Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.

COMPARECE LAO TSE

La humildad no sellará
por esta vez mi boca.
También yo puedo leer
en la corteza nueva
y en la piedra:
Arriba de los relámpagos
no hay un padre que sufra por nosotros.
Y el ruido tenue de la yerba
es toda la eternidad.
Cada jornada consumida en el lujo
nos hace injustos.
Lo que llamáis armonía,
serena, dicha, equilibrio del bien,
¡oh, amados míos, llegará!
mas no con el azar
o los frutos silvestres.
Avisad a los nobles
que su sangre es mortal.

TIEMPO DE VIVIR

Si al responder por el tiempo vivido
procuras que salgan a escena los años, como hace el cazador
con las piezas cobradas, te engañas al engañar, ya que la vida
no se compone de años, como no se compone el universo
de polvo en fuga y astros apagados.

Cada jornada vale lo que la fruta en sazón;
atesora el zumo del porvenir, las semillas
de las nuevas cosechas.
Y no crece la yerba de primavera en primavera,
sino en décimas y sin que lo perciban los ojos agudos del buitre.

¿Qué de tiempo se gana o se pierde en un momento físico?

Cuando una hora grávida se nos va de las manos
nada puede resarcirnos y sucede a su corteza muerta un día sin obra.

El lustro viene en sus cifras menores y el decenio también.
Ármate, yérguete en el camino y enciende tu hoguera de homenaje;
pero que en el instante esté en la llama y la alianza, el timón,
el pensamiento, porque si no, lustros no habrá, ni habrá milenios.

¿Eres el que perdió un rótulo de cada minuto, una raíz
de cada mes, un año de cada tantos, una vida entre otras?
Si cuando te preguntan por el tiempo vivido
respondes con un brazo demasiado corto,
un lápiz mudo,
un pulmón de menos, una corbata de más,
te engañas al engañar,
porque la vida no se gana acumulando
tantos, enterrando el
tobillo en el horno de las nieves, porque
no es la vida un agua
que pueda guardarse en una caja fuerte
de papel,
sino en cada uno el tiempo fue un don común que se dio,
como dan los pájaros el canto.

O no se tuvo nada. Nada nunca sino alacenas, patios con verjas
y semanas y un miedo sin médula, un miedo líquido a la muerte,
de tal modo enorme que oscureció los ríos
y auroras de la sangre
y convirtió tempranamente en fósiles
los vivos animales del tiempo.

Luis Suardíaz,
Cuba.

(Textos proporcionados por:
Ernesto R. del Valle).

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