Mariátegui vs. Riva Agüero: una revisión necesaria I

El escritor Luis Loayza (LL, en adelante), es un narrador, crítico y ensayista peruano, cuya prosa ha sido relevada como una de las más cuidadas entre los miembros de la Generación del 50.1 Y aquí voy a comentar un artículo-crítico que dicho autor publicó sobre el libro 7 Ensayos de interpretación de la realidad peruana de José Carlos Mariátegui, para ver (según lo enuncia en su título) cómo es presentado Riva-Agüero en dicho libro2.

Pero antes hago un alto aquí para citar una vez más a Miguel Gutiérrez (MG, en adelante) sobre el mismo LL, y tener, así, datos más precisos suyos, pues no es muy conocido por el amplio público lector, salvo el especializado, y MG dice que:

«no es propiamente un escritor menor, sino un escritor que por convicciones estéticas y acaso por lucidez y honestidad intelectual eligió el tono menor para sus narraciones, pues su experiencia es básicamente cultural —sus finos y perspicaces ensayos constituyen hasta ahora lo más valioso de su obra (…) De modo que Loayza, con espíritu mesurado, con una controlada nostalgia y voz asordinada, y renunciando a empresas mayores y a grandes riesgos, y (sic)3 que en nuestra particular formación histórico-social supone explorar las formas de conciencia del torturado hombre peruano, elige el camino menor de la perfección formal y la limpieza y sobriedad del lenguaje, logrando en esta dirección producir —si exceptuamos Una piel de serpiente, una de las novelas más aburridas de la literatura peruana— textos de alta calidad, como los de El avaro y de cuentos como “La segunda juventud” o “La enredadera”.» (pp. 109-110).

Esta cita de MG —para mí, en este artículo— cumple una doble función. Primero, observar que incluye la obra de LL dentro de la literatura peruana (penúltima línea de la cita), y es una inclusión válida. Es lo mismo que hizo José Carlos Mariátegui (JCM, en adelante) en su séptimo ensayo para referirse no solo a Riva-Agüero (RA, en adelante) sino también a otros conspicuos representantes de lo que él llama el período colonial.4 Sin embargo (y esta es la otra función que le doy a la cita), hay una sutil diferencia —entre MG y JCM— en esa actitud que he llamado válida, y hasta se puede decir coherente y realista (dentro de un margen de tolerancia y anti-sectarismo). Esa diferencia está en el trato que JCM da a los autores de extracción popular, incluidos los de clase media (o, mejor, pequeña burguesía), que son los más en su ensayo, diferenciando a estos de los del período colonial (no porque este se refiera a autores de la colonia, sino a los herederos de la nostalgia hispánica, que no es lo mismo):

«Los pocos literatos vitales, en esta palúdica y clorótica teoría de cansinos y chafados retores, son los que de algún modo tradujeron al pueblo. La literatura peruana es una pesada e indigesta rapsodia de la literatura española, en todas las obras en que ignora al Perú viviente y verdadero. El ay indígena, la pirueta zamba, son las notas más animadas y veraces de esta literatura sin alas y sin vértebras. En la trama de las Tradiciones ¿no se descubre en seguida la hebra del chispeante y chismoso medio pelo limeño? Esta es una de las fuerzas vitales de la prosa del tradicionista. Melgar, desdeñado por los académicos, sobrevivirá a Althaus, a Pardo y a Salaverry, porque en sus yaravíes encontrará siempre el pueblo un vislumbre de su auténtica tradición sentimental y de su genuino pasado literario» (1980: 244).

En el caso de MG, se ve que destaca los valores formales de los autores ligados con el formalismo o esteticismo (como se aprecia en el caso de LL), pero que cuando trata a los del realismo (o poesía social de la generación del 50) los devalúa en su nivel formal.5 Y algo similar hace RA, al referirse a Mariano Melgar6, de quien dice que «Dedicóse a un género popular, nacional, al yaraví, y con él se ha vinculado su nombre. Además escribió en Arequipa, donde en su tiempo no había poeta alguno, bueno ni malo, y sí solo chabacanos copleros, indignos de aquel nombre» (1962: 78).7

A continuación voy a analizar algunas de las partes del artículo de LL y de su crítica al séptimo ensayo. En primer lugar, él dice que JCM centra su atención no solo en la figura de RA, sino además en la del movimiento literario-político por él fundado. Y es así que lo cita: «“El llamado futurismo, que no fue sino un neo-civilismo, está liquidado política y literariamente por la fuga, la abdicación y la dispersión de sus corifeos”», para, luego de afirmar que eso es lo que piensa JCM, decir que este «procede a atacar al movimiento en páginas que marcan una oposición profunda» (p. 58). Y es esta también una apreciación válida, pues JCM no le hace concesiones al criterio falaz que busca morigerar los contenidos reaccionarios de una obra apelando a su excelente construcción formal. Y con mayor razón si se trata de «atacar» a un movimiento político-literario de esa naturaleza, reaccionaria, aunque no a la índole personal de sus integrantes. Decía JCM, en la polémica con Luis Alberto Sánchez:

«el trabajo de propugnar ideas nuevas trae aparejado el de confrontarlas y oponerlas a las viejas, vale decir de polemizar con ellas para proclamar su caducidad, y su falencia. Cuando estudio, o ensayo estudiar, una cuestión o un tema nacional, polemizo necesariamente con el ideario o el fraseario de las pasadas generaciones. No por el gusto de polemizar sino porque considero, como es lógico, cada cuestión y cada tema conforme a distintos principios, lo que me conduce por fuerza a conclusiones diferentes, evitándome  el riesgo de resultar, en el debate de mi tiempo, renovador por la etiqueta y conservador por el contenido. Mi actitud sólita es la actitud polémica, aunque polemice poco con los individuos y mucho con las ideas». (1969: 219).8

Ahora bien, LL, después de la presentación expuesta, hace el siguiente comentario:

«Aparte de que las conclusiones sean o no exactas, el análisis que lleva a ellas es apresurado y superficial. No es solamente que en un ensayo sobre literatura Mariátegui se limite casi siempre a las ideas políticas de los autores que estudia y (con excepción del Carácter…) apenas haga referencia a los libros que han publicado. Esto ya es curioso, y todavía más que, en los 7 ensayos.., todos los escritores del grupo queden reducidos a Riva Agüero. “El pensamiento de la generación futurista es, por otra parte, el de Riva Agüero”. ¿Por qué?» (op. cit.: 59).

Hay algunas observaciones que hacer a esta cita. Se ve, en primer lugar, que LL mantiene en el limbo las conclusiones de JCM (pues deja en suspenso la demostración de su exactitud o inexactitud), y enseguida pasa a cuestionar el trato que le da a RA; pero es de suponer que su juicio no solo remite a este autor sino que lo hace extensivo a todos los incluidos en el séptimo ensayo (como veré más adelante). Y su principal cuestionamiento es que en dicho ensayo ‘el análisis que lo lleva a dichas conclusiones’ «es apresurado y superficial». Es decir que aunque sean exactas las conclusiones no hay ninguna alternativa para que se libren de ser ‘apresuradas y superficiales’ (¿qué tipo de exactitud sería esa?)

Y, como ya adelanté, aquí digo que se refiere a todos los autores tratados en el ensayo, pues al pretender explicar el porqué de dicha superficialidad y apresuramiento, dice: «No es solamente que en un ensayo sobre literatura Mariátegui se limite casi siempre a las ideas políticas de los autores que estudia». Loayza está, pues, cuestionando a todo el ensayo, pero lo hace sin precisar a qué otros autores se refiere (aparte de RA) para decir que JCM no estudia lo literario de sus obras sino solo sus ideas políticas, y que además lo hace de manera superficial y apresurada.

O sea que para LL en un ensayo sobre literatura se debe tratar solo de literatura sin referirse a las ideas políticas de los autores de que trata, a pesar de que él mismo reconoce que esto no lo hace siempre sino casi siempre. Sin embargo, de esta atingencia de Loayza se desprende que él está oponiendo al análisis «político» de JCM su análisis exclusivamente literario. Y es un desliz erróneo del crítico, pues este no debe decirle al autor criticado cómo ha debido hacer su trabajo. Como dice el refrán popular: «Cada quien corta su palo y sabe cómo lo carga». Y, por tanto, LL no debería darse por sorprendido, pues él ha tenido que leer la premisa sobre la que JCM apoya su estudio. Premisa que dice:

«Declaro, sin escrúpulo, que traigo a la exégesis literaria todas mis pasiones e ideas políticas». [Y, para mayor atención del lector, agrega] «Pero esto no quiere decir que considere al fenómeno literario o artístico desde puntos de vista extraestéticos, sino que mi concepción estética se unimisma, en la intimidad de mi conciencia, con mis concepciones, morales, políticas y religiosas» (1980: 231).

Y lo interesante es que —como si JCM se adelantara a sus futuros críticos— más delante de su ensayo escribe:

«Para una interpretación profunda del espíritu de una literatura, la mera erudición literaria no es suficiente. Sirven más la sensibilidad política y la clarividencia histórica. El crítico profesional considera la literatura en sí misma [Loayza]. No percibe sus relaciones con la política, la economía, la vida en su totalidad» (p. 247).

Y lo más sorprendente del caso es que LL, al recusar esa relación arte/política, ha debido incluir al mismo RA, pues este pensaba de manera más o menos similar:

«Al equilibrio político y general se subordinan el filosófico, y el artístico y literario, sea que lo reflejen al mismo tiempo o en instante algo posterior, como de ordinario ocurre, sea que lo precedan preparándolo» (1944: 145).9

El crítico que censure a un autor, de quien está adelantando cuál es su método de análisis, resulta desfasado si considera a este de «apresurado y superficial», pues lo que, en el fondo, está haciendo es presumir que su método de análisis es mejor que el que censura, y que el autor al que está criticando se equivocó en ese sentido.10  Pero lo más curioso de este proceder de Loayza es que, casi al final del ensayo, reconoce que el libro de RA tomado en cuenta por JCM, no puede ser tratado de manera distinta, pues dice que

«Tiene razón Mariátegui cuando afirma que, a pesar de su tema, el Carácter… no es tan sólo una obra de historia o de crítica literaria. Riva Agüero, como el propio Mariátegui, no se interesa mucho por la literatura en sí misma y prefiere estudiarla dentro de un marco más amplio, que es social y político» (p. 66).

