Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.

BOSQUE DE PALABRAS publica con sumo placer este poemario de la poeta argentina Genoveva Arcaute. La motivación de su envío por parte de la autora fue un texto de Ricardo Ayllón publicado en este mismo blog. Genoveva aportó con otro que, a continuación, reproduzco, a manera de prólogo, de esta edición virtual de su excelente poemario.

Palabras de Genoveva

Como profesora por más de 25 años creo poder aportar un poquito. Es un problema de arrastre. En la primaria la cosa funciona más o menos bien. Las maestras proponen lecturas con rima, adecuadas, pongamos por caso María Elena Walsh, para hablar de calidad poética, y otros autores infanto-juveniles (horrible expresión; pero después sólo las más avispadas siguen con el humor -Luis Pescetti- o los amores púberes -Elsa Bornemann- Ya más adelante las maestras empiezan a hacerles contar las sílabas, cosa que a los 17 siguen haciendo con una compulsión asombrosa. Les das una hojita con versos y lo primero que hacen es la tira de orlitas abajo, no siempre correctamente claro. Hay que prohibirlo, para que desistan. A mí se me ocurrió, hace unos años, darles el siguiente trabajito: les llevé en una bolsa de plástico, escritos en papelitos los nombres de 25 o 30 poetas contemporáneos, argentinos, latinoamericanos o traducidos. Cada uno sacaba el suyo y después, con tiempo buscaban 10 poemas de ese autor. Los leían, y elegían dos para la antología personal, el resto iba a una carpeta común. Esos dos los copiaba en un cuadernito, a mano, y los leía en clase. En algo más de un mes cada chico tenía un cuadernito con 60 poemas de su preferencia. En clase sólo se «comentaba». Si había que explicar yo lo hacía, pero me di cuenta de que poco había que explicar. Los preferidos: Bukowski, Pizarnik, Orozco, Pessoa, los españoles de la posguerra, Vinicius. Quedé sorprendida y satisfecha. No se habló de metáfora ni nada, o sólo un poco. Yo misma aprendí. Ventajas: la brevedad -no hay que leer ladrillos de 200 páginas, el ingenio, que los atrae en el desvío del lenguaje poético, la variedad infinita de las voces, el respeto a la propia individualidad. El grueso carpetón quedó en la biblioteca y hasta pude evaluar con un poema nuevo, la capacidad de reseñar, comentar y apreciar un buen poema….

Te adjunto los míos, que aparecerán en cuanto encuentre editorial. Pienso distribuirlos a mano, en algún viajecito por las playas, y por correo a amigas de Córdoba y Santa Fe. No me hago más ilusión… Y por la red, que viajan lejos y livianos. Saludos desde La Plata.

Genoveva Arcaute

-Alors ce corps, puisque tu ne peux le nommer, montre-le.

Tahar Ben Jelloun
L’enfant de sable

«Et c’est parce qu’ils contiennent ainsi les heures du passé que les corps humaines peuvent faire tant de mal à ceux qui les aiment, parce qu’ils contiennent tant de souvenirs, des joies et des désirs déjà effacés pour eux mais si cruels pour celui qui contemple et prolonge dans l’ordre du temps le corps chéri dont il est jaloux, jaloux jusqu’à souhaiter la destruction.»

Marcel Proust. Le temps retrouvé

(Y es porque contienen de ese modo las horas del pasado, que los cuerpos humanos pueden dañar tanto a los que los aman, porque contienen tantos recuerdos, alegrías y deseos ya esfumados para ellos, pero tan crueles para quien contempla y prolonga en el orden del tiempo, el cuerpo querido del que siente celos, celos hasta desear su destrucción.)

Discutí con el espejo
se hizo el roto
me dijo: abrite las venas

Todas somos Frida

Todas somos Frida
dijo la filósofa
se sacó la camiseta
y mostró una cicatriz
en el lóbulo frontal
(las mujeres lo tienen en el útero
piensan con el vientre
juzgan con la entraña).

Dijo también que todas
nos pintamos un rostro
sobre piel o sobre tela,
unas cejas, un bigote, unas trenzas
unos trajes de colores que disfracen
esos huesos tan faltos de glamur
con sarapes enroscados
en los muslos, los hombros, la cintura.

Todas somos Frida.

Con un Diego
tan feo como un sapo veterano
de ojos grandes y párpados hinchados
vientre lleno y falo indoblegable,
haciendo juego.

Todas somos Frida.
con espejo incorporado
en la cama de hierro de unas vísceras
constantes en la alarma del quirófano,
unos senos que amenazan con tomías
y obscenas ortopedias.

Todas somos Frida
cuando vamos a nuestro vernissage
con la cama puesta en ambulancia
para discutir los tropos y las formas que creamos.

Todas somos Frida,
Cicatrices y cenizas.

