Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.

FALLECIÓ CLAUDE LEVI-STRAUSS

Se anunció hoy el fallecimiento, ocurrido el pasado domingo, del último gigante del pensamiento francés, fundador de la antropología moderna. El año pasado, al cumplir cien años había sido homenajeado con una jornada dedicada a él y a su obra en el Museo del Quai Branly, una exposición en la Biblioteca Nacional y la publicación o reedición de numerosos libros suyos.

«Odio los viajes y los exploradores …»: así de radical hubo comenzado, uno de los viajeros y exploradores más prolíficos del siglo XX su autobiográfico «Tristes Trópicos» (1955). El tono escéptico – aunque no cínico – era característico de quien tal vez haya visto demasiadas cosas y sufrido demasiadas decepciones como para dejar un hueco a la esperanza en el ser humano. Quizá esa distancia hacia las personas y hacia la vida en general le haya permitido a Levi-Strauss convertirse en un genial observador del ser humano.

Había estudiado filosofía y derecho, aunque lo aburrieron. Contaba con una vasta cultura clásica y literaria y también con profundos conocimientos en música clásica y contemporánea. Sin embargo, sus «tres amantes», como él las definía, fueron la geología, el marxismo y el psicoanálisis. Tanto la geología, como el marxismo y el psicoanálisis comparten una premisa: las cosas constan de estructuras y estas estructuras pueden ser descubiertas y analizadas en detalle

Pionero del estructuralismo, recorrió el mundo para comprenderlo y estudiar sus mitos, Lévi-Strauss obró por la rehabilitación del pensamiento primitivo, a veces con la mirada de un moralista. «A caballo entre filosofía y ciencia (…), su obra es indisociable de una reflexión sobre nuestra sociedad y su funcionamiento.

En 1931 obtuvo el título de catedrático de filosofía. Nombrado profesor en la Universidad de Sao Paulo, se trasladó en 1935 a Brasilia donde dirigió varias misiones etnológicas en Mato Grosso y en Amazonia. «He sido siempre un americanista a causa de la impresión imborrable provocada en mí por el Nuevo Mundo, a lo que se agrega el trastorno, que dura aún, causado por mi contacto con una naturaleza virgen y grandiosa (…) Creo que ningún otro continente necesita tanta imaginación para estudiarlo», escribió.

En 1941, debido a su origen judío que lo obligó a dejar Europa, se refugió en Estados Unidos, enseñó en Nueva York y conoció allí al lingüista Roman Jakobson, que tuvo una gran influencia sobre él. En 1949 asumió el cargo de subdirector del Museo del Hombre de París. En 1959, ocupó la cátedra de antropología social del Colegio de Francia, donde ejerció hasta su jubilación, en 1982. Doctor honoris causa por varias prestigiosas universidades (Oxford, Yale, Harvard, etc…), fue el primer etnólogo elegido miembro de la Academia Francesa (en 1973).

Entre sus principales obras figuran «Estructuras elementales del parentesco», «Antropología estructural» I y II, en las que aplica al conjunto de los hechos humanos de naturaleza simbólica un método, el estructuralismo, que permite discernir formas invariables dentro de contenidos variables, y «El pensamiento salvaje». Es también autor de «Mitológicas», obra de la que el primero de sus cuatro tomos («Lo crudo y lo cocido») ilustra la oposición entre naturaleza y cultura.

En una de las escasas entrevistas que otorgó en los últimos años (en 2005), tras evocar su «deuda» con Brasil, afirmaba: «vamos hacia una civilización de escala mundial. En la que probablemente aparecerán diferencias, al menos hay que esperarlo (…). Estamos en un mundo al que yo ya no pertenezco. El que yo he conocido, el que he amado, tenía 1.500 millones de habitantes. El mundo actual tiene 6.000 millones de humanos. Ya no es el mío».

(Texto proporcionado por Adriana Riss).

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