Por la época que estudiaba en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos: los gloriosos años ’70 del siglo pasado, conseguí un ejemplar de la revista LETRAS, Órgano de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas (Nºs 74-75), que conservo como una joya, porque ahí -entre otros igualmente importantes- hay un texto de Abraham Valdelomar, titulado “Neuronas”. Especie de “pastillas” conceptuales “a base de lógica” (como las definía el mismo autor). Pongo como muestra la siguiente: “Hay escritores que tienen el alma como una carreta de mudanza. Siempre hay algo atado, algo que se va a caer, algo que se rompe, y un negro soez encima de todo.”

Y cito esta “neurona” pues creo que con ella se puede esbozar un esquema de crítica literaria. Considerando, en primer lugar, los valores o méritos de la obra y autor leídos, y que viene a constituir ese “algo atado” que releva Valdelomar, es decir lo que da merecimiento al texto criticado (de otra manera no sería digno de la menor atención). En segundo lugar, detectar los aspectos inseguros, débiles, y que constituye ese “algo que se va a caer” (siempre que lo haya), para, en tercer lugar, señalar el aspecto negativo, ese “algo que se rompe” (también, siempre que lo haya) y, finalmente, incidir en la escatología verbal o mal uso del idioma (en tanto denuncie su presencia) propia del “negro soez”. Y siendo, todos, aspectos relevados en la neurona del Conde de Lemos, quiero aquí proponerlos como pautas para enfocar ciertos textos. Y en la medida que fue ese esquema que -hace varios años- usé para analizar el cuento “Montacerdos” de Cronwell Jara[1], en esta ocasión reitero ese uso para ilustrar la propuesta.

Tomando, pues, la “neurona” de Valdelomar como una metáfora del cuento aludido podemos decir, primero, que en él hay algo atado, es decir, algo que va seguro y es lo que hace que sea un cuento impactante, debido a la fuerza narrativa que caracteriza al autor.

Pero, en segundo término, no podemos sumarnos a la opinión generalizada que lo considera como el más importante si no el mejor de los relatos de su autor. Y no creemos que esto sea así porque en dicho cuento sentimos que hay algo que se va a caer, es decir, detectamos ciertas contradicciones, exageraciones o irrealidades que nos hacen sentirlo en la cuerda floja. Pongamos ejemplos.

Los personajes principales: Yococo, Griselda –la madre- y Maruja –hermana del primero, hija de la segunda y “narradora”-, los tres, comen ratas, cucarachas y todo ello en un escenario de basura, fango y excrementos en grandes cantidades; sin embargo, la madre que ama entrañablemente a Yococo, su hijo, y es lo que se infiere del relato, pues en determinado momento se dice que viéndolo “más chupado por fiebres y más hinchado por llagas, cabeza bajo y muriéndose de pie: ‘Que no muera mi niño, Dioooos, salvalóooo’ (clama). Y luego lloraba a gritos aullando”, es decir: el amor maternal patéticamente descrito, pero que en otra circunstancia se presenta de la siguiente manera, que contradice a la anterior: “sin soltar la ruma de palos y cartones que llevaba ella al hombro, pujando y pujando, le dio un leñazo a Yococo: ‘Calla, guanacu’e mierda, loco, calla’. Y lo hizo llorar, haciéndole agarrar desesperadamente su fea cabeza llagada”, y de esa misma madre -de un amor tan sui generis– se dice en otra ocasión que “con su saliva le limpiaba las legañas, acariciándolo” (pero) “Luego, conteniendo el asco y la respiración se acercaba a esa charola de pus y pelos”; es decir, “conteniendo el asco” por las llagas del hijo, ella con quien –dice la narradora- “Íbamos (…) por los basurales confundiéndonos pronto en un bosque de revoltijos pestilentes, en un mar de ratas envenenadas y gatos agusanándose por todo lugar”, y ahí no se dice que expresara ningún asco ni que contuviera la respiración, hecho que tampoco ocurrirá cuando la misma narradora recordará con cierta fruición que “comíamos ratas, meses atrás, comíamos harto hasta chupar y sorber rico los tuétanos y masticar los güesitos, embriagándonos de dicha. Pero ahí en casa de doña Juana no podíamos cocinar eso. Y un día nos escapamos en la madrugada y nos fuimos a las madrigueras y cazamos tres. Mamá y Yococo se comieron una que sangraba por la nariz y los ojos, casi cruda, casi vivita…” (¡y sigue la exagerada truculencia!). ¡Y esa misma madre tiene que contener el asco y la respiración para limpiar las llagas del hijo! Claro, se puede argumentar que esa es una exageración para “agrandar” la llaga del hijo, para hacérnosla ver en magnitud superlativa. Con todo, nosotros consideramos que esa seguirá siendo una contradicción insalvable, porque en realidad no hace más patética la llaga, y sí más exacerbada la repulsión que la lectura de esas escenas truculentas genera en el lector. De donde deducimos que, si aquella fue la intención, pues otro debió ser el mecanismo.

