Si de procedencias se trata…

SOY DEL CALLAO, DEL ANDE Y DE LA LITERATURA


El 1er. Encuentro de Narradores Chalacos en 1996 lo hizo María Villa Gámez, mi esposa, quien desde que pisó el Callao le encontró similitudes con su natal puerto de La Habana. Hay toda una legión de narradores nacidos en el Callao. Otra cosa es que se dediquen a retratar su contexto o lo eludan en su literatura. Los porteños sufrimos de una patología peculiar que consiste en estar partiendo o llegando siempre. Somos ciudadanos del mundo y cada quien escoge cómo pela sus habas.


(Ya no hubo un segundo encuentro. Pocos años después, llegó desde el diario El Popular al Callao el pequeño Jorge Luis Roncal para hacer el Encuentro Manuel Baquerizo. Y a los chalacos, no nos invitó. ¿Cómo reaccionaría Avendaño o Nieto si hacen un encuentro de escritores en el Cuzco y no los invitan?)


En el encuentro de escritores en Huanchaco (octubre 2007) me encontré con un estudiante de Literatura nacido en Valparaíso, Chile, quien se paseaba por los puertos del Perú buscando la común identidad entre porteños de Ilo, Chimbote, Paita y el Callao. Este chileno halló más de lo que buscaba, por lo menos se explicó por qué los porteños hablamos más rápido y confundimos a los foráneos: eso también sucede en Chile.


Le pasé una chiquita al chileno. Pregunta N° 1: ¿Qué narrador extranjero ha contado mejor una pelea a cuchillo entre un chalaco y un limeño?… No sabía… Era Herman Melville, en Moby Dick. Pregunta N° 2: ¿Qué narrador ha descrito mejor la vida del puerto del Callao?… Volvió a perder el chileno… El limeñazo José Diez Canseco, en su célebre cuento El Gaviota. Y si de peleas con chaveta se trata, existe un cuento titulado Cara Mujer, en el libro Otorongo, de Dante Castro. En nada se parece al tormentoso e inverosímil cuento de Vargas Llosa: El desafío. Ese nene era palomilla de ventana, pues. No ha visto a nadie morir a cuchilladas, pues. Hace tres semanas murió mi amigo y condiscípulo Pocho Rayser, asesinado de una puñalada en La Punta. Salió en todos los noticieros. Lo lloramos sus compañeros cuando lo sepultaban en el antiguo cementerio británico del Callao.


Y éstos ya son usos anacrónicos en el Primer Puerto, pues aquí manda el plomo desde que cumples los catorce años. El cuchillo ya es para la cana; no hay por qué ser atorrantes: en la calle se cumple con la ley del tubo. Pregúntennos a los que chalequeamos en Construcción Civil qué es un batacazo a la obra ajena. ¿No leen periódicos? Ahora estoy escribiendo la balacera del barrio San Juan Bautista, del año pasado. Cuando haya una en Puerto Nuevo o en Chacaritas, les paso la voz a los literatos, para que vengan y se ganen con el asunto. Vivirlo para contarlo, de otro modo terminas como Alonso Cueto, Iván Thais, Roncagliolo, etc., narrando lo que no sabes.

El Callao es tierra de gente notable, como Ángela Ramos, Alberto Flores Galindo, José Ferrando Mora, Julio César Mezzich, Alfonso de Silva, Víctor Polay Campos, Alberto Secada, Alejandro Granda, Eduardo Márquez Talledo, Manuel Raygada, Rómulo Varillas, etc. Eso hace el fósforo de la dieta de pescado con el yodo del aire marino: te cría inteligente y puedes resultar genial, como los grandes asaltantes de bancos, que han sido y son chalacos.


Ángela Ramos ha descrito muy bien la pasión que albergaba por los hombres de su tierra. Y si lo dice una mujer de armas tomar, como ella, tiene que ser cierto. Lean su letrilla ingeniosa a los chalacos:


Mamita, se sale el mar

y se vienen los chalacos

las ocho nos van a dar

va a haber sustos y atracos

Chalacos los del Chim Pum

chalacos de la Mar Brava

el corazón me hace ¡pum!

y la lengua se me traba.

No quiero un esquelético

mariposón, currutaco;

yo quiero un muchacho atlético

del Atlético Chalaco.

(…)

Alegre, atropellador,

buscapleito, jaranero,

celoso y engañador

¡un chalaco así yo quiero!


