Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.
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A sus 87 años de edad, el Nóbel de la literatura, José Saramago, no pertenece al grupo de escritores que amparados en la fama se inclinan por los temas triviales o insubstanciales, tendencia, hoy en día, animada por la narrativa ligera y sesgada a la frivolidad, puesta en boga por Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa después de sus éxitos iniciales con la novela social. Cambio trágico y desafortunado donde prima el significado mercantilista de la producción literaria. De acuerdo a este enfoque divergente entre los literatos citados, vemos que en su reciente libro Caín, el profundo escritor portugués vuelve a cogerse de la Biblia y de la religión para mostrarse irónico, impío y mordaz, todo ello en consonancia a su declarado ateísmo practicante.


La versión bíblica del asesinato de Abel por parte de su hermano Caín, ambos habiendo ofrecido a Dios lo mejor de su realización, en el caso del muerto las mejores crías de sus ovejas y en el del fratricida los mejores frutos de sus cosechas, es llevada magistralmente al ridículo. Se explota ahí al máximo el absurdo de una concepción de resentimiento celoso, de enojo superfluo, hasta llegar a la envidia criminal. La preferencia de Dios por Abel, sin motivo aparente, contra Caín es aprovechada en la narración con la finalidad de demostrar que el justo Señor, el ser supremo de la bondad, de la equidad y la rectitud, no era de fiarse. Pero el fondo del asunto es, como en el caso de Adán y Eva, la desobediencia y el castigo correspondiente, esencia desde el principio de una domesticación del ser humano a través de un poder abstracto omnipresente representado por Dios y por extensión por la iglesia y la jerarquía eclesiástica, los representantes divinos en la tierra. En tales circunstancias, Saramago, rescata a Caín de los castigos celestiales, en tanto acusa a ese Dios bíblico como el autor intelectual del crimen cometido.


No es la primera vez, ya hace una veintena de años, el Nóbel portugués se ingenió un ataque a la religión cristiana, madre ideológica del mundo occidental, a través de su muy discutido libro “El Evangelio según Jesucristo,” cosa que le valió la censura de los católicos y un veto del gobierno de su país para competir en el Premio Europeo de Literatura. La insistencia en el tema religioso, primero, mediante un punto de vista irónico de los evangelios de Marcos, Mateo, Juan y Lucas (Nuevo Testamento) y ahora utilizando a Caín para traerse abajo el Antiguo Testamento de los judíos y libro sagrado de los cristianos como referencia histórica, persigue, no cabe duda, la desmitificación de la Biblia. Las definiciones de Dios, el demonio, la dicotomía entre el bien y el mal, y sus consecuencias de pecados y perdones, de glorias purificadas y fuegos eternos, son temas tratados en función del dominio ideológico. Temas inventados por los hombres, asevera el escritor Saramago y por consiguiente, despojados de toda divinidad, son manejados humanamente hasta demostrar la existencia de una acumulación de absurdos. En realidad, inventando milagros nuevos y profecías, ridiculizando los mensajes y los salmos, las negociaciones entre Dios y el Diablo o entre el hombre y el diablo como el pacto de Mefistófeles con el doctor Fausto en la obra del poeta Goethe; y observando de manera natural que fue María Magdalena quien desvirgó a Jesús de Nazareth, Saramago se engolosina literariamente con la fantasía, la imaginación, el sueño y la invención.


Especialista en los escenarios fantásticos, descritos en largas sentencias, estilo torrencial de cierta manera vocalizado, José Saramago explota casi siempre una perspectiva subversiva acerca de los eventos históricos y contra el orden establecido. A los temas polémicos, el día a día de la humanidad, con un lenguaje sencillo como el utilizado en sus libros “El año de la muerte de Ricardo Reis,” “La balsa de Piedra,” “Ensayo sobre la Ceguera,” “Ensayo sobre la Lucidez,” “El Viaje del Elefante” entre otras obras célebres, se suma el tema religioso. Y precisamente con su nuevo libro Caín trata de despojarle a la Biblia el carácter de abecedario sagrado, más aún cuando la mayoría, sin haberla leído, la acepta como palabra divina o la voz de Dios. Esta intención de desmitificación bíblica subsiste con ironía y humor a lo largo de la narrativa, tal si fuera un complemento necesario de la visión escéptica postulada en “Los evangelios según Jesucristo.”


Para el escritor lusitano desmitificar a la Biblia no constituye una tarea difícil. El ingenio en el manejo de la sátira cumple con creces la tarea impuesta, pues se comienza y se termina con una secuencia de descubrimientos de situaciones absurdas, donde la recurrencia a Dios a fin de explicar lo inexplicable resulta risible cuando desaparece la lógica del razonamiento elemental y se le reemplaza por el dogma con la finalidad de exponer la fantasía como realidad aceptable. La secuencia de descubrimientos, en cuyos relatos simples destaca lo absurdo y fantasmagórico, se aproxima a la concepción de lo “real maravilloso” perteneciente al escritor cubano Alejo Carpentier. La Biblia a fin de cuentas termina sin línea demarcatoria entre lo real y lo fantástico, en una atmósfera surrealista donde lo supernatural es de representación absolutista y no resulta divulgada como cuestionable.


En estos tiempos de mezcolanza sincrética entre lo pagano y lo religioso, cuando la Navidad ya no pertenece sólo a los cristianos sino se hizo universal y por ejemplo, en Norteamérica, es la más grande fiesta mercantil y comercial habida, con sus luces de colores, pintorescos árboles adornados de regalos, Santa Claus y trineos musicales, Caín ante el olvido de que esta fiesta se debe al nacimiento de Jesús y no a la parafernalia del consumismo desenfrenado, resulta un libro creyente mirando el nuevo mundo que se avecina. Ya tenemos también un avance en este camino con las difundidas novelas de Harry Potter, donde se destaca un mundo sin iglesias, sin cleros ni fe religiosa. La Biblia desmitificada parece ser la búsqueda de Saramago, más todavía cuando ridiculiza los textos asombrosos y los hechos extraordinarios, imbuidos de fantasía en su totalidad, presentados como sucesos concretos ocurridos en el tiempo y el espacio. Rechazo, en realidad, a la creación de un grupo de hombres de inventiva, cuyas versiones mágicas en la mayoría de sus aspectos sirven a un propósito: el ejercer dominio sobre los hombres no pensantes. Se valen de esta manera de los misterios de la existencia misma, rodeados de información elaborada con el fin primordial de impartir la dominación mental.


Saramago en Caín no explica su ateismo, se vale de él para tratar de explicarse irónicamente por qué la gran mayoría es creyente sin importarle el ridículo de aceptar absurdos extravagantes, además sin darse la oportunidad de explicarse lo desconocido. El escritor toma distancia punzante y mordaz respecto a la fantasía y lo mágico, puesto que lo supernatural bíblico no se explica sino se acepta por venir de Dios. De ahí que, el Nóbel de la literatura convierte a la Biblia, por segunda vez, en una especie de novela “mágico realista” escrita por muchos autores sin acuerdo entre ellos, una obra digna de los cuentos infantiles por la simpleza de sus inverosímiles argumentos.
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