Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.

La poesía está maldita. Paseo por librerías, estanterías de editoriales y ferias de libros, y cada día se acentúa en mí la certeza de que en lo que menos interés tiene el lector promedio en el Perú, es en adquirir libros de poesía. Hago una miniencuesta entre amigos lectores preguntándoles la razón, y las respuestas son casi las mismas: “Es que la poesía cada vez se entiende menos”, me dice un profesor de secundaria; “¡A la poesía le falta acción!”, responde un estudiante universitario casi instintivamente; “La poesía es para escribirla, no para leerla”, intenta ser esclarecedor un escritor amigo.

Lo cierto es que los poemarios se aburren más de la cuenta en los anaqueles y, por lo tanto, los editores se han vuelto renuentes a darles la misma oportunidad que a los textos de narrativa. Si usted tiene listo un volumen de poemas y recurre a una editorial peruana para que ésta apueste por sus versos, se enfrentará al terrible muro de las dificultades. La respuesta del editor será más o menos así: “La poesía no vende, amigo; si desea editar esos poemas tendrá que financiar usted mismo el libro”. Y es que es la verdad, a no ser que el editor ponga un poemario a un precio casi de regalo y el contenido temático sea muy pero muy atractivo (poesía de amor, generalmente), ese editor apenas venderá ejemplares para recuperar lo invertido.

Una alternativa ante esto, es que el autor haya ganado recientemente un premio literario; premio que, sin embargo, sea lo suficientemente mediatizado y difundido como para que el editor se arriesgue a impulsar un tiraje mínimo. La otra alternativa es continuar editando ‘vieja poesía’, léase: a los muertos, a los consagrados o a los clásicos.

¿Qué ha ocurrido entonces con la poesía? ¿El lector del siglo XXI es menos sensible que antes?, ¿ha llegado el momento de comenzar a cavar una tumba para la poesía?

Proyectémonos a partir de mi miniencuesta. Me parece que las dos primeras respuestas: “Es que la poesía cada vez se entiende menos” y “¡A la poesía le falta acción!” van casi de la mano. Se trata de una situación que puede proyectarse con las siguientes interrogantes: ¿Quiere decir que, en el ánimo de mostrarse modernos e innovadores, los poetas escriben cada vez más enrevesado y, sin proponérselo, han espantado al lector común? ¿O es al revés, es decir, es el lector quien se interesa cada vez menos en renovar sus inquietudes temáticas y estilísticas y, en este sentido, no otorga un espacio en su biblioteca personal a nuevas propuestas estéticas?

Veamos: las personas que me dieron estas respuestas fueron un docente de Comunicación Integral de secundaria y un estudiante de Lengua y Literatura, respectivamente. El primero, en la institución educativa donde labora, es nada menos que coordinador del Plan Lector; y el segundo, ya cursa el último ciclo, próximo a obtener su título profesional. Si dos profesionales que se constituyen, sin duda, en orientadores de lectura en sus comunidades estudiantiles, tienen este concepto de la poesía, creo que ésta está perdida. Pues en el colegio del profesor de Comunicación Integral quizá ninguno de los libros con los que trabaje en Plan Lector, sea un texto lírico; y, en el caso del estudiante, a la hora de desarrollar ejercicios de gramática entre sus alumnos pasará sobre la poesía, u, obligado por el plan curricular, tocará solo a los clásicos y modernistas establecidos generalmente en los materiales de enseñanza.

Por otra parte, la tercera respuesta: “La poesía es para escribirla, no para leerla”, lanzada por mi amigo escritor, puede arrojar también ciertas luces. Lo que él trata de decir es que en nuestro país casi todo el mundo (la mayoría en secreto) se lanza a poetizar pues resulta un ejercicio de espontaneidad; es cuestión de que la persona se sienta conmocionada por alguna situación (amorosa, existencial, social, etc.) para que, de manera casi intuitiva, intente esbozar unos versos; a partir de ello, más de uno sentirá que es un ‘poeta de verdad’ y, con los años, se adjudicará (al menos íntimamente) el rótulo de poeta. Pero la hechura narrativa resulta menos espontánea, pues si bien el ejercicio de ésta puede comenzar también como un impulso, conforme el escritor avance descubrirá que su logro es producto de un oficio a largo plazo, con mucho de paciencia y tiempo libre, y, en este sentido, la mayoría abandonará el barco.

Ahora bien, desde el punto de vista del lector, está aquel ingrediente de nuestra mera constitución narrativa. Me refiero a que el ser humano es una especie que en todo momento está detrás de una buena narración: la televisión, las noticias, los amigos, las reuniones familiares, los chismes, los chistes de sobremesa, son siempre encuentros con la narrativa (oral, por supuesto); y de allí, a pasar a la narración escrita, hay un solo paso. ¿Que la poesía es también una narración de sentimientos? Pues sí, pero según la versión de los actuales lectores, cada vez más difícil de entender y con ausencia de ‘acción’, palabra clave que puede interpretarse como ‘hecho’, ‘suceso’, ‘acontecimiento, es decir, directamente relacionada con la narrativa y no con la poesía.

La conclusión de todo esto es que la poesía es cada vez más desatendida por los lectores, y si este descuido comienza a establecerse en las preferencias de docentes y orientadores de lectura, la pobre necesitará una suerte de relanzamiento. ¿En quién recaerá la responsabilidad?: ¿en el ejercicio de los propios creadores?, ¿en las preferencias de los nuevos lectores?, ¿en el sistema educativo que no ha profundizado en la diversificación lectora? La respuesta, imagino, la debemos hallar, en conjunto, en una mesa concertadora, “desayunados todos al borde de una mañana eterna”.

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