Al segundo canto del gallo el poblado se anima.
Se encienden los fogones y callosas manos
Toman las herramientas heladas del frío del alba.
Balan las ovejas y con los gruñones cerdos
Caminan a los campos, arreados por un pastorcillo
De cinco años o seis (o tal vez de cuatro).
Las pollas se acercan cautelosas al fogón
E insinuantes reclaman el puñado de cebada
(El maíz pertenece a los hombres y a las pollas la cebada
Y serán celestes sus huevos como piedras marinas).
Resoplan los asnos bajo la cegadora luz
Cargados de los costales para la magra cosecha.
Baten el silencio y la luz. De una choza brota un suspiro,
De otra una canción desgarradora (el llanto es aquí cantado:
Un canto a lo irreparable). Y de nuevo el silencio.
Si miras desde una cumbre el poblado, lo ves
Como un montón de piedras o terrones dispuestos al azar
En la falda de la montaña. Y en torno de ti
El viento, el silencio y las ingentes montañas.
Y te preguntas por el sentido de ese puñado de terrones
Que no figura en mapa alguno, el sentido
Del denuedo de los hombres en las exiguas parcelas,
Del llanto tenaz de la morena criatura envuelta en andrajos
Y del cortejo de los jóvenes bajo los árboles.
Un denuedo, un llanto, un suspiro, un cortejo de milenios.
Entretanto y sin que lo notes avanza la mañana.


Julio Nelson,
Perú

Share