Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.

El año 1571 Michel Eyquen, habiendo renunciado al cargo de Consejero del Parlamento, toma una de las más trascendentales decisiones en la historia del pensamiento: recluirse en el castillo de Montaigne con el propósito de entregarse ya para siempre a la lectura y meditación, como un camino que lo conduce hacia sí mismo, a lo largo y hondo de una drástica clausura que se prolongará veintiún años. En 1572, caballero de la Orden de San Miguel, gentilhombre ordinario de la Cámara del Rey, inicia la composición sistemática en una prosa cuidadosamente descuidada (*) de una numerosa serie de textos; «un habla simple e ingenua, tal en el papel cual en la boca; un habla suculenta y nerviosa, corta y apretada; no tanto delicada como vehemente y brusca; más bien difícil que aburridora; alejada de la afectación, desarreglada, descosida y audaz; cada trozo forma un cuerpo; no pedantesco, no frailesco, no abogadesco» que llamará, para siempre, Ensayos. Que la palabra es nueva, pero vieja la cosa, ya Bacon lo apunta.

Edmund Gosse ha declarado que el ensayo es «un escrito de moderada extensión, generalmente en prosa, que de un modo subjetivo y fácil trata de un asunto cualquiera». Este Proteo de los géneros literarios se caracteriza por la presencia explícita del autor, al punto que Michel, ya sin el apellido paterno Eyquen, sino de Montaigne, en nota del autor al lector advierte que se podrá encontrar con rasgos de su condición y humor, «porque es a mí mismo a quien pinto (…) yo mismo soy el asunto de mi libro». Tan personal es su ejercicio, que tiene de sus apetencias y rechazos, siendo trasunto fiel de su paladar, y sus ideas «sufren todos los síntomas de los fenómenos alérgicos», donde no se descarta aun el recurso de voces obscenas. Su carácter es incidental, indiferente incluso a todo plan riguroso, así que Guez de Balzac denuncia que en Montaigne cada frase podía ser un principio o un final, sabiendo el autor lo que estaba diciendo, pero no lo que iba a decir, algo como apuntes para un desarrollo ulterior. Desenfado, llaneza, una conversación junto al fuego, su carácter informal exige una pluma madura.

Entonces el periódico se convierte en un medio ideal para la práctica del ensayo, lo que comporta ciertos mortales riesgos, dado que el autor «en el ardor de la invención prodigará sus pensamientos en un exuberante desorden y el apremio de la publicación no tolerará que el juicio los revise o los modere», según se queja el doctor Johnson. Con The Tatler (1709) y The Spectator (publicación diaria entre 1711-12), Addison y Steele dan inicio a la gallarda tradición de los ensayistas en los periódicos. The Rambler, de Samuel Johnson (también mantiene el Idler), aparece dos veces por semana entre 1750-52.

Descartes, Pascal, el cáustico Voltaire, Rousseau… Pero tal vez Francia es almáciga, y la patria donde se aclimata el ensayo como originario sea Inglaterra: Swift, Coleridge, Hazzlit, De Quincy, Rushkin, Stevenson, Wilde, Woolf…, por no fatigar al lector, son una morosa lista que ilustra el aserto.

Habitualmente en Le Monde, The New York Times como en los más grandes diarios contemporáneos, se hayan ensayos que comprometen la crónica, la literatura, la ciencia o la historia. En Colombia, a falta de escritores, no hay más ensayistas en la prensa, que nuestros columnistas domésticos son los llamados de opinión igualmente doméstica, panfletistas, o bien literatos agotados en sus mezquinas y flebles consideraciones capillescas, el chisme gremial, sin cosa honorable que proponer..

[Leo Castillo, poeta y narrador colombiano]

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