Poemas en la PC

La musa de sal con argucias de chat
instigó carroñera y me dio abracadabras.
Puse mano aleve a los teclados
( las contraseñas fueron cáscaras de hielo)
pulsé violé todos los archivos
Los secretos cayeron en cascada delante de mis ojos
y el parlante del tamaño
de una caja de fósforos
mojaba cada tecla
con fuego y hielo en gotas.
Su música era un río
que corría sin rumor hacia la muerte.
Cerré todas las ventanas, vacié la papelera
chumbé a los gatos negros
y en la pantalla gris de mis entrañas
impuse al ratón todas
las opciones de la despedida.
Y el cielo ya no fue azul ni las nubes blancas.
Una mancha salada salpicó
de pixeles fractales el cristal.
Entonces me puse a recortar
cuchillos del tamaño de un puñal
y me senté sobre ellos.

Hoy

En torrente
y detrás de las heridas
iré
pulsando la memoria sin excusa.
Subraya este desborde
un río de caballos
músicas que embriagan.
El silencio
se emparva
no hay desgarro en la espera
sí fragmento

No termino nunca
de escribir el día.

Punzante

Puntas, puñales, cuchillos,
facas, cutters y navajas,
jeringas, agujas, bisturíes,
alfileres de vudú, pero sutiles.
Invisibles.
¿Borgianos? Para nada.
¿Lorquianos?
Virtuales (no desgarran menos)
laceran los órganos internos,
rayan las mucosas tibias, rosas.
No estás donde estás.
¿Con quién qué decís y qué te dicen?
Qué sonrisa que nunca te vi
blande los puntazos, de plano y de hacha
y dibuja, un croquis de dolor…
La celosía,
el pentagrama de la melodía,
letanía letal, desangelada.

Ya de vuelta, después de la pesquisa,
me armo a mi vez con punta dulce,
espalda en la pared de cualquier cuarto,
y yo, comadre compadrita,
apunto todo el filo,
todo el acme con rayos de mil voltios.
Pincho y punzo, pico y marco
la verdad de tus ausencias,
rasuro tus palabras al filo de la piel
despellejo los relatos
¿Son mentiras?
Entonces, desollado, tu corazón de espinas
es el despojo fresco de mis celos rojos.

Moebius

Un ocho maldito, endemoniado,
móvil cintura de perfil
y formas generosas.
Oscila, y da lo mismo derecho que revés.
Rebelde y cruel panqueque
que en el aire se desmadra,
y desconcierta a la pobre cocinera:
¿Por dónde lo untará?
¿Dorso dorado o blanco revés?
Cuando el monstruo
cae estrangulado
en la ardiente panquequera,
la tonta cocinera…
(borren ese verso
cómanse el bizcocho,
con disculpas de poeta)

Y vuelvo al disco la cinta la autovía retorcida
que me hace regresar por un camino
que me es nuevo no es el mismo y no es el mío.
Allí estás y no te cruzo
las marcas de tus pies cabeza abajo
son apenas pedregullos que si piso
te despiden al espacio.
Tu cabeza, tus labios, tu mirada
están tan lejos, lejos de los míos
que muy de vez en cuando
nuestras plantas se tocan al través.
Nuestros dedos juegan al amor
pero en el clímax queremos
correr hacia el encuentro
y en ese infierno de la física
hallo mi espalda a la carrera
y a la otra que te corre.
Entonces, cansada de figuras,
arrugo la cintita celofán
y la tiro al desperdicio con cáscaras y borras.

O con una hebilla le esponjo las orejas
y la prendo en mi cabeza,
para verte.

El mal de amor se cura

El mal de amor se cura
con dos o tres pastillas
en proporciones bien equilibradas.
Si tus mañanas son especialmente dolorosas
una mitad, un cuarto bien temprano.

Entonces la cocina o la oficina
serán toda otra cosa.
En casa
dejarán de desquiciarte
sus ruidos:
de platos, de puertas o de vísceras.
En la oficina las pullas de tu jefe,
la gélida ceguera del muchacho más bello
la preferencia de tu amiga por la nueva.
A la hora de la siesta puede ser necesario
un poquito más,
los grises del cielo,
el azúcar que agoniza en tu sangre
la tristeza infinita la ausencia
las dudas en la piel.
A la noche, ¡gran dios!, a la noche
hay que tomar la grande, la que toma
media parte de la humanidad
(pero si vas a conducir
o manejar máquinas que cortan,
no se recomienda… ¡mentira!.
Todos esos que dibujan
su trazo por las rutas
están –como vos- navegando
en la tregua de la pena.
Si se estrellan lo hacen
en infinita paz,
no se alteran los latidos,
la presión de las arterias)

A la noche, tus sueños se abrirán
en ventana de Windows.
Podrás poner replay y mirarlos
cuadro a cuadro en pantalla completa.
Pero su contenido será
un pastiche de tu día gris.

Por la tarde podrás
mirarte las novelas
el corazón latiendo cuidadoso
por la dama o el galán.
La presión en su sitio,
la cabeza como jaula vacía
de un zoo abandonado.
Eso sí, recomiendo
que no compres tus píldoras
en la farmacia del barrio.
Todos dirán “¡mirala a la doctora,
mirala a la abogada
la artista, la de enfrente.
Su mirada cambió
ya no mira desde el negro
fondo de sus cuencas
y esas ojeras de melancolía.
Ya no tiene esos huesos a la vista
exoesqueleto dos talles más grande,
rellenó su trasero, sus pupilas relucen
como ojos de muñeca,
párpados al medio, vocecita lenta!”

