«Vale más canción humilde que sinfonía sin fe».
J.C.

Existe un artilugio literario que permite a quien escribe reemplazar los hechos reales por otros ficticios que los encubren y los hacen aparecer como distintos. Es en realidad el mecanismo de la metáfora, que permite al lector asociar los elementos de la ficción a los hechos de la realidad: el oro o la plata de los cabellos, remiten a la juventud y a la vejez de la persona aludida. Hay una muy larga y -así de extensa- respetable tradición que ha usado ese mecanismo, para eludir de paso ser sancionados por decirle directamente a la autoridad sus miserables ridiculeces.

Erasmo de Rotterdam elogió a la locura, porque es de locos decir que las cosas están mal donde los que hacen mayoría, y se dicen cuerdos, afirman que “todo está bien”. Jonathan Swift trasladaba las críticas -que quería hacer al gobierno real de su época en Inglaterra- a los desaciertos políticos del rey de Liliput: un pueblo de pigmeos gobernado por un rey también enano. Miguel de Cervantes, quien dice no querer acordarse del nombre del pueblo en que vivía su personaje y sólo indica que es “un lugar de La Mancha”, para también hacer críticas acerbas a sus conciudadanos. Y el no menos insigne Lewis Carroll, en el “País de las Maravillas”, descubre no sólo las iniquidades del gobierno de su país sino también la sordidez de su poder judicial.

Yo, aquí (muy a la distancia), hago una paráfrasis de Cervantes y digo, no “en un lugar de La Mancha”, sino en un lugar manchado por la corrupción se llevan a cabo unas elecciones entre dos listas, la de los “derechos” y la de los “torcidos” (llamémoslas así para evitar términos manidos). Se suponía que quienes votaran por los “torcidos” también iban a cargar ese estigma de la desviación, en este caso moral y hasta legal, porque las tropelías a la legalidad y a la moralidad eran el pan de cada día y a ojos vista de toda la comunidad, en ese lugar manchado. Aunque ya se sabía que era tal el extremo al que había llegado la corrupción allí, que -como en la parábola de Erasmo- lo normal era admitir lo malo como bueno, y aquel que decía lo contrario corría el riesgo de ser tildado de loco.

Por su parte, los “derechos” abrigaban la esperanza de que esa situación se podía revertir, pues es difícil admitir que el ser humano pueda llegar a tal nivel de enajenación, que no sepa distinguir lo bueno de lo malo, lo justo de lo injusto; diferenciar las excelencias del espíritu de las excrecencias corporales.

Y eso al menos se esperaba de los hombres de leyes, de los abogados (tan ligados a la justicia) y para quienes no podía pasar desapercibido el lado oscuro en que se agazapaban los “torcidos”.

Pero el corolario del hecho ficticio (cuyo parecido con cualquier hecho real es pura coincidencia) dio por resultado que la inmensa mayoría de esos hombres de leyes de quienes se esperaba un mínimo de sensatez para identificarse con los “derechos” (aunque sólo fuera por mimesis profesional), hicieron lo contrario de lo que una lógica ilusa hacía suponer. Los “hombres de derecho” votaron por los “torcidos”: ¡qué gran ejemplo para las futuras generaciones de juristas!

Aunque de ese modo se cumple lo aseverado por el jurista alemán Hans Kelsen: “El deber ser en que el Derecho se expone a sí mismo, aparece como mera ‘ideología’. Como ‘realidad’ sólo aparece el acontecer anímico-corporal”. Es decir: que la panza le sobrepone sus urgencias al alma.


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