La rosa del jardín                                                                  Por: Julio Carmona

 

Sin temor a equivocarme, puedo decir que el grupo literario más longevo que ha tenido el Perú es el Grupo Intelectual Primero de Mayo (GIPM), fundado en 1956 y se mantuvo gracias a la tesonera constancia de uno de sus fundadores, el poeta Víctor Mazzi Trujillo, con cuyo fallecimiento físico (1989) también el grupo clausuró su accionar. Mazzi actuó siempre como una especie de imán cuyo influjo atraía a poetas de varias generaciones. La modesta sala de su casa en Chosica, era punto de reunión constante de jóvenes que acudían a las charlas que animaba Víctor. Esporádicamente, asistían algunos de los miembros fundadores, como Víctor Ladera o Teodoro Stucchi.

Y recuerdo que en una de esas tardes, de reuniones que a veces se prolongaban hasta altas horas de la noche, nuestro anfitrión nos dio la noticia de que había recibido el saludo de una compañera de las primeras hornadas del Grupo. A quien los miembros jóvenes conocíamos por sus poemas editados en algunas de las revistas periódicas que fueron apareciendo después de la fundación.

Se trataba de la poeta Rosa del Carpio. Y lo más grato de la noticia es que ella había ofrecido venir a la reunión de ese día, lo cual habría de permitirnos conocer a la autora de poemas tan emblemáticos de nuestra tendencia poética como son los que integran el segundo de sus libros La conquista del trigo (1964). Nosotros conocíamos el primero (1955) Entre dos orillas (que fuera destacado con el primer premio en los Juegos Florales de Poesía de la Universidad San Agustín de Arequipa, de ese mismo año), así que el anuncio que nos hiciera Víctor nos causó regocijo. Y, en efecto, llegó la poeta, haciendo ostentación de una sencillez propia de los grandes. Y tanto nos deslumbró su sonrisa y cálida mirada, que—después de haber departido fraternalmente y de haber escuchado sus poemas leídos por nuestra huésped y casi fundadora del GIPM— uno de los contertulios de esa tarde hizo un brindis y en repentino encomio lírico pidió que nuestra poeta fuera considerada como La Rosa de nuestro Jardín Poético, lo cual fue aprobado con entusiasta aplauso, pero con la protesta de modestia de nuestra poeta.

Hoy, transcurridas varias décadas de tal acontecimiento, no puedo arrogarme la titularidad del Grupo, en tanto como ya he dicho con el fallecimiento físico de Víctor Mazzi se clausuró su accionar; pero, al menos de manera personal y como ex miembro del GIPM, debo expresar mi pesar (que seguro comparten otros compañeros de mi misma condición) por el sensible fallecimiento (hace muy pocos días de este mes de setiembre) de La Rosa de nuestro Jardín Poético.

El Grupo también tuvo el orgullo y el honor de tener a otra compañera poeta, Gladys Bazagoitia (quien reside en la actualidad en Italia). Y hago mención de ella porque quiero resaltar un hecho. Se habrá notado que a ambas compañeras del GIPM las he llamado poetas. No porque sea una posición personal mía, sino porque ese fue un tema de debate que zanjamos desterrando de nuestro diccionario la denominación «poetisa». Son muchas las razones que explican ese rechazo, entre ellas: la lucha contra el machismo, contra la discriminación, contra el sexismo, etc. Y lo decisivo en la unificación es el carácter de creación humana que la misma palabra poesía encierra.

Poesía es eso; transformación de la realidad por medio de la palabra. Más allá de la etimología  (que la explica como creación que equivale a «sacar algo de la nada», atributo propio de los dioses) lo que sí hace el poeta, desde que nace, es abrir los ojos a la realidad que es también decir: a la vida, y, conforme avanza el tiempo, sigue alimentando a esos ojos con la misma realidad/vida, aunque esta se vaya tornando monótona, aburrida o repetitiva. Y, entonces, el poeta que duerme en ese mundo interior —que el ser humano: hombre/mujer ha ido gestando en su caminata— decide exteriorizarlo con toda su carga personal hecha de amores, dolores, sueños, esperanzas, ilusiones y misterios que ni él mismo sabe que podrían ser así; pero que son, gracias a las palabras, siendo estas el único medio de que dispone (el y la poeta) para decírselos a sus semejantes para que vean que ese mundo repetitivo de la realidad y la vida, puede y debe tener esa otra manera de ser, y que esos semejantes al enterarse puedan reaccionar y decir: «Me identifico con eso» o, si no: «Esa manera de ver el mundo me es grata (o me desagrada)»; pero, al final de cuentas, eso que se dijo, pasó a incrementar el mundo interior de los lectores. Eso nuevo que hace el poeta (hombre/mujer) se ha integrado a la realidad/vida, y demuestra que se ha creado algo nuevo. Sin embargo, y no hay que olvidarlo, no se ha creado de la nada. Siempre será una transformación de la realidad/vida interiorizada.