Más vale comprar en farmacias lejanas.
A lo sumo el vendedor dirá:
“Aquí viene otra en su edad
a curar su terror con las mismas porquerías.”
si es filósofo :
“la muerte no se frena con toda esta botica.”
Si poeta:
“belleza en la mirada pegada
triste a un cráneo lleno de metáforas,
andar de línea fina de dos dimensiones,
dibujo del alma.”

Las penas de amor se curan
con dos o tres pastillas
en los gramos correctos. Desatan
el nudo que se hace en la garganta,
el alimento circula alegremente
y llega al color de las mejillas
y al hueco de las ropas de siempre.

El mal de amor se pasa…

Sin embargo, sin embargo, sin embargo,
no quiero curar la diatriba del verso
no quiero que me lobo
tomicen el dolor
no quiero el olvido del dictum que me acosa.
No quiero ir cantando
canciones de la radio
buscando otros amores
saludarlo en una esquina
como un buen recuerdo.
Quiero arder de dolor.

Pero tomo mis pastillas
me duermo como perro si lo dejan entrar
miro con alegría la gente que me cruza
que mira con alegría, y cura el mal de amores
con las mismas pastillas
hermanos de farmacia,
hermanos de la química, beatos vencedores…

Descripción de llanto

Estalló en llanto
-es así como se dice-
Las pestañas, sin betún fueron a dar
al blanco de ese muro,
minúsculos paréntesis
¿ecuaciones de dolor entre sus combas?
¿incisos de incerteza?
grafos de caverna,
esperando un relleno aclaratorio,
un exégeta con armas de dulzura.

¿Los párpados?
persianas implosivas,
ventarrón de adentro,
masa daliniana y la sal,
mar en coma, en coche desfondado,
reguero en libertad de pólvora hacia abajo,
finas hebras de pena encabritada
mojando la camisa paralelas.

Pausa en los pezones,
un alto de frescor y los empina
mana luego del escollo, suelto
no leche como antes,
leche y sal aguada
desciende hasta el pozo del ombligo.
junta su caudal anega el nudo,
enfría las entrañas y despiden
un río deshauciado.
Ya al encuentro,
estriba en algún monte
cuela estalactita hasta el parquet.
no es sangre como antes,
es sangre y sal y leche deslavada,
caldo que mana como herida.

Ha quedado sola por un rato
con estruendo de llanta estalla en llanto
detona en plena curva a la carrera.
Los muertos salpican el camino,
y derrapa derrapa en lentas olas
de orgasmo calado hasta los huesos.

Ratonera

La casa-ratonera ha quedado limpia:
En un cajón del armario están tus huesos
y en el otro los míos.

Los pelos que perdiste,
los pelos que perdí,
debajo de la cama son
un animal manso y cariñoso
que nos despierta a las mañanas.
Las uñas que nos cortamos
son una inmensa cáscara de huevo
en el jardín, que a todos maravilla
y nuestros jugos, evaporados,
una mancha profunda en el colchón.
Muchas rejas arrenglonan las ventanas,
según nos aconsejan,
y en las horas vivas,
en las horas muertas,
reviso los álbumes para aspirar,
con aullido de sirenas
los rostros del pasado –así no vuelven-

Ya planché las paredes,
ya fregué las lechugas ,
ya enceré los toallones
que dicen you y me.
Ya me toca la siesta,
nuestro perro olfatea
mis axilas con cariño
y se recuesta tibio, en tu almohada.
A tu regreso, serviremos
copas de jabón con granos de mostaza
y liquidámbar.
Un aperitivo, después de las noticias.
Y en la alta noche ¡clap, clap, clap!
saltan los resortes, los alambres,
el mundo convulsiona
y por el pecho, (nos comimos el queso, ¡qué remedio!)
nos toma el artefacto, o sea el lecho.
De todos los ratones que pululan
que fortuna, atrapada con vos.

Verbal

No usaría hoy el pretérito melancólico
no estoy para añoranzas o esdrújulos cotejos.
-Imperfectos serán, no tengo dudas
los trabajos y los días que dejé-
prefiero el potencial, rico de eres
y de íes acentuadas melodioso
candor de los deseos
espuela la libido nunca deja
en banda a la ilusión
en tanto nada da el indicativo
hecho real y presente
o pasado de un futuro.

Verba loca, dirán a mi persona
la punta de las letras
castillando
hipótesis en nubes de valencia.

Pasado melanco paradigma
del texto que me pasma y que me roba,
condición de que se cumpla lo que digo,
profecía con cautela…

Casandrismo que calla
y sólo dice
en murmullo de sílabas –plegaria-
este absurdo poema de los verbos.