Ahora sí, vamos a ver si se pone orden en el corral literario… Éstas son mis apreciaciones:


PRIMERO: ¿Quién ha dicho que Cueto, Thais, Ampuero, Roncagliolo, son criollos?… ¿Qué entienden por «criollo»?… El día en que un pituco (vg.- extranjero en su propio país) sea «criollo», tendrán que demostrarme la cuadratura del círculo.Sería como encontrar elementos de identidad entre Felipe Pinglo y Fernando Ampuero.


SEGUNDO: Cada narrador elige el universo que va a narrar. Dicen que algunas veces es ése universo el que lo elige a uno. Prefiero quedarme con mi libertad de elegir, porque esa facultad sí la conozco, no las razones metafísicas que animan a las cosas y a los objetos sobre los hombres. Aceptando que existe la libre elección, entiendo que haya tanto serrano alienado e inclinado a servir a quienes tienen las riendas de la cultura occidental, renunciando a narrar su propio contexto, cosa a la cual nadie está obligado. OJO: dije que nadie está obligado, ¿bien?… La traición o la consecuencia también son de libre elección.


TERCERO: Justamente en Madrid 2005, en plena polémica con los hijos putativos de Vargas Llosa, los «andinos de nacimiento» hicieron mutis. Así les mandaran que se pusieran las polleras de Dina Páucar o les dijeran «envidiosos» y «resentidos», callaron en todos los idiomas, incluyendo el quechua que muchos de ellos (la mayoría) no conocen. Uno que sí sabe el Runa Simi y que no se apareció en el Encuentro de Madrid, quiso que se unieran aquí en Lima la pachamanca (andinos) y el cebiche (criollos). Cazurro el andino, cuándo no, tratando de enlazar, casar, matrimoniar a los opuestos. «Transar con el enemigo», se llama eso adonde me crié. Le escribí diciéndole que lo que digieren esos estómagos es comida chatarra, igualito que en EEUU, mas no cebiche. Sus novelas no se parecen al cebiche, ni a la parihuela ni al sudado, ni a la jalea, sino a las hamburguesas Mac Donald, a las Pizza Hut o al grasiento Kentucky Fried Chicken.


CUARTO: Si uno elige lo que quiere narrar y es hábil para asimilarse al universo elegido, puede volverse parte funcional de él. Así aconteció con Enrique López Albújar y Manuel Scorza, narradores andinos nacidos fuera del Ande, criados lejos de la cordillera, pero con una verosimilitud sin precedentes para narrar el universo del otro. Vivir algo para luego narrarlo. Ésa fue su elección.


QUINTO: Andinos hay de cal y de arena, tal como sucede entre criollos y hasta entre los pitucos (que no son criollos ni de vainas). Hay andinos irreductibles de la estirpe de Túpac Amaru, Juan Santos Atahualpa, etc. Pero los hay también de la cría de Felipillo o de Pumacahua. (Lean el cuento AGUA del maestro Arguedas, por favor… Saquen conclusiones de ahí, por favor… No contesten sin leerlo, por favor…) Ahora, un andino irreductible y rebelde, Washington Córdova, se ha dedicado a publicar nuestra literatura en el Runa Simi, en edición bilingüe. Miles de ejemplares se publicarán para el plan lector de colegios en zonas quechua hablantes o bilingües, principalmente Ayacucho, Apurimac, Huancavelica. Y cuando veo una obra mía traducida a la lengua quechua, me siento el escritor más felíz del Callao. Ayer por la tarde recibí el primer ejemplar y creo que después de esa emoción puedo ignorar a los criticones que contaminan el ambiente literario con provocaciones cobardes.


SEXTO: Me interesa más la posición de clase por la cual opta el narrador, antes de ver de qué color son sus ojos o su piel, o si nació en el campo o en la calle, o si narra como andino siendo chalaco o si narra como limeño siendo andino. Las clases sociales existen y no son creatura de los marxistas ni una ilusión óptica. Julio César Mezzich era del exclusivo balneario chalaco de La Punta, egresó del Colegio Inmaculada, ingresó a la Cayetano Heredia, pero optó por volverse campesino quechua hablante y después guerrillero. En 1979 lo vi en la comunidad de Ondores, como vicepresidente de la Confederación Campesina del Perú: era un indio. Diez años después se hablaba de su desaparición física. ¿Alguien puede cuestionar su consecuencia?


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