Santiago Roncagliolo es uno de los últimos escritores peruanos que ha alcanzado notoriedad internacional. Ha publicado -creo- hasta tres novelas; yo he leído sólo una: Abril rojo, de la que voy a tratar al final de este texto muy someramente. Pero debo precisar que lo hago porque, hace pocos días, he leído (vía Internet) un artículo suyo publicado en el diario El País, de España, en el que -con suma ligereza- presenta un panorama de la narrativa peruana, que resulta ser no sólo esquemático sino prejuicioso y hasta desenfocado. Estas deficiencias contradicen la «notoriedad internacional» arriba relevada, y que él mismo también destaca en su mentor: Mario Vargas Llosa, de quien dice que «su nombre es reconocido en el mundo como sinónimo de la literatura peruana», aunque este es un juicio que no compromete a la literatura peruana, porque si eso se percibe fuera del Perú, no es precisamente fuera del Perú que se construye la historia de la literatura peruana. Pero esa contradicción de principio, en que incurre Roncagliolo, es producto de la falsa conciencia de quienes se autoerigen en predestinados para pontificar como especialistas de una actividad que consideran privativa suya: la literatura, sin percatarse que ésta -como cualquier otra especialidad- no tiene dueño y exige de sus usuarios la tolerancia de los contrarios.

Polarizar la narrativa peruana -como lo hace Roncagliolo- entre dos «buques insignia»: Arguedas y Vargas Llosa, no es dable ni siquiera como metáfora. Porque el trabajo literario no es un campo de batalla, ni sus actores resultan ser «combatientes» enfrentados ¿para ganar qué: la hegemonía, el laurel discriminatorio? Hay un artículo de Vallejo muy esclarecedor sobre el particular: «Concurrencia capitalista y emulación socialista», en el que dice que «la competencia» es el signo del acontecer en el mundo capitalista. Y el artículo concluye con la siguiente sentencia: «Al régimen de la concurrencia capitalista sucederá el régimen de la emulación socialista».

La oposición que -en verdad- existe en el ámbito literario no se da -no debe darse- en el sentido de quién es el mejor, sino de respetar en cada quien los parámetros elegidos para desarrollar su trabajo artístico. Esos parámetros están dados por las tendencias artísticas del formalismo y del realismo. Y respecto de estas categorías la comprensión de Roncagliolo resulta estar desenfocada, pues pretende invertir los valores de ambas tendencias en relación con sus cultores, ya que a quienes él llama «andinos» -y se identifican desde siempre con el realismo- los convierte en formalistas pues les atribuye estar inclinándose hacia «una gran complejidad formal» suponiendo -prejuiciosamente- que el realismo es incompatible con la experimentación formal, mientras que a los otros, a quienes llama los «costeños» -y se han identificado siempre con el formalismo- les concede el mérito de estar haciendo «textos realistas». Y lo que ocurre es que Roncagliolo confunde realismo con figurativismo, siendo a este último al que se refiere cuando habla de «textos realistas de los costeños». Y considerándose a él como uno de ellos, podemos decir que su novela Abril rojo -ya aludida- no es una novela realista aunque aparentemente ofrezca escenas con «figuras» tomadas de la realidad (por lo demás el formalismo no deja de tomar sus figuras de la realidad; si no, ¿de dónde?). Pero son figuras, no realidades. Porque devienen falsas. Y el realismo rechaza la falsedad. Decir, por ejemplo, que «de un helicóptero civil (…) bajaron periodistas civiles» (p. 126) es redundante, suena a falso pues da a entender que existen «periodistas militares». Por otro lado, el protagonista resulta ser también un personaje falso porque habiendo trabajado veinte años de fiscal (p. 138) se comporta como un ingenuo recién ingresado al Ministerio Público, con una inexperiencia que raya en la caricatura. Y la novela toda se desenvuelve en un escenario acartonado y con personajes igualmente maniqueos, como las menos representativas obras del naturalismo decimonónico. Y con esos pergaminos, realmente, sorprende que este autor propicie una contienda que, si se da, no es como un pugilato sino como la expresión de cada quien en su propio terreno (formalismo y realismo). Aunque pueda haber careo en casos criticables –como es el aquí tratado.

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