Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.
«Si no vives para servir, no sirves para vivir» es el lema de www.vosquedepalabrasvives.blogspot.com

El destino de los pueblos está regido por las formas de sus pensamientos y sentimientos, ellos interactúan modelando su imaginario colectivo. Esa fuerza genera formas nuevas y con ellas produce sus propias circunstancias de organización social. Los pueblos, no son entes abstractos, son seres humanos que en una constante interacción con su medio ambiente deciden su avance o retroceso. Solo lo humano es histórico. Sabiamente describe el Mahabharatta: «el hombre se convierte en lo que piensa». ¿Y que piensa el hombre, cuando piensa lo que piensa y lo lleva a ser lo que es? ¿Sabe quién es? ¿O en su errancia camina sin darse cuenta de su entorno vital, diseña su propio futuro, qué bien puede ser alguna de las formas de autoextinción ya conocidas en el pasado o otras acorde a nuevas circunstancias que puedan producirse?

He aquí unas preguntas abiertas por nuestros antecesores ancestrales, que auque no puedan aclarar los misterios del presente, pueden dar alguna perspectiva para aquéllos que no hayan perdido el interés en el fenómeno humano y sus complejidades. Los homínidos, nuestros antepasados remotos, pero no tanto, provocaron en los sabios más de un malentendido. La aparición del australopitecus fue todo un desafío a la imaginación. Parece que estos antecesores del «homo erectus», como grupo zoológico, intentaron muchas veces, en extraña geometría disímil cruzar la «delgada línea de la hominización» y que algunos, lograron esa extrema metamorfosis entre lo indefinible y el actual grupo zoológico humano. Es decir, un animal capaz de pensar y transformarse autodiseñándose en lenta y plástica transformación, producto la más de las veces de la emergencia de las circunstancias que lo rodearon y que lo empujaron a ser lo que es, una parcela de infinito, tan cercana y lejana como una galaxia, encantado en el misterio de los lenguajes, que construyeron el habla. Parece sin embargo, que se han encontrado entre las muchas tendencias, diseños de homínidos y su lento devenir en los tiempos sin historia, más fracasos que éxitos. ¿Pero que sucedió? Es evidente que el: «alzamiento de la conciencia» fue una celebración, un triunfo, pero también hubo regresiones comprobables. Como si «sin la certeza animal» a unos que se les daba por homínidos o homo erectus fueron en realidad «regresiones muy próximas». ¿Fue entonces posible una regresión tan cercana? ¿Tan capaz de confundirse con la geometría corporal humana? ¿Qué los diferenciaría? ¿Dejaron de pensar los unos y perdieron su atributo humano? ¿Y los otros siguieron afrontando el riesgo de la azarosa existencia pensante? Tal vez el «HAZ DEL PSIQUISMO HUMANO», no fue ni será homogéneo, ni hegemónico, sino heterogéneo. No se despliega siguiendo un mismo patrón rítmico, sino un inmenso abanico de linajes. ¿Será siempre el hombre un paso hacia el hombre? ¿Por qué se supone que es uno solo de entre todos los linajes, el que participó del gran impulso, hacia donde la conciencia rompe sus cadenas, introduciendo la reflexión en los dominios de la vida, imprimiendo a la evolución un nuevo curso?

De la era de las evoluciones que se desenvuelven en cierto modo por inercia, característica inevitable del mundo infrahumano, entramos sin saber, con el hombre en la evolución conciente de sí misma. Ella introduce el factor más original y sin precedentes…»la inteligencia en expansión». Esa inteligencia fue posible por la aportación inestimable del lenguaje. No es tan importante el hombre que nos precedió sino la lección que nos deja. Su largo aprendizaje camino hacia el habla, es decir, camino a su asilo, a su morada. «Reflexionar sobre el habla de un modo tal que el hablar advenga como aquello que otorga morada a la esencia de los mortales». (M.Heidegger «De camino al habla»)

