«Vale más canción humilde que sinfonía sin fe». J.C.
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A raíz de la elección de Obama en USA, publiqué esta copla: “Un negro en la Casa Blanca / Es, pues, algo que me alegra; / Pero la veo bien tranca / Que se vuelva Casa Negra”. Algunas personas me hicieron la reconvención de darle un margen necesario para verlo actuar. Y, pues, ha pasado un tiempo prudencial sin que haya cambiado el color de la mencionada casa. Al contrario, ahora se la ve más blanca, pues el “terror blanco” que ella segrega, con Obama ha crecido. Y en su caso no sólo hablan los hechos, también las palabras; porque –como decía un famoso sabio del siglo XIX– “la conciencia del hombre depende de su existencia, y no al revés”.


Detengámonos sólo en el tan promocionado Premio Nobel de la Paz que Obama ha aceptado, sin merecimiento y sin remordimiento. Ese solo hecho descalifica sin mayores requisitorias una posible sindéresis que se le quisiera atribuir. Porque él ya sabía que no sólo iba a continuar con las guerras en que está enfrascado el imperio, sino que las iba a incrementar enviando a ellas a miles de jóvenes yanquis. Y en lugar de renunciar, por decoro, a un premio que es mancillado por sus mismas acciones, lo recibe con un discurso que es el colmo del belicismo; un discurso que sólo pretendió ser justificatorio del afán criminal de su gobierno que, como el de todos sus predecesores, representa a la industria de la guerra que es la que le da sus mayores ingresos financieros, porque impulsan guerras de rapiña (apropiándose de las riquezas de los pueblos víctimas de sus agresiones).


Obama, pues, como todos los inquilinos de la Casa Blanca, no es sino una tuerca en esa maquinaria de guerra. Obviamente, no se podía esperar de él un gesto como el de Jean Paul Sartre que rechazó el Premio Nobel de Literatura por considerar al Comité que lo otorga representante de los intereses capitalistas, de un sistema que basa su sobrevivencia en la injusticia y la corrupción generalizadas. En el caso de Obama, el Comité del Premio Nobel ha premiado a su congénere. Difícilmente podría encontrarse un desacuerdo entre ambos. Las siguientes ideas vertidas en su discurso de recepción resumen el espíritu que los une: ‘Los jóvenes yanquis van a la guerra a matar o a morir. En la guerra moderna mueren más civiles que soldados.’ Con un pacifista así, me alegro de mi pronóstico: la Casa Blanca nunca será Casa Negra.
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