Lluvia

Lloran las cuerdas de mi garganta.
El cielo aguanta un toldo convexo.
Ya llovía antes en mí, en mi cuaderno,
mis ollas y mi suéter, que acabo de doblar
con sus húmeros lisos en la espalda
sobre el cuello volcado.
Mi cabeza llueve una garúa helada y en el cielo
los pájaros caen, como cáscaras de fruta,
o medias en par que enrollo fláccidas.
Las cuerdas son ahora un cello lastimero.
El cielo arría su estandarte negro
y en los pliegues se dibujan llamas.
Entre mis frontales, el alma de la caja
tensa sus cordones venosos.
Es la angustia que aún llueve
en los patios, las alcobas, los armarios,
debajo de las mesas y las sillas,
adentro de los libros y las cartas,
en las máquinas de hablar
y en la harina, el arroz y las lentejas.
Las macetas desbordan su copa de tierra
y salpican mis pantuflas.
Ya no hay silencio o música
Por las comisuras del patio embaldosado
agonizan canaletas, un barrito baba
color de hoja café

Pragmática de amor

Hoy no puedo escribir ningún poema
todo es descosido, sin hilván
inconexa coherencia
caza infructuosa de la palabra justa,
enunciador confuso
transido el desarrollo próximo lo hiela
¡Vamos!
¿Imperativos sí?
¡Basta!
Es en sí todo un texto

y hay un texto también en este cuarto
en tu bolso con ropas en desorden
¿Y dónde están las llaves?
-qué actitud del hablante, qué código cerrado-
tu desvío me aterra, el todo por la parte
un auto en marcha es ícono de duelo
y las lágrimas sinestesia cruel.

Ya no hay más repertorio
quizá en un lexicón de magia negra
halle la forma de decir te amo
pero andate, te odio no te vayas,
oxímoron perfecto
exacto en el puro desvío
de la punta de mis letras
en la cuerda discordia
del cadáver exquisito.

Sin embargo, sin embargo, sin embargo
no robaré metáforas
estoy acusada de hacerlo todo el tiempo
por manipulación astuta
y retórica perversa
te voy a contar las sílabas
las costillas

Tajadas de juventud

Tengo dos tajadas de juventud en el freezer
no sé qué hacer con ellas.
No alcanzan para la familia.
Se comieron la pieza casi entera
y esto es el sobrante.
Ellos se alimentan de potes de colores,
vitaminizados
pastillas de magnesio o pastas industriales.
Podría hervirlas, rendirían más.
Al horno no, que todo lo reduce.
También podría servirlas en la cena
¿Te avendrás a gastar el aguinaldo en vino?

Hay también otras opciones:
hacer finas rebanadas
meterlas en panes con sabores variados,
ponerlos en un taper,
ponerlo en la mochila
y salirme por el mundo.
Quizá me los comiera
contemplando el paisaje.
Quizá los convidara.

O picarlas finamente,
mezclarlas con adobos,
incluso sándalo incluso pachulí,
hacer bocaditos misteriosos
y dar una fiesta.

Pero lo pienso, te encuentro
y ya no dudo:
haremos una cena, prenderé unas velas
compraremos el malbec con la tarjeta
para entrar mareaditos,
vos y yo,
en la vejez

Acta

Tus rastros en mi cuerpo
constancia notarial
arras selladas de amor, dolor y permanencia:

En el esqueleto muescas
de todas las batallas, medallas de victoria
en las cachas de tu orgullo,
triunfo en estas tibias –si te sigo-
tus pulgares en los húmeros
lectura en laberinto cuando no me escapé.
-¿Abrimos la botella?
Los pómulos guardan mensajes cuneiformes
bustrofedon los frontales,
de hemisferio en hemisferio
(aquella discusión que te gané)
-Más vino, mi copa gime ausencia.

En mis vísceras parcas tus ágapes furiosos
voraz mesa mutante hacia la gula
dibujo de satén la piel entera.
Su lengua caracol
tenue rastro húmedo
laca el recorrido
ida y vuelta, cruce y curva,
loma y zanja.
Nada deja sin barniz su exasperante
cinta en agonía de dulzura
-Llena más, no se sacia esta copa.

En mi pelo la huella la navaja
que cortó nuevos rostros tu capricho
espejo dócil, fronda tuya,
menguante cabellera arisca noche
melena en su creciente…
Y pisadas de tus botas en la casa.
Detective de amor yo voy detrás.

Si desnudas las plantas en la sábana
sudario de dos cuerpos su dibujo
y el sueño aún que perdurable:
Dejo escrito los detalles en la punta de mis letras
y tu firma,
-dame de tu vino ¿o todo lo bebiste?

Disfraces

De todos los disfraces hoy elijo ninguno:
birlo el ser de la piel.

Puro yo, espíritu o idea
fantasma que deambula
con su sábana de ayer
pena el deslizar ánima sin tacos
altos pies desnudos
de muerto que pasea.

Fuera alambres y corsés,
elásticos que hieren,
falsaria anatomía.

Ni siquiera pelo
-fino abrigo de animal-
asustar con calva monda
mostrando el cerebro
esponja de culpas.

Vestida para morgue o para cirujano
(armar la secuencia, cuestión de relojes)
iré por las calles en mi transparencia
y nadie verá que me rescato
en la punta de las letras, ropita de papel.

