La gente sabe lo que la tierra sabe,

Los números pares e impares de la tierra,

Y lo que el suave viento cálido del verano marchita

O el encresparse de la impetuosa ventisca blanca;

A ninguno de ellos se le detiene,

Ninguno dice otra cosa que:

“No estoy discutiendo. Te digo.”

El antiguo poblador del desierto estaba gris

Y entrecano de tanto ver el sol:

“Por mí no importa si llueve.

Yo he visto llover.

Pero me gustaría que alguna vez

Lloviera pronto.

Así mi hijo podrá verlo.

Él nunca ha visto llover.”

“Aquí en el desierto”,

Dijo la primera mujer que lo dijo:

“El primer año no crees

Lo que los demás te cuentan

Y el segundo año no crees

Lo que tú mismo te cuentas.”

“Yo te dejo, yo te dejo”,

Cantaba tejiendo la mujer de Sonora.

“Yo te dejo,

Eres para un tonto de Sonora.”

Y el tonto habló de ella,

Tomando vino la mencionó:

“Ella puede enseñar a bailar a un par de zancos.”

“¿Qué es el este? ¿Has estado alguna vez en el este?”

Preguntó la mujer de Nueva Jersey a la chiquilla,

La diminuta niña que crecía en Arizona, quien dijo:

“Sí, he estado en el este,

El este es donde los árboles se interponen

Entre tú y el cielo.”

Por qué –otra niña, en Cleveland, Ohio,

En Cuyahoga, Ohio, preguntó:

“¿Papá,

De qué es propaganda

La luna?”

Y el chico de Winnetka, Illinois, que quería saber:

“¿Hay un tren tan largo que no se puedan contar los vagones?

¿Hay un pizarrón tan largo que contenga todos los números?”

¿Y ese ateniense de cuyo pecho el año pasado

Una delegación colocó una medalla para decir al mundo

He aquí un poeta campeón de peso pesado?

De pie, sobre una goleta de dos palos,

Arrojó su medalla bien lejos en el seno del mar.

“¿Y por qué no?

¿Alguien ha dado alguna vez una medalla al océano?

¿Qué poeta iguala a la música del mar?

¿Y dónde está el símbolo del pueblo si no en el mar?”

“¿Falta mucho para la próxima ciudad?”,

Preguntó el viajero de Arkansas

Al que se le consoló diciéndole:

“Parece más lejos de lo que es

Pero ya verás que no.”

Seis pies y seis pulgadas medía Davy Tipton

Y tenía las proporciones

Del rey de los pilotos del Misisipí,

Llenaba casi la timonera

Y asía el timón con una carcajada:

“Los grandes ríos deben tener grandes hombres.”

En el último tramo de una pista de carreras

En el corazón del país del pasto azul,

En Lexington, Kentucky,

Esparcieron las cenizas de un hombre

Que así lo había ordenado en su testamento.

Amaba los caballos

Y quiso que su polvo se mezclara

Con los cascos voladores del último tramo.


Carl Sandburg,
EE.UU.

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