Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C. «Si no vives para servir, no sirves para vivir» es el lema de www.mesterdeobreria.blogspot.com

‘Considero a la vida como una posada en la que tengo que quedarme hasta que llegue la diligencia del abismo’. (Fernando Pessoa, El Libro del Desasosiego)

En algunos pueblos de Huasteca, México, se cree que cuando una persona muere, se lleva en su viaje a otra dimensión a algún alma gemela más de compañía. Y así debe ser porque, dos luces, dos voces de congruencia y compromiso con los débiles y “pequeños” del mundo se nos han ido. Primero, la muerte envolvió en su manto al escritor portugués y Premio Nóbel de Literatura (1998), José Saramago, y después retornó por el cronista, ensayista y periodista popular mexicano Carlos Monsiváis para llevarlos a su posada “de el haber estado y ya no estar”.

Puede ser que sea cierta la leyenda porque los dos escritores habían compartido un viaje a Chiapas el 14 de marzo de 1998 durante el cual Monsiváis, conocedor de la zona y amigo de los zapatistas, le abrió los ojos sobre la dignidad de los pueblos tzotziles la que no pudieron destruir ni la pobreza, ni la humillación, ni el dolor durante más de 500 años de injusticia y opresión. Precisamente en aquel viaje Saramago recogió una piedrita de forma piramidal, como recuerdo de lo que jamás se puede olvidar, y luego, aquel trozo basáltico fue transformado por el escritor en una montaña de indignación a través de su artículo “En Recordación de Acteal.” Dijo que “el hombre, mi semejante, nuestro semejante, patentó la crueldad como fórmula de uso exclusivo en el planeta y desde la perversión de la crueldad ha organizado una filosofía, un pensamiento, una ideología, en definitiva, un sistema de dominio y de control que ha avocado al mundo a esta situación enferma en que hoy se encuentra”.

Mientras tanto, su compañero de viaje, Carlos Monsiváis, llamado cariñosamente por su pueblo, “Monsi,” y considerado como la conciencia moral de México, hacía estas denuncias de atrocidades sociales en su columna semanal: “Por mi madre, Bohemios” en la revista Proceso. Lo curioso fue que estos dos escritores luchadores contra la injusticia, Saramago de dimensión universal y de carácter reservado y Monsiváis inmerso en México, bohemio y alegre, amante de gatos, soñaban con escribir su propio “libro del dasosiego”, ya inventado por el escritor y poeta portugués, Fernando Pessoa. Tanto el ateo y comunista Saramago como Monsiváis, de formación protestante, creían que todo está mal en el mundo pero no perdían esperanza de componerlo. Saramago solía parafrasear las estrofas de un verso de Antonio Machado: “caminante no hay camino/ se hace camino al andar”.

El camino del autor de “Memorial del convento,” “Ensayo sobre la ceguera” o “Evangelio según Jesucristo” comenzó cuando en 1969 ingresó al Partido Comunista de Portugal, proscrito por el represivo gobierno fascista de Salazar. El destino de Monsiváis como cronista del México profundo se determinó en 1954 cuando vio a Frida Kahlo en una silla de ruedas empujada por Diego Rivera en una manifestación en contra del derrocamiento de Jacobo Arbenz en Guatemala y de allí asistió a todas las marchas, protestas y actos de resistencia que sus crónicas consignan.

Ambos, creadores y luchadores activos contra lo injusto invocaron a la humanidad crear nuevas ideas para salir del vacío. La muerte se los llevó, pero sus palabras sí están.

Vicky.pelaez@eldiariony.com

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