Valga esta digresión (engorrosa, tal vez, por lo que me disculpo) para ampliar mi homenaje a la compañera Rosa del Carpio, después de haber reiterado mi lectura de sus poemas que, como dije al empezar esta reseña, son emblemáticos de la tendencia poética del GIPM. Poemas que se caracterizan por no alejarse de la realidad, sino que reconocen su deuda para con esta. Veamos una muestra de lo dicho en el primer poemario de Rosa del Carpio:

Nuestros pasos trajinando

sobre todo lo que se mueve

sobre las manos y los ojos

sobre las alas diminutas golpeando el aire

sobre el coqueto de las algas

sobre la línea que oscila

entre el día y la noche

entre el crepúsculo y la aurora.

Se evita caminar sobre la paz de las osamentas.

Se ve, pues, ahí poetizado lo dicho en mi digresión sobre el proceso de la creación poética. Y también ahí está explicado el título del libro Entre dos orillas al que pertenece este poema (VI). Y está también ahí condensada una visión de la vida, que une el mundo natural al mundo humano, una unidad «que oscila» entre la vida y la muerte: «entre el día y la noche / entre el crepúsculo y la aurora»: dos instancias de la existencia de la que debemos regocijarnos, porque nos dice que es la vida la que debe exaltarse y, así, «Se evita caminar sobre la paz de las osamentas». Este verso, es una recreación poética de la frase que Carlos Marx toma de la Biblia: «Dejad que los muertos entierren a sus muertos». Ya en los poemas anteriores al citado se denuncia la presencia de la muerte, porque negar en dialéctica no quiere decir «no», sino de confrontar la unidad de contrarios:

En realidad ella siempre habitó en nosotros.

La pequeña y encarnizada fiera

olfateando el olor de nuestra sangre

atenta a la pausa

a la prolongada pausa

del murmullo perfecto de los órganos. (III)

Y así como la muerte es parte de la realidad, especialmente cuando cumple con su objetivo (mortal), también tiene una existencia metafísica en nuestro pensamiento. Y este tercer poema de Entre dos orillas, así lo hace constar. Y, del mismo modo, hay otras existencias tácitas que sin hacerse explícitas o materiales (como la vida, cuya constancia es indudable), así, también se puede apreciar a la poesía, y nuestra poeta nos la hace vislumbrar en esa su esencia metafísica:

Amo en mí

la parte más tibia de mi corazón

la que me acerca a tu latido

a la esperanza

la que me polariza en el sentido

de todo lo que existe

sobre todo el vuelo de las aves

la partida de los barcos

el mejor instante de las flores

y la tarde

la tarde en la que comienzan

a rendirse y a nacer

los nuevos sueños.

Tradicionalmente, se entiende al corazón como el nido del sentimiento, el que da aliento para esperar que todo pueda transformarse en su mejor estado, «sobre todo el vuelo de las aves» que siendo igual no es el mismo. Así podemos figurarnos la existencia de la poesía, como «la partida de los barcos» o como «el mejor instante de las flores», y por eso la visión realista de nuestra poeta, que establece la simbiosis de la realidad con el sentimiento y la esperanza (en su más justa expresión metafísica), nos dice amar «la tarde» porque es la muerte cotidiana del día, y en ella «comienzan / a rendirse» los sueños; y, asimismo, se rinden el corazón y el sentimiento y la esperanza que son el hábitat indiscutible de la poesía y que, también ella, ve rendirse los sueños que ayudó a generar; pero, felizmente, en la tarde (y por eso nuestra poeta dice amarla) empiezan «a nacer / los nuevos sueños» que la poesía sigue generando.

