Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.
«Si no vives para servir, no sirves para vivir» es el lema de www.mesterdeobreria.blogspot.com

El hombre atareado y enajenado en la maquina civilizadora pierde sus vínculos con la tierra para recuperarlos en la forma del dominio y la manipulación ejercida sobre ella. Un río por ejemplo, no es un don sagrado sino la materia prima para extraer de ella la energía hidráulica. Cuando el hombre habita poéticamente la tierra participa de sus milagros, de su cotidiana donación; mientras que el llamado hombre pragmático, es quien se ha sustraído y separado de ella, para habitar en una realidad cada vez mas abstracta engendrada por la máquina civilizadora. Ese hombre pragmático que se atribuye la condición de realista, ha perdido ya hace tiempo «la noción de lo sagrado». Ejerce su señorío creyendo que es el quien lo gobierna. En su lugar instaura un YO SOY y un YO CONTROLO, vacío e insustancial, testimonio del poder bajo el cual ha caído y que gracias a la ignorancia que lo preserva se hace en él su incondicional súbdito.

Es hora de arrancar a la vida de la camisa de fuerza del determinismo social imperante, de activar en el artista otra mirada más cercana a las fuentes de la vida y no sus incontables fragmentaciones, esa libertad del artista ente su obra debería vincularlo con la noción nietzscheana hoy olvidada de: «Quiero ser el poeta de mi propia vida». Para Nietzsche la «naturaleza» está vinculada estrechamente al hombre y juega el juego del mundo al estilo heraclitiano, la naturaleza forma figuras y las rompe, es un incesante proceso creador en el que triunfa lo vital, pleno de su intrínseco poderío y no lo adaptado. Sobrevivir no significa ningún triunfo que no sea la duración sin riesgo al estilo de los perdurables ostracodermas refugiados perpetuamente en sus caparazones. Vivir es «otra cosa», es generosidad, es derroche en expansión y esta visión es también una estética de lo político, que le proporciona al arte y al artista un proceso curativo y regenerador. Si el arte y la naturaleza no concuerdan entre sí «tanto peor para la naturaleza y para el hombre que también es naturaleza» Y se nutren mutuamente. El arte es jubileo y esta muy claro que la vida engendra diversidad de formas y múltiples constantes. Esta riqueza exime de mayores consideraciones. Los términos a los que deseo llegar son compatibles con incorporar las imágenes poéticas como «material numinoso» para una visión de la vida mas amplia, mas afín al sentido del hombre. Este acontecimiento al que se lo define, como cambio de perspectiva de las cosas, es una «cuestión de ascenso vital». Comprender en poesía, es «fluidificar el ámbito del entendimiento y la imaginación». Esto es fundamental, y es la única posibilidad de reiterar la vigencia de las vivencias humanas y de su albedrío sobre la inexorable caducidad del tiempo, un intento amoroso de conservar los infinitos rostros de lo viviente. La poesía puede ayudar a vivir no a través de sutiles y extrañísimos merodeos sino en la humilde acción cotidiana, aportando esas ricas imágenes que mas tardes serán: «objetos concretos dentro del imaginario colectivo» o soluciones a zonas paradojales a las que no tienen acceso otras áreas del conocimiento. Sin el entendimiento de lo paradojal «dentro del mundo» no tiene sentido la vida toda. Es necesario como lo pensó el surrealismo en su momento, reconquistar en el hombre «el derecho a la imaginación». Podemos crear para distanciarnos de toda apropiación, solo nos quedará la extrañeza de la ruptura. Crear para dejar atrás la obra de la que nos distanciamos, recreándonos en otra, es a la vez, nuestra enfermedad y nuestra salud. Una forma a la que aspira la poesía es transmutación en la alquimia de la palabra. Ya que los sucesos nos rondan en constantes permutaciones, como los astros, como los sueños, la realidad esta hecha de esos materiales cambiantes e indefinibles.

Es necesario restaurar al hombre dentro del marco de su propia naturaleza alienada del mundo por su propia «mismidad» y con su incomprensión de las circunstancias inéditas que vivimos. Así lo agradecerá «el todo del cual somos parte» cuando con nuestra entrega estemos contribuyendo a «estabilizar la vacilante oscuridad de la creación», que en mucho depende de nosotros «los más evanescentes». No debemos extinguirnos dentro de nosotros mismos, dentro de la esclavitud del «ego» que tanto nos sofoca. Rozamos el tiempo de la desesperación y el absurdo, circunstancias que llevan consigo la consumación del nihilismo que es la mayor amenaza contra todas las formas de civilización. Pedimos a lo imprevisible que frustre a lo esperado y con Heráclito de Éfeso aquél sabio auroral decimos: «Si no se espera lo inesperado no se lo hallará, dado lo inhallable y difícil de acceder que es».