Y, más adelante, agrega: «En suma, aunque figuran en un ensayo sobre literatura, las páginas de Riva Agüero no son un ensayo de crítica literaria sino un panfleto político» (p. 70). Después de este «reconocimiento», en realidad, la censura que LL le hizo, al comienzo de su artículo, al análisis de JCM, como que queda desautorizado o, para decirlo con expresión popular, sale sobrando.

Pero lo que resulta más contradictorio es que si antes ha reconocido que JCM realiza esa crítica política «casi siempre», ‘haciendo apenas referencia a los libros que han publicado los autores’; sin embargo, agrega que esto lo hace, sí, «con excepción del Carácter…», es decir que, en el caso de RA (o sea: de su defendido) JCM sí se refiere a su libro Carácter de la literatura del Perú independiente. Claro que eso lo dice para poder agregar que ‘siendo eso curioso, lo es más el hecho de que subsuma a la imagen de RA la de todo su grupo’, y cita a JCM: «El pensamiento de la generación futurista es, por otra parte, el de Riva Agüero». Pero hasta en esto se confunde LL, pues a continuación menciona a algunos autores del grupo aludido, para demostrar que el análisis de JCM es «apresurado y superficial», y dice:

«En lo literario, justamente, Riva Agüero fue una figura aislada en su propia generación, aunque no fuera sino por su temprana oposición al modernismo que varios de sus compañeros —Ventura García Calderón, José Gálvez, Luis Fernán Cisneros— habían acogido con entusiasmo» (Ibíd.)

Y, una vez más, LL quiere imponer su criterio esteticista de que no se debe mezclar lo literario con la política o la ideología. A esta JCM la llama pensamiento. Y es a ese pensamiento que se ha referido JCM. Que por supuesto tiene que ver con lo literario. Aunque en este —de manera particular— no exista absoluto acuerdo entre todos los miembros del grupo que sí tienen el mismo pensamiento político. Y, por otro lado, la diferencia que pretende hacer Loayza en relación con el modernismo es que este fue rechazado por RA y aceptado por sus pares políticos; pero se abstiene de precisar que esa «diferencia» no los enemista en el fondo. Porque en materia de arte literario, RA era mucho más conservador que ellos. Pero, en conjunto, todos estaban unidos por su adhesión a la literatura clásica en contra del barroco. Con la salvedad de que el conservadurismo de RA lo llevó a rechazar los tímidos alejamientos formales del modernismo respecto del clasicismo, mas no porque lo rechazase del todo en el fondo. (Estas observaciones al artículo de LL continuará en números sucesivos).

Notas

1 Ver: Miguel Gutiérrez (1988). La generación del 50. Lima: Ediciones Sétimo Ensayo. En la p. 88 de este libro se lee que la «labor teórica y crítica, ha sido fructífera, y hoy Ribeyro, Loayza y Vargas Llosa, aparte de excelentes narradores, son ensayistas lúcidos y sugestivos».

2 Luis Loayza, «Riva-Agüero en los 7 ensayos». En: Hueso Humero N° 2, Lima: abril / junio, 1979.

3 Este signo indica que la «y» y la coma que la precede están colocadas erróneamente; lo correcto debió ser: ‘… y renunciando a empresas mayores y a grandes riesgos que, en nuestra particular formación histórico-social, suponen explorar…’.

4 José Carlos Mariátegui (1980). 7 Ensayos de interpretación de la realidad peruana. Lima: Amauta.

5 Para una visión más precisa de esto Cf. Julio Carmona (2016). Poética y política. Análisis a Confesiones de Tamara Fiol. California: Windmills Editions. En especial Capítulo III. Al final del artículo incluyo un anexo con la parte de este libro en la que demuestro lo aquí aseverado.

6 Este autor será el tema del segundo artículo que preparo como continuación del presente.

7 José de la Riva-Agüero (1962). Carácter de la literatura del Perú independiente. Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú.

8 José Carlos Mariátegui (1969). Ideología y política. Lima: Amauta. La frase del Amauta «renovador por la etiqueta y conservador por el contenido» hace recordar a esta otra de Mao Tse Tung al referirse a los trotskistas: «proletarios en política y burgueses en arte».

9 José de la Riva-Agüero (1944). Estudios sobre literatura francesa. Lima: Lumen.

10 Aquí quiero recordar una observación que hace Jorge Luis Borges, refiriéndose a su personaje Pierre Menard, dice de él que declaraba lo siguiente: «… censurar y alabar son operaciones sentimentales que nada tiene que ver con la crítica» (2015. «Pierre Menard, autor del Quijote», en: Cuentos completos. Lima: Penguin Random House Grupo Editorial, p. 110).

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