Mi única en el mundo:
“Estalla mi cabeza, mi corazón flaquea” -dices en tu última carta-.
“Me moriría, si llegan a colgarte, si te pierdo”.
Tú vivirás, mujer,
Y mi recuerdo, igual que una humareda
Se perderá en el viento.
Tú vivirás, hermana del leonado cabello que tanto amo.
Los muertos no preocupan más de un año
A los que viven en el siglo XX.
La muerte…
Un hombre que se mece colgado de una cuerda:
A semejante muerte
Mi corazón no puede resignarse.
Pero, querida,
Tranquilízate:
Si la mano velluda de algún oscuro cíngaro
Termina echándome la soga al cuello,
Ellos en vano mirarán
En los ojos azules de Nazim
Para ver allí el miedo.
En el alba de mi última mañana
Veré a todos, a ti y a mis amigos,
Y llevaré tan sólo bajo tierra
La pesadumbre de un canto inconcluso.
Mujer,
Abeja mía del corazón de oro,
La de más dulces ojos que la miel:
¡Para qué te habré escrito que pedían mi muerte!
El proceso recién ha comenzado.
No se arranca, nomás, la cabeza a un hombre
Como se arranca un rábano.
Vamos, no te preocupes:
Tal posibilidad es muy lejana.
Si tienes unos pesos,
Cómprame un par de calzoncillos largos,
Pues todavía sufro de aquel reuma en la pierna.
Y no olvides que la mujer de un preso
No debe tener negros pensamientos.


Nazim Hikmet,
Turquía

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