Entre otras contradicciones, destaquemos una exageración más que degenera en irrealidad. Y es la referida a la escena en que a Yococo le ponen “ají rocoto molido en un platito y (…) feliz por lo que le proponían, riendo, riendo se comió en seis cucharadas todo el ají. Luego, nunca sintió molestia ni ardor alguno en la boca”; lo cual es, de todo punto de vista, irreal (y conste que no se trata de un texto de ciencia ficción), lo que se hace más flagrante cuando al cerdo de Yococo –dice la narradora- “para que no moleste, vi también, cómo los hombrecitos le metían un rocoto pelado en el trasero (…) Y cómo él huía, para risa de todos, arrastrando el infeliz trasero en el suelo”. (Huelgan comentarios).

Y la coprolalia, la truculencia y el regodeo en los detritus, la basura y lo asqueroso fuera permisible o justificable si, a su vez, fuera expresión de la incoherencia de la narradora, a quien el lector pudiera atribuir una cierta enajenación mental que la hace ver la realidad de esa manera distorsionada; pero esta es una incoherencia que es desmentida por la total coherencia del relato en sí, que está escrito en partes, además, con un lenguaje digno de un narrador culto, presentándose de esta manera un desfase entre el nivel cultural y la edad misma de la narradora y el tipo de lenguaje que usa y la madurez de muchas de sus observaciones, todo lo cual le es excesivamente impropio. Y es éste, pues, un desfase que grafica la penúltima observación de la “neurona” de Valdelomar: que eso es algo que se rompe.

Mientras que lo del negro soez encima de todo vendría a ser ese refocilamiento o regodeo en la abyección y lo repugnante. Y es el aspecto más censurable porque pretende ser presentado como reflejo de una vida de gente del pueblo, pues es un tratamiento de la vivencia del pueblo expresado así -en la contracarátula de la edición de Lluvia- como “un acercamiento descarnado e intimista de los estratos marginales de Lima.” Y, definitivamente, lo consideramos un reflejo inválido (poéticamente hablando) aunque se nos diga que la realidad puede ser más descarnada que esa ficción, pues denigra –en la totalidad narrativa- a ese pueblo, que no idealizamos, que sí respetamos y para el que también exigimos respeto.

Esa exacerbación de lo infrahumano: comer excremento, ratas, cucarachas, de la manera más truculenta, desde un punto de vista estrictamente literario, no emociona sino desilusiona. Y en ese sentido suscribo la apostilla indirecta que sobre este cuento hiciera Miguel Gutiérrez al comentar otro cuento que –según él- “Revelaba un mundo violento y bello, pero” (agrega Gutiérrez) “lejos de deformaciones como cierto encomiado relato de supuesto tema barrial y que es la cristalización de una suerte de esteticismo sobre las deyecciones de los humillados y ofendidos.[2] Esa propensión hacia el peor naturalismo decimonónico del relato analizado, nos hace pensar que así como el escritor en literatura tiene absoluta libertad para decirlo todo, asimismo el lector de literatura no está obligado a “tragarse todo” sin protestar.

Finalmente, podemos llegar a la siguiente conclusión: que la pertinencia del esquema crítico propuesto basado en la “neurona” de Valdelomar, se justifica sólo si se trata de ese tipo de cuento en el que es evidente la presencia de los cuatro aspectos aludidos, es decir que “hay algo atado”, “algo que se va a caer”, “algo que se rompe” y “un negro soez encima de todo”. Por cierto no todo cuento es así, del mismo modo que no todo negro es soez.



[1] Cronwell Jara, Montacerdos, Lima, Lluvia Editores, 1981.

[2] Miguel Gutiérrez, “No pudimos descubrir el resplandor del fuego”, en: Quehacer Nº 39, Lima, 1986. p. 88.

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