Como se sabe, un aspecto consustancial de la docencia universitaria es la investigación. Y aunque la subvención por realizarla no sea muy significativa, yo asumo esa instancia de mi labor docente en la Universidad Nacional de Piura, presentando metódicamente todos los años un trabajo en ese rubro académico. El trabajo asumido para este año está relacionado con un estudio teórico-crítico sobre la novela Confesiones de Tamara Fiol, del escritor peruano Miguel Gutiérrez Correa. Uno de los aspectos que trato en dicho trabajo es el que corresponde al poco cuidado que dicho autor le asigna a la corrección gramatical. Esto es algo de lo que él mismo es consciente; en el prólogo a la primera edición de su ensayo La generación del 50, anotó lo siguiente: “No puedo omitir mi reconocimiento y gratitud a Vilma, compañera de toda la vida, quien (…) controló mis irreverencias con la gramática”. Con todo, eso no lo exonera de responsabilidad, del mismo modo como ‘la ignorancia de la ley no absuelve de su cumplimiento’ o como –según Félix Grande– “la ignorancia social no es siempre inocencia”. Sin exagerar, puedo decir que son raras las páginas de CTF en las que no haya algún “descuido” (los márgenes del ejemplar que he manejado están atiborrados de notas y observaciones. Y por eso en mi trabajo las agrupo en un capítulo exclusivo).

Como se sabe, el novelista tiene libertades y licencias que le permiten transgredir el orden –y hasta la lógica– de la realidad, incluso de la gramática. Aunque esa libertad –también es preciso puntualizarlo–, como toda libertad, tiene sus límites, pues de lo contrario el escritor se convertiría en un iconoclasta antojadizo o un autócrata irredento. Y si él mismo no administra esos límites, para eso está la crítica (no sólo la crítica profesional). Pero, por lo común, los escritores suelen tenerle aversión a la crítica, y, si no lo manifiestan cuando ellos mismos son criticados (acción de muy mal gusto, dígase de paso), lo hacen como “escuderos” de otros (obviamente, sin que estos otros hayan solicitado su defensa). Por ejemplo, en el libro Lexicografía, de Marco Aurelio Denegri, se dice que Ernesto Sabato salió en defensa de Dostoievsky, Stendahl y de Cervantes, y lo hizo de la siguiente manera:

un crítico ruso, menos memorable que su disparate, afirmó que Dostoievsky no sabía escribir; un cierto profesor francés de preceptiva señaló las torpezas literarias de Stendahl; y, entre nosotros, Paul Groussac decidió que Cervantes escribía una prosa de sobremesa. Como si se dijera que Aristóteles, Kant y Hegel no sabían pensar.[i]

De esa cita se desprende que Sabato –sin quererlo, seguramente– estaba haciendo la función de crítico (estaba criticando al crítico), pero al hacerlo no se curó de la ligereza que acusaba, pues ningunea a los criticados –al extremo de omitir sus nombres, en el primero y segundo casos– y, en el tercero, no refuta la opinión que cita; con el agravante de comparar literatura con filosofía, pues llega a la conclusión de que si se dice que Dostoievsky, Stendahl y Cervantes no sabían escribir es como si se dijera que Aristóteles, Kant y Hegel no sabían pensar. Y, en realidad,  no hay equivalencia en los casos comparados. Asumo que a los escritores mencionados (también pensantes) se les está censurando algún error de construcción o alguna falla gramatical, lo cual difiere del pensar de los filósofos, pero estos son también pasibles de ser censurados por incurrir en errores de escritura: nadie está libre. Y digo esto último porque ni el mismo Sabato se ve exonerado. Pruebas al canto. Voy a mostrar –por mi parte– sólo una falla escritural suya, dice:

… si es posible contar con indiferencia o prescindencia[ii] la historia para un programa de TV de un contrabandista o de un espía en Hong Kong, es radicalmente imposible esa objetividad para un escritor que angustiosamente expresa el drama del hombre contemporáneo.[iii]

En este breve texto hay más de un error, como lo he precisado a pie de página; pero destacaré sólo el siguiente, de construcción escritural: al decir “contar la historia para un programa de TV de un contrabandista o de un espía de Hong Kong”, se entiende que el programa de TV es de (pertenece a) un contrabandista o un espía, cuando –para evitar la anfibología– ha podido decir: ‘contar la historia de un contrabandista o de un espía de Hong Kong para un programa de TV’. Luego continúa Denegri:

No le gusta a Sábato (sic) lo que él llama ‘variaciones palabreras sobre palabras’ [en todos los casos, la cursiva es de Denegri], y sin duda por eso respeta unas veces la concordancia y otras no. En efecto, dos líneas antes de escribir eso de las ‘variaciones’, se refiere al concepto de realidad que caracteriza a ciertos autores, y en lugar de decir que los caracteriza, comete la inconcordancia de decir que ‘lo’ caracteriza. Y después agrega lo siguiente, y esto sí es de antología: ‘En épocas de agotamiento y refinamiento (y los dos adverbios casi siempre califican juntos una realidad social) […].’ ¿Pero quién le ha dicho a Sábato que agotamiento y refinamiento son adverbios? Hasta un chico de primaria sabe que son substantivos; y sabe también que el adverbio no califica, sino modifica; es elemental. Y no se me diga que se trata de erratas; no, son errores del tamaño de un puño. Entonces, ¿qué autoridad tiene Sábato para desestimar las observaciones gramaticales? (op. cit. p. 96).

Sin embargo, lo interesante es que, después de esta reconvención a Sabato, el lexicógrafo Denegri se ocupa de Miguel Gutiérrez, en los siguientes términos: “Hombres de Caminos[iv], de Miguel Gutiérrez, es libro que yo no había leído. Hace unos días lo leí, por recomendación de un amigo, aunque sin imaginarme que en esta novela iba a tropezar con errores de a folio cuya comisión es, si no inexplicable, sorprendente, en autor tan encomiado.” Y, a párrafo seguido, continúa Denegri:

Amén de los errores, hay también erratas, y como diría Jacinto Benavente, “con profusión democrática”; sin embargo, no me ocuparé de éstas, sólo de los errores, y únicamente de los principales, pero que bastan y sobran para afear y desmerecer una obra que habría sido más aceptable sin ellos. Con ellos, cojea demasiado. Si no están bien escritas, entonces hoy llega a ser mayor, en mi sentir, la extemporaneidad de las novelas de la ruralia. Mal escritas, se olvidan pronto. En este mundo digital y globalizado, las novelas de la ruralia carecen de porvenir. Ello no obstante, de mí sé decir que en lo presente leería complacido una obra impecablemente escrita de tema rural, con gamonales, bandoleros, cholada y todo lo demás; pero mi complacencia se debería a la forma bella, no al fondo.

Y, sobre este tópico, es pertinente hacer la siguiente reconvención: Es obvio que con el término ruralia, Denegri está clasificando –sin decirlo explícitamente– a la novela aludida de MG dentro de lo que –con terminología más difundida– se llama nativismo, indigenismo o ruralismo y hasta costumbrismo. Y, de paso, está diciendo que, en esa clasificación, la novela de MG resulta ser extemporánea e irredimible por los errores que él denuncia. Y, realmente, es una exageración. La novela de MG –con todos sus dislates gramaticales– trasciende no sólo el ámbito del indigenismo (o ruralia, para Denegri), para insertarse en la dimensión del nuevo realismo latinoamericano. Sin embargo –y hay que decirlo con todas sus letras– Marco Aurelio Denegri no ha sabido aplicarse su propia medicina expuesta en el siguiente párrafo del texto citado:

Si la observación gramatical, o como dicen los impugnados, la gramatiquería, no sólo intenta señalar un yerro sintáctico, o un dislate ortográfico, o una metáfora inaceptable, sino que pretende, al indicar esos defectos, desmerecer toda la obra, que naturalmente puede tener otros valores, entonces no es atendible la observación. (Ibíd.) 

Y Denegri concluye su introducción diciendo:

expondré enseguida las incorrecciones gramaticales que se aprecian en la novela Hombres de Caminos. Creo que Miguel Gutiérrez sabrá aprovechar mis censuras y reparos. Las objeciones fundadas son preferibles siempre a los ditirambos que prodigan los amigos y a las inepcias y mentiras de la crítica especializada. (Op. cit. 97-98).