La estética

Ha dejado su cuerpo en condiciones:
empezó por afuera,
con un guante de esponja casi seco,
exfolió su piel centímetro a centímetro
pliegue a pliegue hasta encontrar
abajo la piel del nacimiento
secretando un jugo delicado color rojo subido.
Quedó la piel así, juvenil y amniótica
(ocultarla al sol por su inocencia.)
Decapada, como un árbol
sin corteza y casi sin ramaje
puso talcos que cicatrizaran
ahogando los gritos con trapos furacínicos.

Sólo entonces, pensó en los alimentos:
Buscó todas las dietas,
y como los pájaros, pero sin tener su pico
mascó el mijo, el alpiste, las piedras de maíz.
Fue también tibetana -el cordero y el té-
(el té lo tomaba, el cordero la miraba)
tapaba su cuerpo con géneros enormes.
La voz se fue afinando, con colores de trino,
cantó melopeas, endechas y vidalas.
Nada le decían a nadie que la oyera.

Cambió las recetas:
amasó cereal, masticó
el amaranto minucioso,
la quinua delicada,
con la harina lavada y hervida hizo un rollizo
oscuro, nutritivo y puro.
Cuando puso la mesa la echaron de la casa,
estaba ensayando
los confites de pollo y el chocolate de hígado.
Todos los trucos los trucó,
buscaba qué sé yo qué esencia
de bacterias en píldoras.
con la leche común, bien machacadas.
Después jugo de almendras, de soja,
de maní, de habas y de arroz.
Hizo queso la leche de lentejas,
de garbanzos, de soja y de maní.

Su cuerpo ya era por entonces
un elegante esqueleto de mujer
una línea de historieta con su proporción
en las dos dimensiones de la hoja.
El rostro se afinaba, la nariz se convirtió
en un filo de navaja,
y la punta redondita de insolencia infantil,
se desvaneció por siempre.
Las muelas apretadas de mascar los granos
se agarraron, ya no podía silbar.

Ahí anda, figurín delgado,
percha de la moda,
corazón sin grasa.
No sabe quién es
Y nadie la conoce…

Deseo

Artero me sujetas, con lámpara en la mano,
escupes –suavidad- adentro
y echas tapa con fruición y yo
-la enamorada-
atrapada en burbuja
de cristal y de aire
como mágica redoma.

(No me agito. Él me posa,
cristal de magia blanca,
junto a la cama de los dos, tendida.
Sólo cabe mi cuerpo y alguno de sus dedos
que circula con tibieza por la esfera.)

Me miras y me amas
tu saliva globea. Sonreímos.

Entonces, poderoso, refriegas la burbuja
(disparate de palabras cuando el deseo apremia)
El genio –yo- hace su epifanía,
prisionera encendida,
libre al fin
amando al carcelero.

Una piedra de río
I
¿Quién ha puesto a medio palmo enterrado
en mi pecho
esta piedra de río
del tamaño de un puño
blanca, gravosa y lisa?

¿Quien ha puesto allí este bloque rocks,
huidizo hielo turbio, ojo grueso en aguja
sin Gerdas que entibien con amor y sal,
sin reinas de la nieve que vencer?

¿Y quién, a veces, pone allí este neumático
en su malla de acero,
impenetrable michelin perfecto
enterrado a medio palmo entre mis tetas?.

II
Salí entonces a buscar un corazón de fantasía
granate, cóncavo, caliente.
Con un cuchillito de alfiler en punta,
bisturí de duende atrapé un colibrí
adentro de una enorme campánula de mieles.

Corazón de colibrí en mis plexos de aire,
gota de sangre cayendo al vacío
colgando en los racimos de los vasos,
animando mis órganos helados:
paz para el hígado guerrero,
dulces para el páncreas de cartón,
juguetes para el útero vacante,
diccionarios para el seso.
Corazón de colibrí, anatomía de hembra
electro insuficiente. Rechazado

III
Entonces iremos a otra góndola
Encuentro: corazón de reptil
(lágrimas, lengua ponzoñosa)
Blanca sangre fría, no.
Corazón de mamífero, sí,
cuero piel, caricia a contrapelo
feliz de huesos, risa de colmillo
lengua afuera mascota
delicia de asador, proteína
glóbulo que ama da y perdona
en el pecho a dos palmos enterrado.