«El hombre debe terminar lo que la naturaleza a dejado inconcluso» (Proverbio alquímico) . Según R. M. Rilke, nos llevaremos algunas palabras primordiales, quizás la palabra puente, casa, fuente, ánfora o árbol de las frutas, ventana o más, columna, torre? Cada uno se llevará las palabras que más haya amado. Como un mandala sagrado, una palabra penetra la creación hasta sus raíces profundas. En la materia parece existir un dios dolido que nos llama en espera que le revelemos los abismos de sus goces y sus penurias. Este acto de la creación es casi imperceptible, pero «modifica» la sustancia de la vida misma. El mismo Rilke decía en una de sus «ELEGIAS DE DUINO»: «Porque el estar aquí es mucho/ y porque todo lo de aquí nos necesita en apariencia, lo evanescente/ lo que de una rara manera nos toca. / A nosotros los más evanescentes. Una vez cada cosa. / Solo una vez y no más. / Y nosotros también una vez. Nunca jamás. / Pero este haber sido una vez, aunque solamente una vez; / haber sido terrestre, parece irrevocable… Y estas cosas cuyo vivir es desfallecimiento / comprenden que tú las alabas; perecederas, confían en nosotros, los más efímeros, como capaces de salvar. / Quieren que nos obliguemos a trasmutarlas del todo, / en nuestro corazón invisible/ ¡Oh infinitamente! En nosotros, / quienesquiera que seamos al final. Tierra, ¿No es esto lo que tu quieres, rebrotar en nosotros invisible? ¿No es tu sueño ser invisible? ¡Tierra! ¡invisible! / Pues ¿Qué otra cosa sino trasformación es tu apremiante mandato?

El hombre es producto de la naturaleza y sin embargo se rebela contra ella. Esto se debe a que en la naturaleza existiría también desde siempre, y esta noción atraviesa todas las antiguas culturas, a través de sus cultos y sistema de creencias, algo más que un ser ciego y sufriente, otra fuerza que la cruza de parte a parte y que nos empuja al sacrificio, y a la rebelión, esa OTRA FUERZA que posiblemente también forme parte de la misma naturaleza. Es decir, que aquello que nos empuja a la rebelión quizás sea lo mismo que nos induce a amarla. Los pueblos llamados «primitivos» conocen desde sus orígenes esta circularidad de la materia como paradigma de «Creación y destrucción». Fundidos en esta contemplación del mundo como mito, el chamán se unge de palabras maravillosas y enigmáticas en la representación ritual del drama del universo. Es que también allí un dios dolido y gozoso al mismo tiempo, nos llama en la espera de que le revelemos los abismos de sus goces y penurias. El poeta auténtico «conoce» y es parte activa de esa contemplación, sabe la proporción entre la palabra y la «cosa» que actúa como causa engendradora y que constituye el fundamento de la palabra que se hace poética. No por lo que ella dice en sí misma, sino por estar en el límite de lo decible, produciendo así su propio acontecimiento cuya manera de acaecer se superpone tanto al mundo de lo fenoménico como a los criterios de «verdad y «validez». La palabra poética cuestiona a la lógica del sentido y a toda teoría del lenguaje. En el decir poético, la materialidad de las palabras se hace palpable por medio del sonido y de la letra, colisiona a su vez con lo impalpable de su referente produciéndose con ello un acontecimiento singular según la articulación de dos momentos simultáneos. En el primer momento, lo palpable (sonido, oralidad, discurso, letra, escritura) se pliega sobre lo intangible (ausencia de referente, significado, desproporción palabra /cosa). En el segundo momento, lo intangible regresa sobre lo palpable mostrando la desproporción y lo indecible. En lo cual se funda el hecho poético.¬

El efecto de la palabra se demora, por así decirlo, en el intervalo imperceptible que se sitúa entre dos momentos produciéndose el «milagro del acontecer poético», que no es otro que el transformar en «tesoro» la indigencia del lenguaje y en otorgar existencia a lo que carece de ella. De este modo, los objetos bajo relaciones inusitadas emergen de los umbrales del lenguaje común y muestran por sí mismos la sutil existencia que les ha sido conferida por la obra del acto poético. El decir poético es una alquimia sutil obtenida en los márgenes, en los bordes, en las fronteras, en el más allá de las convenciones lingüísticas.

El modo de habitar lo poético es aquel que responde, como señala Heidegger, a la exhortación del lenguaje que nos atraviesa. El hombre vulgar no puede percibir lo poético, ya que es ciego con respecto a lo que allí se muestra y sordo con respecto a lo que allí se hace oír. No puede aprehender lo poético, se requiere una red sutil de fina malla. La opinión cosificante es creer que el poeta es el «señor del lenguaje y no su devoto sirviente esperanzado» y no es mero azar que se lo presente como alguien divorciado de la realidad y que vive, según el triste adagio popular «en las nubes», mientras que el hombre atareado, es quien afirma tener sus pies en la tierra. Sin embargo el poetizar, no aleja al hombre de la tierra. Por el contrario, el poetizar consagra al hombre a su esencia terrenal, lo entrega a la tierra, pues es la tierra donde reside, aún cuando muere.
 
[Héctor Berenguer, Rosario, Argentina, poeta y animador cultural, autor de varios libros de poesía]
 
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