Por mi parte diré que no es del caso transcribir aquí dichas objeciones. Aunque sí es pertinente hacer la siguiente acotación: Que Miguel Gutiérrez no tomó en cuenta las censuras y reparos de Denegri –porque éste, como hemos comprobado por las páginas que cita, hizo sus observaciones al texto de la primera edición, y, pues, el de la segunda, de diferente paginación, permanece inalterable, al menos en lo que a los reparos de Denegri se refiere–. Aunque también, al parecer, Denegri exagera en su acuciosidad, pues tratándose de una obra narrativa ha de tenerse en cuenta que el autor puede ser consciente de los errores, pero admitirlos (en interés del relato) por ser atribuibles al narrador o a un personaje.[v] Y es el caso del siguiente supuesto error detectado por Denegri:

Si quiero formar el nombre abstracto del adjetivo delgado, entonces usaré el sufijo –ez y diré delgadez; y de ácido, acidez; y de mulato, mulatez; pero de ninguna manera ‘mulatés’, como cree Gutiérrez, que estampa este dislate en la p. 37 y lo repite en la 65.

Y resulta que, en ambos casos, quien usa el término mulatés es el personaje Sansón Carrasco; es más, se puede advertir que en la p. 37 lo hace encerrándolo entre comillas, connotando, así, que lo usa tal como se lo endosan a él mismo los gamonales.

Por lo demás, la crítica lexicográfica y gramatical de Denegri es atendible, pero –repito– fue desatendida en la segunda edición de Hombres de caminos[vi] por su autor, MG, quien sus razones tendría. Obviamente, sería soberbio de mi parte pretender lograr lo que no pudo el notable lexicógrafo. Por eso es preciso aclarar que no es ese el objetivo de mi trabajo. El que realizo aquí es un ejercicio que aprovecharé yo mismo, sin ser por eso éste un objetivo crucial –por demás hedonista y egolátrico–. Pero, del mismo modo como he degustado, con provecho, el trabajo ejemplar de Marco Aurelio Denegri, asimismo, espero que este trabajo encuentre un oído receptor para sus incisiones, y que logren éstas su aceptación –que es lo deseable– aunque también, si es pertinente, su acerva crítica y hasta rechazo, para que de esa manera se siga engarzando la cadena de esta labor crítica tan ingrata para unos y alegre para otros (como dice el valse de “El Cholo” Berrocal).



[i]   Marco Aurelio Denegri, Lexicografía, Lima, Editorial San Marcos, 2011, p. 95. Si el lector revisa este libro, observará que Denegri le pone tilde al apellido “Sábato”; pero yo no he visto ningún libro de este autor que avale esa decisión: en todos aparece sin tilde.

[ii]   ¿Con prescindencia de qué? No dice de qué se está prescindiendo. Y eso es un gazapo.

[iii]   Ernesto Sabato, El escritor y sus fantasmas, Buenos Aires, Seix Barral, 2006, p. 26. ¿O sea que para Sabato la existencia de los contrabandistas y de los espías no es parte del drama humano? Y no se comprende tampoco por qué esa objetividad (usada al tratar las historias del contrabandista o del espía) es imposible de ser usada por un escritor que ‘angustiosamente expresa el drama del hombre contemporáneo’; pregunto, primero: ¿de quién es la angustia: del escritor o del hombre contemporáneo? Y, segundo, ¿de dónde surge la angustia del hombre?, ¿no es de los hechos reales, que constituyen la objetividad per se?

[iv]  Es pertinente hacer aquí otra observación a este autor, pues omite consignar la referencia bibliográfica del libro de Miguel Gutiérrez, no obstante que va a hacer profusas citas de él, indicando los números de página; pero sin remitir al lector ya sea a su primera o a su segunda edición, aparecidas en 1988 y 2009, respectivamente, y el libro de Denegri es de 2011.

[v]  Es el caso del personaje lírico de César Vallejo a quien éste hace escribir: “Viban los compañeros, Pedro Rojas”, error que no es achacable al autor, y responde al interés del texto.

[vi]  Obsérvese que cuando citamos a Denegri respetamos el uso que él hace del título Hombres de Caminos: con mayúsculas las palabras principales, conforme a la técnica anglosajona, mientras que nosotros lo hacemos de acuerdo con la técnica latina o románica: sólo la primera palabra con mayúscula.

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