«Vale más canción humilde que sinfonía sin fe». J.C.
«Si no vives para servir, no sirves para vivir», este es el lema de: www.vosquedepalabrasvives.blogspot.com



Hace algunos años leí en un texto filosófico (creo que del francés Alain) la siguiente metáfora que definía al presente como “un reposo entre dos movimientos”, vale decir que nuestra existencia reposa entre esa acelerada acumulación de tiempo que va dejando de ser (el pasado), y esa otra vertiginosa vorágine de acontecimientos que nos imponen su existir fugaz (el futuro): ¿cómo hablar de un presente que, segundo tras segundo, ya es pasado? ¿Cómo hablar de un futuro que, por más lejano que lo ubiquemos, está condenado a ser pasado?


Estas reflexiones las hago leyendo el poema “Lo fatal” del gran nicaragüense Rubén Darío, que concluye con estos versos: “… y la carne que tienta con sus frescos racimos/ y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos./ Y no saber a dónde vamos/ ni de dónde venimos…” Dicen que la mayor tragedia del ser humano es el ser consciente de su temporalidad. De ahí que el mismo poema de Darío empiece así: “Dichoso el árbol que es apenas sensitivo/ y más la piedra dura porque ésa ya no siente,/ pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo/ ni mayor pesadumbre que la vida consciente.”


Hace pocos días leí la reflexión de un afro-descendiente respecto de esa incertidumbre de los orígenes: ¿quién fue el padre del padre de mi padre?, preguntaba. Y, claro, a los descendientes de africanos esa situación se nos convierte en absoluto desamparo, por las condiciones escalofriantes sufridas por nuestros ascendientes. No obstante hay que reconocer que esa perplejidad es común a todos. Los tatarabuelos (si no hasta los abuelos) a todos nos resultan ciertamente extraños. Por eso el poema de Darío continúa: “Ser y no saber nada y ser sin rumbo cierto,/ y el temor de haber sido y un futuro terror…/ Y el espanto seguro de estar mañana muerto,/ y sufrir por la vida y por la sombra y por/ lo que no conocemos y apenas sospechamos…”


Tal vez, este poema, en el contexto general de la obra del “liróforo celeste”, constituya uno de los hitos que marcan su ruptura con el modernismo formalista y hasta retórico que él mismo encumbrara con singular maestría, pero que sus epígonos o imitadores se encargaron de devaluar. Las princesas exóticas, los cisnes emblemáticos –pero también extraños– son suplantados por una visión más humanista o, si se quiere, más realista de la condición humana, en la que –realmente– no se sabe “a dónde vamos/ ni de dónde venimos”.
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