«Vale más canción humilde que sinfonía sin fe».

J.C.

En un artículo previo traté el tema de la mentira. Ahora, frente a ciertas declaraciones a la prensa de la más alta autoridad de la UNP, que adquieren ese cariz, me veo obligado a reiterar el tema. Y, en principio, debo decir que lo hago porque la primera falacia incluida en esas declaraciones es la que alude a una presencia del partido de gobierno detrás de los reclamos que exigen una explicación -y hasta fumigación- de los múltiples hechos bochornosos en que se ha visto envuelta nuestra Alma Mater, de manera sostenida, desde que las actuales autoridades asumieron su dirección en el año 2005.

Un hecho incontrastable que desbarata ese infundio lo constituye el resultado de las últimas elecciones para representantes docentes a la Asamblea Universitaria, en las que participaron sólo dos listas: la del oficialismo (que apoya a la actual gestión, por contubernio) y la lista de la oposición (acusada por el Rector de ser manipulada por el partido de gobierno). Ambas listas se repartieron los votantes en una proporción de -más o menos- dos a uno: 321 y 176, respectivamente. Lo rescatable de este hecho es que en ambos grupos hay profesores de filiación aprista. Y, tanto en uno como en otro, no es esa filiación la que los condena o exonera de responsabilidad. Pero lo decisivo es que en ambos grupos hay docentes de variadas filiaciones (muchos independientes) que, con toda seguridad, superan en número a los de filiación aprista. Y, como esta aclaración la hago a título personal, y en tanto me identifico con el grupo de oposición, quiero hacer ese deslinde pues mis opiniones, vertidas en sendos artículos en el diario El Tiempo, contra el actual gobierno aprista, me convierten en un sujeto libre de toda sospecha de tener alguna componenda en ese sentido.

Ahora bien, tratando un tema más amplio, es lamentable haber visto imágenes de escándalo en las primeras planas de los diarios, en las que aparece la más alta autoridad universitaria “pechando” a un impugnador de sus actos, al más puro estilo “callejón de un solo caño”. Es decir, un docente universitario no espera ver una reacción de esa facha en la autoridad que representa a una institución depositaria del saber y la cultura. Pero eso que -haciendo una extensión extrema- puede atribuirse a una “cuestión de estilo”, es decir como un exabrupto de facto, se empequeñece cuando de la acción se pasa a la palabra. Ahí se extraña la cuestión de orden del rey de España para decirle: “¿Por qué no te callas?” Que el Rector declare percibir un sueldo de 23 mil soles, desmiente con creces sus reclamos del 2005 cuando se rasgó las vestiduras diciendo que sólo percibía diez mil. Y lo más grave es que diga: “el cargo de Rector no es eterno, es un aseguramiento financiero de mi vida, de mi familia…” Por favor. En estos casos la jerga judicial es taxativa: “A confesión de parte, relevo de pruebas”. Las denuncias de los diarios, de que cobra hasta por respirar, se confirman.

Si la autoridad universitaria velara por la sindéresis de su investidura se habría ahorrado el haber hecho tremendo papelón con acciones matonescas y, lo más importante, no habría sido descubierto en flagrante mentira respecto de su sueldo, y en ostensible admisión de que el cargo de Rector en los últimos tiempos (¿o siempre?) se ha convertido en un botín… de guerra.

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