«Vale más canción humilde que sinfonía sin fe». J.C.
«Si no vives para servir, no sirves para vivir», este es el lema de:
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Tener cinco años no fue un triunfo.


Cuando lo escuché de labios de mamá, me sorprendió doblemente porque la noticia vino acompañada de esta otra:


-Ahora podrás ir a la escuela.


¿Qué era eso?


-Varios niños para jugar y una maestra para estudiar.


Por lo primero la cosa era prometedora; pero por lo segundo, ¿qué?


-Para que aprendas a leer, a escribir, a sumar, a multiplicar…


Y el día de ir llegó. El trayecto fue largo, a pie, al lado de mamá, cogido de su mano, la misma mano que tocó la puerta marrón de dos hojas con ventanas de fierro encima de las gruesas maderas. Una de ellas dejó ver el rostro alargado de una mujer de edad indefinible (era la señorita Raquel, la Directora del jardín: que mis recuerdos le sirvan de oraciones, como solía decir mamá), ella abrió la hoja derecha de la puerta por la que entré yo, primero, casi empujado por mamá, que habló con la Directora como si la conociera de años; mamá me miraba con cara de lástima y hasta de arrepentimiento. Yo había anunciado con tajante decisión que sólo me quedaría si me gustaba el lugar. La directora me palmeaba la cabeza, suavemente, como midiendo mi estatura. Y yo la dejaba hacer, aunque mirándola con una seriedad cerril.


-Entonces lo dejo –se atrevió a decir mamá. Y ese fue el detonante para que de mi garganta saliera un chillido estridente que a mí mismo me sorprendió.


-Pero mira, hijito, ¡cuántos niñitos como tú!


Y, en efecto, sorteando la falda ancha de la Directora, al ponerse de perfil, se abrió el panorama de un patio colmado de pequeñas carpetas ya ocupadas por otros niños y niñas que, duchos en el asunto, apenas si se dignaron mirarme. El que menos hacía algo, aunque fuera hurgar el techo con los ojos. El panorama, en realidad, era desalentador y hasta, si se quiere, desolador. Y preferí estar en el patio de mi casa rodeado de juguetes o haciendo garabatos en las paredes.


Me aferré al vestido de mamá, hundiendo la cara entre sus pliegues, resistiendo a los tenues tirones de manos que se obstinaban en convencerme de quedarme allí. Hasta que cedieron en su intento. Fue entonces que descorrí lentamente el vestido con que me cubría la cara. Y, oh, maravilla: la vi a ella, con sus grandes ojos verdes, sus cabellos castaños, su rostro sonrosado y sus labios rojos y sonrientes. Y, lo más sorprendente de todo, la vi avanzar hacia mí, siempre con una sonrisa de cielo recién hecho, y dejando que me zambullera en las lagunas tiernísimas de sus ojos, me tomó de la mano y me condujo, sin que yo opusiera la menor resistencia, mirándola embobado, hasta su carpeta (mientras mamá desaparecía sin el menor interés de mi parte) e hizo que me siente a su lado.


Estaba condenado a enamorarme –por no defraudar a Freud– de mi primera maestra y también mi primer amor.

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