Hay que proseguir el ensayo. / No importa que debamos improvisar, /que no haya director / y que la pieza que ensayamos no se estrene nunca.

También la flor es un ensayo, / la palabra un ensayo, / el silencio un ensayo, /el amor un ensayo/ los dioses fueron un ensayo.

Aunque el anfiteatro esté vacío/ y nos desnuden las ausencias, /como a la flor la desnuda / el hecho elemental de que todo no sea flor, /que el aire no sea flor, / que la luz no sea flor, /que el tiempo, el pensamiento no sean flor.

Aunque la voz del hombre / esté llena de hueco, / hay que proseguir el ensayo. Es el único modo/ de que al menos los otros ensayos /quizá se estrenen algún día. Y entonces tal vez ellos nos arrastren.

Con este poema de Roberto Juarroz 1925-1995, poeta argentino de quien muchos poco conocen, quiero ir cerrando este intento de alumbramiento que también señala como la grieta de un muro por la que se entreve, un jardín distante. Un jardín cerrado y abierto.

Para mí, el autoconocimiento ético y moral sigue siendo la experiencia clave, de un artista. Una experiencia de hombres que tienen que hacer solos e irremplazables ese deseo fuerte y perenne de descontento con el sufrimiento por la insuficiencia del propio yo y sus limites.

En el arte, el hombre se apropia de la realidad de su experiencia subjetiva, y por el deslumbramiento artístico surgen imágenes nuevas y únicas. A veces se presentan como una revelación, como un deseo apasionado que refulge repentinamente, un deseo de acogida intuitiva de todas las leyes del mundo, de su belleza y de su fealdad, de su humanidad y su crueldad, de su ser ilimitado y de sus límites. Todo esto, el artista lo reproduce en la creación de una imagen que de forma independiente recoge en auxilio de toda su comunidad. Con ayuda de esta imagen se fija la vivencia y se expresa en medio de muchas dificultades. Se podría decir que el arte es símbolo de este mundo.

El arte no se conforma con la individualidad sino que esta sirve a otra idea más general y elevada. El artista es un vasallo que tiene que pagar los diezmos por el don que le ha sido concedido casi como un milagro, pero el hombre moderno no quiere sacrificarse a pesar de que la verdadera individualidad sólo se alcanza por el sacrificio. Nos estamos olvidando de ello y con ello nos estamos olvidando de nuestra determinación con los demás hombres.

Si hablamos de inclinarse hacia la belleza, de que la meta del arte surgido por ansia de lo ideal es precisamente ese ideal, no quiero decir con esto que el arte debe evitar el polvo de lo terreno… todo lo contrario: la imagen artística es siempre un símbolo que sustituye una cosa por otra, la mayor por la menor .Para poder informar de lo vivo, el artista presenta lo muerto, para poder hablar de lo infinito, el artista presenta lo finito. Un sustitutivo. Lo infinito no es materializable, tan sólo se puede crear una ilusión, una imagen.

Lo terrible está encerrado en lo bello, lo mismo que lo bello en lo terrible. La vida está involucrada en esta contradicción, grandiosa hasta llegar al absurdo, una contradicción que en el arte aparece como unidad armoniosa y dramática a la vez. La imagen posibilita percibir esa unidad, en la que todo halla contiguo al resto, se puede hablar de la idea de una imagen, expresar su esencia con palabras. Es posible verbalizar, formular un pensamiento, pero ninguna descripción nunca le hará justicia. Una imagen se puede crear y sentir, aceptar o rechazar, pero no se puede comprender en un sentido racional. Por último el arte proporciona esa posibilidad y hace que sea perceptible con disposición de servir y sin ningún compromiso externo, sólo por libertad. De este modo cada generación de artistas se siente consagrada a rehacer el mundo. La mía seguramente ya no lo rehará. Pero su tarea es quizá más grande. Consiste en impedir que el mundo se deshaga. Heredera de una historia corrompida donde se mezclan las revoluciones abatidas, las técnicas descabelladas, los dioses muertos y las ideologías agotadas, donde los mediocres poderes pueden hoy destruirlo todo, pero ya no saben convencer a nadie, donde la inteligencia se ha rebajado hasta convertirse en sirvienta del odio.

La libertad es y será peligrosa pero es el don mas apreciado por un artista honesto, renunciar a esa luz, es perder la propia claridad que aunque sea modestísima, nos separa del agotado mundo de las silenciosas repeticiones. La vida, prueba al modo de las mareas una y otra vez. No se detiene jamás, vulnerables y obstinados somos quienes entendemos esa fragilidad de la forma mas expuesta e intentamos edificar naderías en el movimiento de la historia. [Héctor Berenguer, Rosario, Argentina, poeta y animador cultural, autor de varios libros de poesía]
 

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