Como se puede apreciar, esa visión del mundo es realista porque no se enajena de la realidad, que no solo es la vida material sino también sus estados ideales (metafísicos, en una palabra: en su mejor sentido). Y todo esto se observa en los poemarios de Rosa del Carpio en los que no se proyecta su adhesión política a la causa de los pobres del mundo, como es el caso de Miserablemente humana (1966). Y que no obstante sigue siendo una poesía hondamente humanista enraizada en las aristas más sentidas de la realidad toda:

Para comunicarnos un mundo de señales

Esta soy yo la que habla

y tú el que desde lejos escucha y da la espalda

Enemigos

sin embargo tú quisieras no serlo

ni yo de ti

Para comunicarnos bastaría tal vez

volver a nuestro puro origen y mirarnos. (XII)

Es la relación dialéctica del hombre y la mujer: «enemigos» ‘que no quisieran serlo’ («poeta» y «poetisa»), separados en un mundo saturado de señales que, sin embargo, los separan, y, entonces hay una alternativa que contradice las reglas establecidas por un sistema absurdo que crea las separaciones, con prejuicios y restricciones discriminadoras. Esa alternativa es volver a identificarse como los seres originarios, y mirarse con ojos sanos: «Para comunicarnos bastaría tal vez / volver a nuestro puro origen y mirarnos.» Y esta no es una actitud retrógrada o un retorno al pasado. Es más bien una proyección al futuro. Porque:

Alguien a pesar de las palabras

aprende a creer en una estación

con un tiempo favorable al hombre

en ciudades creciendo bellas en el sentido del aire

en la libertad del hombre

navío jubiloso hacia el hombre

en su amor lanzándolo a poblar la Tierra

en que es dueño de sí

y el universo una posibilidad

abierta a su reino. (XXI)

La salvación del hombre es una empresa futura. Y la poesía, como todo lo que crea el ser humano, apunta a transformar el presente, porque, al decir de Paul Éluard, ella «es el campo de quienes luchan por la liberación del hombre».

Y todos los poemarios de nuestra poeta Rosa del Carpio se hallan reunidos en el libro titulado Contra señores del mundo gobernadores de estas tinieblas, que publicó el Grupo Editorial Arteidea en el 2011, en el que además de los poemarios arriba expuestos, incluye tres más: El instinto de las moscas, Velámenes y Poemas del hospital. En todos ellos están presentes los temas resaltados aquí: la realidad, el sentimiento, la vida y la muerte y la visión del futuro.

No puedo terminar esta reseña sin hacer referencia al libro (representativo suyo, por excelencia) La conquista del trigo. En él se condensan los temas aludidos con una clara sugerencia de compromiso con la búsqueda de un cambio total de la realidad. Transcribo el poema titulado «Mundo conocido»:

Hay un mundo dormido

y alegre

canta bajo el agua

se desliza murmurando

en el maíz.

Diariamente

se acerca con mil pasos,

baja cerros,

trepa árboles

diariamente

su voz asoma entre

los surcos

pero diariamente

ese mundo terrestre y alegre

retrocede.

Preguntan dónde va

Y por qué su raíz está

en el sueño.

Quien ha reposado

alguna vez sobre el agua

lo ha visto,,

quien ha cantado en el maíz

lo ha visto

quien ha soñado

lo ha hecho suyo,

quien lo conoce

sabe que es posible.

 

Con ese anuncio del futuro, nuestra poeta cerró el poemario La conquista del trigo. Y asimismo ella —de manera premonitoria y realistamente— en el primer poema sospechó que «Para la cosecha tal vez no estemos, / quien sabe si con ojos de tierra / veamos la danza de las gavillas», y, al final del mismo primer poema reitera esa premonición cargada de esperanza:

No importa que no veamos la cosecha

mi corazón se contenta

con verte reír ahora

y después reír contigo

desde los labios rojos de todas las auroras.

Para no incurrir en exceso, voy a terminar esta reseña que —como lo he anunciado ya— tiene, además, mi homenaje a nuestra poeta. Y me ratifico en mi reconocimiento de que su poesía es una muestra —excelente por ella misma— de la tendencia poética del nuevo realismo que enarbolara el Grupo Intelectual Primero de Mayo. Gracias compañera Rosa del Carpio por tu ejemplar aporte. El pueblo peruano guarda tu legado en su corazón. Y en sus luchas siempre estará presente tu voz.

Share