo más sustancial de una materia.” En esta definición subyace una doble acepción, la que alude a la enseñanza y la que se refiere al conocimiento de la materia que se trata. Y eso es, precisamente, lo que relevo en el rótulo de este artículo para referirme a Winston Orrillo. Él es un renombrado poeta de la no menos importante generación del 60. Y su quehacer vital se ha escindido en esas tres grandes facetas del ser humano: la enseñanza, la poesía y el amor. La aserción puede parecer un tanto pomposa, más que nada por lo que se refiere al amor. Pues no extraña que de alguien se resalten sus capacidades de educador o de poeta, mas no así de “amador”, porque ésta suele ser -si la hay- una aptitud íntima, oculta o reservada. Pero en el caso de Winston Orrillo esas tres aludidas facetas de maestro, de poeta y de amador no son ignoradas por quienes conocemos su trayectoria vital. Aunque la última es develada, ahora, por él mismo sin tapujos en este conjunto de poemas, en el que, además de hacer uso de su pericia poética, se propone a sí mismo como un maestro y como un dominador del tema amatorio. Valga recordar (para atenuar la carga de vanidad que encierra esa actitud) que en la historia de la literatura hay grandes maestros del amor, comenzando por Ovidio -poeta de la antigüedad latina, con su Arte de amar-, Lope de Vega del Renacimiento español, o César Calvo de la misma generación de Orrillo.
El libro que comentamos, aparte la pulcritud en la edición, se caracteriza, pues, por tener como dominante el tema del amor erótico, aunque -con acertado tino- se lo matiza con el amor a la madre o a la nieta, e inclusive con el amor al pueblo; leamos: “Cambiose / el territorio / pero la misma / hambruna / (que no es / de la barriga)”. Y otra característica del libro es el escalonamiento de las estrofas, en las que el poema simula una etérea escalera, que se condice con “Los ejercicios del amante” que “Puede gastar / su vida / en levantar / castillos / de arena (eso / le imputan)”. Y ese uso del, que he llamado, “verso escalonado”, está ya casi patentado por nuestro poeta, como así también su exquisita cacería (tan riesgosa en estas lides) de adjetivos, precisos, vitales, que dan a sus versos un tono muy personal: “Te quiero / adamantina / mujer-niña / ternura aleonada”. O este otro: “… pulsátil / mas acaso / también / prolija y / dúctil /frutal y / matutina”.
No es nada simple pertenecer a una generación poética con nombres como: Heraud, Calvo, Cisneros, Hinostroza, Martos, etc. Pero esa dificultad Orrillo ha sabido sortearla con una asiduidad de amante. Puede decirse de su relación con la poesía lo mismo que él dice de su relación con las mujeres: “He gastado / la mitad / de mi vida / esperando / mujeres”. Y encontró en ambos casos.

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