«Si no vives para servir, no sirves para vivir»
es el lema de los blogs de Julio Carmona
(editados con la colaboración de Juan Víctor Alfaro):
http://www.vosquedepalabrasvives.blogspot.com/
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Cierto: el amor como el mar
no tiene puertas; sí, puertos:
y ambos nos han de mojar,
por supuesto: antes de muertos.

Se admite como una certeza que los animales son puro instinto, a diferencia del hombre, llamado con soberbia, el “Rey de la Creación”. Sin embargo, tanto los animales como los hombres tienen instintos. ¿Será el instinto sexual común a ambas especies?

A la atracción sexual, cuando se trata de las personas, se le suele llamar “amor a primera vista” y se le explica por existir “química”. Es un tropismo animal; o sea, la respuesta inmediata a un estímulo. La atracción sexual es biológica y, a la vez, misteriosa.

El instinto no es adquirido, es innato y ciego; sin embargo, existen hombres o mujeres asexuados como también, en el otro extremo, hombres o mujeres adictos al sexo.

A las mujeres adictas al sexo, en una sociedad androcrática, las estigmatizan llamándolas “perritas” por tener relaciones sexuales con una frecuencia desbordante y sin discriminación de pareja ocasional.

Ese término peyorativo de “perritas” es una generalización ingenua, pues, todas las perritas no tienen igual caracterización. Es el caso de “Canela”, la perrita Cocker spanish de mi amiga Florencia.

“Canela” llegó a la vida Florencia en un momento crucial. Sus hijos vivían en el extranjero y a su marido se le había presentado una enfermedad que lo llenó de temores y le produjo impotencia sexual. Ella tenía 50 años y conservaba ardoroso vigor sexual que lo reprimía por sus rígidos principios morales y no por ausencia de pretendientes, pues, conservaba sus formas apetitosas. La represión sexual le ocasionó una neurosis, ya que no tenía alguna vocación para sublimar sus pulsaciones sexuales. A ella únicamente le gustaba el oficio de mamá y de esposa.

En tales circunstancias, una amiga íntima e inteligente le obsequió una perrita bebé. De esa manera llegó providencialmente “Canelita” a la casa de Florencia y le cambió la vida.

La adoptó como si fuera su hija y se consagró a educarla con esmero y era muy cariñosa con “Canelita”. Invitaba a sus amistades para celebrar cada cumpleaños de “Canela” y hablaba de las virtudes “humanas” de “Canela” en toda la reunión que algunas veces aburría por lo monotemática. A “Canelita” la sentaba a la mesa en su silla de bebe y la había amaestrado de tal forma que le había enseñado a responder a su pregunta: ¿Quién soy yo? Con un ladrido que parecía que decía: ¡¡Guá, Guá!! ¡¡Guá, guá!! Ese momento era estelar, Florencia llegaba al climax emocional. Ella escuchaba que le decía MAMÁ. Los concurrentes aplaudíamos. Esa escena se convirtió en un ritual en cada cumpleaños de “Canelita”.

Cuando visitaba la casa de Florencia, conocí a “Canelita”, aún era cachorrita y traviesa, me gustaba jugar con ella. La ponía boca arriba y le hacía cosquillas en su barriguita y ella trataba de morderme coquetonamente y desasirse de mí con sus patitas traseras. Entendía que estábamos jugando. Florencia nunca la llevó a esos lugares llamados… para que la bañen, le corten las uñas, y la acicalen. Ella lo hacía como un deber maternal y lo hacía bien. Nunca dejó que “Canelita” jugaras con los perros del barrio. Canela nunca salió de su espaciosa casa.

Pasó el tiempo “Canelita” se fue desarrollando y Florencia y quería tener “nietos”. “Canelita” era de pelambre color canela y lustrosa, pulcramente presentable y “educada”, es decir, “humanizada”. No molestaba a las visitas. Era la primera e ir a la puerta cuando tocaban el timbre y luego de olfatear al visitante, se retiraba a sentarse con elegancia a uno de los mejores muebles de la sala que había sido designado exclusivamente para ella. Canelita no elegía a los pretendientes para darle un “nieto” a Florencia, sino era Florencia quien, previo estudio del currículum de cada uno, los elegía.

Pero, “Canela” se rehusaba a sostener relaciones sexuales con ellos. Por más venusterio que Florencia le hacía en su casa no debutaba en la actividad sexual. Florencia estaba triste y hasta dudó de la identidad sexual de “Canela”. Hasta que un día se enteró con horror que “Canela” era bien mujercita.

Una mañana, al salir al jardín de su casa entró en pánico cuando vio a “Canela” apareándose con el perro “chusco” del guachimán del frente a través de la reja. “Canelita” le había facilitado el acoplamiento al perro callejero. Intentó lo que nunca debe hacerse, interrumpir una relación sexual ya empezada, les arrojó agua; pero, ellos estaban en otro mundo y concluyeron su relación sexual.

Florencia, pálida de cólera le increpó al guachimán por no haber sujetado a su perro para evitar la “desgracia” que había ocurrido. El guachimán aceptó pasivamente las injurias de Florencia y se dirigió a su perro, que luego del acto sexual se refugió a los pies de su amo, y le dijo:

«Eso te pasa por meterte con aristócratas».

Dígame, usted lector: ¿Existe el instinto sexual? ¡¡¡Y si no hay que abolir a las clases sociales!!!

Antonio Rengifo Balarezo

03/05/2011 9:00

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