Un pañuelo a la madre, dadle un pañuelo blanco,
Que el llanto de una madre puede anegar el mundo.
Sólo quien es mujer y quien es madre
podrá asomarse a tu desgarramiento
Mujer que reconoces el cadáver de tu hijo,
Recoge de él su aliento para que no sucumba:
Ese aliento de lucha que superó al instinto
Al desangrar la vida por todos los que sufren.
Tú que eres invencible e inmortal, por fecunda,
Llora sobre sus ojos inmolados
Y clava en tu retina la razón de su muerte.

Vacia toda tu angustia, madre, porque algún día
Te exigirá la vida un corazón enorme
Para el valor supremo.

Tu vientre que ha alumbrado la humanidad, no cumple
Un castigo, comprende: cumple un adiestramiento.
Tus brazos que acunaron al niño tiernamente
Hoy se endurecen y alzan el cadáver del hijo.
Ni en la naturaleza ni en lo que el hombre ha creado
Hay una fuerza viva comparable a tus brazos:
Suaves, y a la vez férreos, y devotos, y enérgicos,
A través de los siglos se han hecho omnipotentes:
¡Las mujeres de Esparta los miran asombradas.

Todo el dolor humano, como a un mar, va a tu pecho:
La angustia de las clases explotadas,
El dolor de las razas sometidas,
El terror de las víctimas de las inquisiciones,
Se agrietan en tu pecho.
Y tu pecho lactando, fuente inexhausta, madre:
Te derramas de amor para salvar la especie.

Madre, qué singular transmutación ejerce
La historia sobre ti:
Por un fusil habrás de trocar tu pañuelo,
Tu rosario por una cartuchera
y tu canción de cuna por un himno guerrero.
Sólo tú que conoces lo que es el amor pleno,
Sólo tú eres capaz de ese gran crecimiento.

Qué indefinible esfuerzo desplegarás un día
Para guardar la nota de tu canción de cuna,
Para dejar una tiempo las rosas de Afrodita,
Su belleza y su aroma,
Por el sudor y el grito del amor colectivo.

Madre, el ser más perfecto de la naturaleza,
Tus brazos harán falta para librar al hombre.
Dale desde tus senos, con la vida, el arrojo;
Y en la miel de tus besos, la fuerza que precisa.

Un pañuelo a la madre del mártir, un pañuelo
Cuya inútil blancura, propicia para el llanto,
Se encenderá al contacto con la sangre del héroe,
Y será una bandera
En las manos inmensas de otros hijos del pueblo.

Elsie Alvarado de Ricord,
Panamá

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