Mi cuerpo es un mapa del dolor

las uñas (con restos de piel enrojecida)
disparan las flechas de la fuga
o de la despedida.
Mis cabellos señalan rumbos de extravío
en el sinsentido de las jeringas del reloj.
rodete en espiral que despista a los piratas
mis venas vuelven mientras mis arterias van
ya con cierta fatiga de impaciencia.
Ni mis senos ni mis rotulas
son bizcos, pero igual,
no se sabe dónde apuntan: ¿Adelante? ¿Al abismo?
Mis ojos se revuelven en guiños y soslayos contradichos
sin claves con implícitos,
no resuelven.
Mis pies miden los pasos que llevan al tesoro.
Los seguirás sin hacer sombra en la espalda,

porque vendrás, bandido,
y enrollará la piel ajada
y con ella partirá a la isla prometida.
Sobre arena de playa desplegará este cuerpo
-este mapa del dolor-
como una alfombra hollada
mientras mi piel se dora como hogaza
y el calorcito marca las líneas a seguir.
Habrá de persignarse en la frente el corazón las ingles
de lamer las cicatrices del costado
y sí: contará los pasos, bailará su baile
(no me tapes el sol)
y por fin el pico hierro cavará en los tres puntos
¿acertará en primera? ¿el tesoro es uno o trino?
Plata gris del cerebro
granates y rubíes de dulzuras en el pecho
abajo sombra fresca de cavernas minerales.

Toma el cofre
Mi cuerpo es un mapa del dolor.

De la muerte por celos

Vuelve, vuelve la oscura traza
de la muerte por celos.
a apretar con su puño inmenso
mi corazón de puño hasta exprimirle hiel
por artes raras de patología
se cuela por mi oído y revuelve los huesillos
que martillan la duda y la certeza,
se cuela por mi boca al aspirar tu aliento
(yo preparo todas tus comidas)
por mis ojos cuando leo todas las letras
de todos tus archivos
todas las máquinas
de mandar mensajes.
Pero todas las claves aleves y leales,
se me niegan.
Vuelve la oscura traza de la muerte por celos
aleteo de murciélago en el plexo
torniquete de pellejo
a la altura del ombligo

Vuelve a colarse por mis puertas de abajo
y me hace preguntar dónde estuviste,
animal sediento malcriado,
que me trae de beber y me contenta
bello animal de compañía
que tapa mi boca y reclama con susurro.

Vuelve negra traza de la muerte por celos
se cuela por mis poros
y eriza mis arterias
ponzoña mis raspones,
infecta mis bebidas,
corroe las mucosas
de mis partes más suaves
y fecunda la cizaña
en el bosque de mis venas.

Andate, negra traza, juira perra, alimaña.
Andate de mi mesa, de mi cama, de mi casa

Fuera negra traza de la muerte por celos

Tres de amor

I
Fuimos los dos una gorda
pelota feliz de platónica androginia
mis uñas con brillo
tus manos rudas
mis pechos lactores
tus brazos musclados
eran aire en el aire de su seno,
mundito concavado sin arriba ni abajo…
No fuimos menos que un monstruo integrado
mondo, cabal, órbico, liviano.
Con tus pies de cien leguas,
con mis piernas sentadas:
poltrona, regazo y hamaca.
El globo reía –platónica broma-
¡Y cómo reía, mi amor!
amoroso ciempiés unisex.
parásito doble, generoso y noble
que da lo que quita y lo que pierde da.
Y tocaron el timbre,
simple,
así como así y la espita,
la pena nació:
Vos y yo. Ya no uno. Ya dos.
Una expuesta fractura,
unos vasos goteantes,
unos charcos de plasma.
Por la puerta abierta
bacterias y entonces
ni parches, ni pomos de ungüento
soldaron jirones. La goma es fatal.
casquito de esfera mortal.

Alma de bolita,
vidrio impenetrable…
mercurio inasible
¿Querés? Vamos a jugar.

II

Nací de tu muslo, parida mayor
y fue mi placenta
tu hueso de andar de varón.
De mi frente mis sienes naciste
lactaste mi seso espeso y gris.
Mi vulva te expulsó nacido
tantas veces.
Fue regreso, puerta, entrada y meta.
Mi infancia al contrario
fue aguja imantada en eje de sangre
cuadrante de sábana
señalando tu jornada.
Los dos malcriados.
Vos el hombre hijo de mi mente
huésped de mi entraña.
Y yo obra idea hija-esperma
hecha poema
al cincel de tu pulso.
Niño, niña jugamos con eros
la ronda del amor.

III

Cuerpo fileteado soy,
arte de varón,
en todos los sitios
tatuado
en mis episitios incluso,
¿sabías?
tomías cruentas.
Huellas de una frankens
-consentida y gozada-
tización.
Pero ahora:
quiero ver tus estrías y várices,
tu cuerpo marcado
por mis pies de baile
que nadie te quita.
Te quejes ¿quién sabe?
¿Borramos, pulimos?
Pongámoslo así:
dos cubiertas tan lisas
vos y yo, en derrape,
picada, peralte pisteros, zarpados
sin garras sin guantes.
Los cuerpos escritos,
el texto, el poema.

Y uno de discordia

¡Ay lengua! ¡Ay lengua! ¡Ay lengua!
Carne tibia, muelle tapiz de grana…
Marisapidilla bruja, mujer que sabe,
y ensala sus armas: cilantro, persil, ajedrea,
salva la salvia saliva.
Llora tu salsa y espesa sabrosa,
¡Oh, my! ¡Oh, my!
Si detienes –no detengas-
ni te tengas si te vengas.
No detengas –digo- tu locomotiva
deja, sólo, en su boca,
mensajes de paz.
Si de guerra –oh, la loca votiva-
jura con su boca fabulario
dos palabras:
te perdono.
Pero no.
Para mí:
lengüitas en hielo con alcohol
con papilas –oh, papi- que te vocan.
Salva la salvia, saliva,
la malva, el bálsamo acedo, el cedrón, y el estragón
–justamente-
es lo que has hecho,
escabecho,
en el lecho
de mi corazón.

