Poema V

Solía escribir con su dedo grande en el aire:
«¡Viban los compañeros, Pedro Rojas!»,
De Miranda de Ebro, padre y hombre,
Marido y hombre, ferroviario y hombre,
Padre y más hombre, Pedro y sus dos muertes.

Papel de viento, lo han matado: ¡pasa!
Pluma de carne, lo han matado: ¡pasa!
¡Abisa a todos los compañeros pronto!

Palo en el que han colgado su madero,
Lo han matado;
¡Lo han matado al pie de su dedo grande!
¡Han matado, a la vez, a Pedro, a Rojas!

¡Viban los compañeros
A la cabecera de su aire escrito!
¡Viban con esta b del buitre en las entrañas
De Pedro
Y de Rojas, del héroe y del mártir!

Registrándole, muerto, sorprendiéronle
En su cuerpo un gran cuerpo, para
El alma del mundo,
Y en la chaqueta una cuchara muerta.

Pedro también solía comer
Entre las criaturas de su carne, asear, pintar
La mesa y vivir dulcemente
En representación de todo el mundo.
Y esta cuchara anduvo en su chaqueta,
Despierto o bien cuando dormía, siempre,
Cuchara muerta viva, ella y sus símbolos.
¡Abisa a todos los compañeros, pronto!
¡Viban los compañeros al pie de esta cuchara viva para siempre!

Lo han matado, obligándole a morir
A Pedro, a Rojas, al obrero, al hombre, a aquel
Que nació muy niñín, mirando al cielo,
Y que luego creció, se puso rojo
Y luchó con sus células, sus nos, sus todavías, sus hambres, sus pedazos.

Lo han matado suavemente
Entre el cabello de su mujer, la Juana Vásquez,
A la hora del fuego, al año del balazo
Y cuando andaba cerca ya de todo.

Pedro Rojas, así, después de muerto,
Se levantó, besó su catafalco ensangrentado,
Lloró por España
Y volvió a escribir con el dedo en el aire:
«¡Viban los compañeros! Pedro Rojas».

Su cadáver estaba lleno de mundo.

César Vallejo,
Perú

Share