La niña de Reynolds

La niña de Reynolds viene a visitarme desde su sueño al mío.
Lleva en sus brazos un cachorro.
Es la hija muerta.
¿Quién ha puesto en sus manos ese animal?
¿Y quién la ha vestido así, con ese lujo?
Tomo entonces la lámina y hago un rompecabezas.
En las otras caras hay:
un niño
–creímos que sería otro varón-
Un príncipe,
el que nunca la tendrá.
Ella misma, a los trece, vestida para fiesta.
Ella otra vez con un cordero,
y tres damas con peinado alto,
las que cortaron el finísimo hilo de su aliento.

Yo sólo soy la mano que encola los pedazos
y lija los cubos de madera.

Floración

Plegaria irritada a dioses mexicanos.
Su capricho floral
cada veinticinco años impone
a ritmo de reloj inmenso
una flor y su estallido.

Entretanto sus brazos
carnosos aletean
(no hay viento que baile
con sus lenguas temibles),
medusa que lastima al nimio roce.

Señora agave, mide el tiempo
en floraciones como vidas
y esconde su secreto
¿Será ya menopáusica?
¿O está forjando fértil una erguida flor?
Hija que agota las sales de la tierra
en monstruosa matriz.

Amenazo su silencio: convertirla
en tequila, sisal y mescalina,
sus dones a este mundo,
con algo de bar, un poco de farmacia
y también de almacén donde se compra
para atar los nudos fibrosos de las cosas.

A veces la contemplo
con un poco de ira
interpelo el silencio,
pero no me contesta
¿veremos algún día el fruto de su savia,
Epifanía entre los altos árboles?
¿Será mañana, el próximo verano?
En ese caso habré de tomarle
diez mil fotos y su flor
será un cometa en el tiempo de mi edad.
Seré feliz un día.

¿O habré llegado tarde
a su milagro verde?
no soy afortunada ni puntual,
me pierdo en pistas falsas
-Novalis o Melville-
y todos los eclipses desde niña.

Dame entonces, por lo menos
tu licor de olvido
tu jugo de visiones, tu guitarra ronca,
dame tu imagen y en la punta
de mis letras, esa flor,
tu enorme hija inalcanzable.

La mujer madura

Los ijares son oleadas de piel de terciopelo
bajo la caricia ondulan
pliegues amplios dorados
su tibieza cede sin urgencias.
Su entrepierna –vamos,
sus muslos por adentro,
son de gasa frágil.
La mano arrastra como arena
que ha dejado el mar
una táctil alarma de desgarro.
Sus hombros, intachables,
esqueleto con funda protectora,
inviernos y veranos pasarán
antes de ponerse a ser cadáver en acción.
Su pelo, lo querría una muñeca para sí.
(tiene dinero la mujer madura
y debilidad por las peluquerías)
Sus senos y su vientre
hacen más de un capítulo
de belleza enciclopédica:
tanta historia y tanta arqueología.
Excavando las napas habrá moños
y broches y metales
puntillas de tantas temporadas.
Pero no hay recortes ni parches ominosos
–frívolos o trágicos-
ya bastante hospital con tanto parto.
(Ni ver las batas blancas,
gigolós seductores,
aranceles viriles)

La región oscura (que llaman periné)
es un mapa de fronteras en discordia,
un troquel que no figura nada,
sino el paso de Caín y Abel.

Y los senos, son los mismos de siempre
una blanca masa de harina sin leudar
que ansía la mano del experto panadero
caliente, paciente,
y muy madrugador.

En cuanto al vientre, la panza,
la patria del ombligo,
no hay problemas con el nudo primigenio
que marcó el polo norte de la vida
y el polo sur del dolor,
es el entorno el tema,
una arena movediza,
sobrante de ella misma,
recorte para el pobre en las carnicerías.

¿Más detalles?
Sus gemelos de las piernas
son redondos y carnales,
se arrugan pero aguantan
las posturas del amor
y los pies la llevan lejos donde quiera
la música y el baile.
Por eso,
no prenderle la luz y tolerar
la región de litigio.
Permitir la horizontal
feliz de la cosquilla
o el cúbito ventral –casa tomada-
Amar esa mujer deshabitada,
sus salas, su abandono.

(No hablaré del cerebro,
la memoria, el corazón,
las leyes que se impuso.
No soy quien, no son quienes.)

Otra descripción de un llanto

Ella llora siempre con los ojos cerrados
nada de cristales que le entornen las cosas
las aguas le bajan
detrás de los colmillos
y en catarata descienden
la curva del mentón
empapan la garganta
y las cuerdas de sonar.
Si ella hablara
daría pena la sal de su dolor
que adoba las palabras con enes y con ges.
Después,
tragando el mar su aire
se moja como trapo
que quedó en el patio
tal vez hipo tos pudor desarme
su estoica compostura de escultura
cuyos solos hombros
dan señales de vida.

El nudo, mas abajo
tragó la sal y tensa en contractura
las fibras de su carne,
la víscera reclama pan y dulces
y a su ácido clima sólo llega
un vinagre que baja por los huecos
y su espasmo podría ser placer de esa clase
complicada,
orgasmo que libera
eléctrica serpiente hacia la nuca.
Cuando llegan
a los pies las lágrimas
sólo guardan el ardor de la carrera.
Y sale ella, ojos secos, pequeños como insectos
hacia otro cuarto,
con más luz y viento y fuego.

Caja

Destino de caja destino de mujer
mero continente soporte
de la realidad y luego
pastel que ha perdido su relleno
destino de bolsa
repleta de deseos
urna fraudulenta
sobre que se viola
una amenaza dentro
destino de caja
cofre de regalos y cuerpos de varón
o de hembras nuevos
pellejo vacante canasta sin fondo
¿qué lleva esa mujer envase?
redoma que se frota con polvos de lustrar
lámpara cargada
álbum de fotos cartas de amor
destino de isla continente hundido
aparato perfecto
caserón vacío
polisemia andante

Me nací

Me nací, y fue de esta manera:
Tomé cuatro crayones
y me apuré en los trazos
-la tosca facha que se ve-
en el teclado urgí una melodía
de cuatro tonos grises.
Con el rostro usé jabón (del neutro)
y guante de crin en las ojeras.
Me tiré de cabeza contra la pared
para ver si estaba viva
pero no podía largar el llanto.
El vagido fue un aullido
más bien hacia el ocaso
por el este de un púrpura atenuado.
En el espejo, imago que interroga sin respuesta
¡bautismo!
Larva fina que no adivina rostro me nací,
me faltó el nombre.
Y me arrojé al agua de sal
para ser hija de alguien y conocí las lágrimas
-palabra del padre-
Me ungí luego con grasa de sartén
usada muchas veces
-la más pura- apuros de matrona.
(ningún sacerdote aceptó hacerse cargo
habráse visto, de mujer)

Ahora trato de acordarme
de un útero guarida
oscuro fresco tibio iluminado
lacustre marítimo fluvial,
amniótico hidratante
agua en torbellino, fuente de la magia…
No recuerdo.

Por eso, sin madre me nací
me puse un nombre que no existe,
me vestí con ropas blancas para el óleo de la frente
y de negro para el óleo de los pies
-ir ganando tiempo-

Ayer mismo me nací, todo el mañana.

Mandalas

Ella busca un mandala, está sola,
no descarta encontrarlo.
Los cajones de sus muebles están
repletos de mandalas
de todos los colores
de todos los tamaños
(de ensartar en las orejas,
de colgar en su garganta,
de monedas en el pulso,
de sello en anulares, índices,
pulgares de los pies,
de pegar en el techo o en la almohada,
en la agenda y el refrigerador)
también tiene otros graves, no abalorios,
Está el del hijo muerto, el hijo preso,
está el del hijo ido y regresado,
está el del amor, eterno e infinito.
Tienen simetría, dinamismo, claroscuro y cruz.

Pero no se satisface, falta alguno,
un mandala que diga ciertos signos,
que contenga y agote una esencia
y cómo hallarlo:

Pasó días mirando el propio ombligo,
un mandala flojo, desprolijo,
con flechas que marcan el allá, el aquí,
sufrido, descosido y turbio.

Después intentó con el espejo,
una forma parecía conducir a la respuesta,
su rostro, el de hoy, con esas líneas,
pero al punto
se encimaron los pasados,
la niña, la mujer,
la hinchada, entristecida, turbia
y arriba las cejas de feliz.
El óvalo era el mismo en todos,
nunca bien calcado, salido de su centro,
ojo miope que no entorna la unidad.
Entonces, ¿cuál era verdad, modelo,
cifra, esencia, uno y mil?

(El mandala no puede tener
forma que vacile, centrifuga
la tensión de su perímetro,
es puro movimiento, centro dardo mismo
que plena su sentido.)

Siguió buscando, usó el espejo
cambiando posiciones,
loto, vertical
almohadones en la espina,
ropa fuera
y halló el ojo trajinado
ojiva de sus niños y su hombre,
luz de templo,
latido en levógiro turbión,
regreso destrógiro al portal.
No halló más que una cansada
sonrisa vertical de mujer deshabitada.

Salió entonces por calles de ciudad,
Y se hartó de mandalas de colores
luces que vendían
menta con burbujas y frituras,
sopas fantasía para niños,
mandalas que mentían…

Volvió pues a su cuarto,
tomó el plato de su taza de café,
y con la porcelana del revés,
una hoja blanca,
un lápiz romo,
trazó un limpio redondel como hace un niño.

Se dijo en paz entonces:
esta es la forma nueva del mandala,
de la vida mía.
Útero y diamante.

(Texto proporcionado por la autora).

Share