«Si no vives para servir, no sirves para vivir»
es el lema de los blogs de Julio Carmona
(editados con la colaboración de Juan Víctor Alfaro):
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2011: AÑO DEL PRIMER CENTENARIO DE VIDA DEL AMAUTA JOSÉ MARÍA ARGUEDAS

CUIDADO CON LA MARCA PERU

El 5 de junio los peruanos elegiremos en segunda vuelta a quien deberá ser presidente de la República en los próximos cinco años.

Solo podemos elegir ahora entre la señora Keiko Fujimori y el señor Ollanta Humala.

Lo primero que debemos preguntarnos es qué significa ser presidente de la República.

El presidente de la República personifica a la nación, es la cara del Perú ante el mundo.

El presidente orienta la política general del gobierno, pero eso lo hace con un numeroso equipo de ministros, viceministros, asesores y con otros poderes.

¿Le conviene ahora al Perú que la señora Keiko Fujimori personifique a la nación y oriente su próximo gobierno? ¿Le conviene tener un presidente como el señor Ollanta Humala?

Empecemos por la señora Keiko Fujimori.

Ella basa su éxito político en el gobierno de su padre, de manera que es imposible evitar referirse a ese gobierno. Hace menos de dos meses dijo a quienes la aclamaban por su pase a la segunda vuelta que el gobierno de su padre había sido el mejor gobierno de la historia del Perú.

Recapitulemos.

Su padre, Alberto Fujimori Fujimori, un peruano hijo de abnegados inmigrantes japoneses, era un profesor universitario que llegó a ser rector, luego se metió en política y logró ser elegido presidente de la República en 1990.

Recién elegido dio una viraje de 180 grados, se apoderó del plan de gobierno de su adversario, el entonces candidato Mario Vargas Llosa, lo aplicó en buena parte y al principio lo hizo bastante bien: enderezó las finanzas públicas que el gobierno de Alan García había dejado en la peor de las ruinas y dio la estocada final al terrorismo que el Estado venía enfrentando con desiguales resultados desde 1980.

El problema es que desde que empezó su gobierno y para limpiar sus pecados tributarios Alberto Fujimori se consiguió un brazo derecho que era un capitán dado de baja por traición a la patria, un abogado y socio de narcotraficantes que carecía por completo de escrúpulos: Vladimiro Montesinos Torres.

En 1992 Fujimori y Montesinos dieron un golpe de Estado y concentraron el poder. Aprovechando el apoyo de muchos peruanos aterrados y hartos de la espantosa crisis vivida en los años ochenta, convocaron un congreso constituyente adicto que cambió la constitución para permitirles seguir en el gobierno. Fujimori fue reelegido presidente en 1995 y Montesinos acrecentó su poder.

¿Tuvo el segundo gobierno algunos aciertos, hizo obras?

Sin duda, pero las obras y aciertos quedaron sepultados bajo una montaña de podredumbre que no dejaba de crecer.

El propio Montesinos les dijo muy orondo a los parlamentarios adictos al régimen: tenemos el control del poder judicial y del ministerio público, hemos acabado con el tribunal constitucional. Tenían también al congreso convertido en un apéndice de los dictados del dúo y a los canales de televisión en un coro de adulones y encubridores de todas sus tropelías.

Luego decidieron quedarse en el poder otros cinco años más y con toda clase de trampas y colusiones delictivas lograron imponerse de nuevo.

Fujimori fue reelegido el año 2000 y Montesinos hizo que todos los mandos militares le juraran lealtad personal.

El problema es que no solo les encantaba el poder sino que llevaban años dedicados a robar compulsivamente. Del robo participaron muchos otros generales y civiles, empezando por el cuñado de Fujimori, Víctor Aritomi, que fue embajador en Japón durante todo su gobierno. Con la plata del robo los hijos de Alberto Fujimori, con Keiko a la cabeza, estudiaron en Estados Unidos y el dúo inseparable hizo muchas de las cosas que se pueden hacer cuando se tiene mucha plata.

Ahora bien, ¿Alberto Fujimori fue el único presidente ladrón del Perú?

La verdad es que no. Sin remontarnos mucho en la historia de nuestro país, recordemos que en su primer gobierno Alan García se enriqueció de mala manera y que en su segundo probablemente también ha hecho algo similar, aunque no hay de momento pruebas.

Pero, al menos hasta donde se ha podido probar, nadie robó tanto en la historia del Perú como el dúo Fujimori – Montesinos y sus cómplices. Se calcula que se llevaron unos seis mil millones de dólares. Fujimori tiene el triste privilegio de figurar entre los diez gobernantes más corruptos de los tiempos actuales.

Y eso no fue todo.

El dúo Fujimori Montesinos organizó un grupo criminal para combatir al terrorismo y el grupo cometió con su consentimiento crímenes horrendos y absolutamente injustificados.

Implementaron un programa de esterilización forzada que afectó al menos a dos mil mujeres y llevó a la muerte a varias. La meta presidencial era esterilizar 150 mil mujeres al año.

Se dedicaron a amedrentar y acosar a sus opositores, a corromper a buena parte de la prensa, a comprar y extorsionar a políticos, magistrados, empresarios y una larga lista de personajes que desfilaban por las oficinas de Montesinos en el recordado Servicio de Inteligencia Nacional, donde Alberto Fujimori hasta había llegado a vivir con sus hijos.

Ahora bien, ¿Alberto Fujimori fue el único presidente responsable directo de crímenes de Estado y de violaciones de derechos humanos en el Perú?

La verdad es que tampoco. Sin remontarnos mucho en la historia de nuestro país, recordemos que el segundo gobierno de Fernando Belaúnde fue responsable de graves violaciones de derechos humanos (aunque el arquitecto no fuera responsable directo de ningún crimen) y que el primer gobierno de Alan García hizo también atrocidades en la materia.

Pero eso no fue todo.

Para no remontarnos mucho en la historia nacional, Fujimori fue el único presidente del Perú moderno que hizo cambiar y ajustar la constitución a su medida para quedarse quince años en el gobierno y que tuvo que irse porque la putrefacción de su régimen se volvió un escándalo mundial con la aparición de los vladivideos y las cuentas escandalosas de sus allegados.

Fujimori fue el único presidente que se fue del Perú en un viaje oficial y que desde el Japón, país del que resultó que también era ciudadano, renunció por fax al más honroso cargo público al que pueden aspirar los peruanos. (Su socio y cómplice Montesinos huyó en un yate privado rumbo a Panamá y pasó luego a la Venezuela de Hugo Chávez).

Fujimori es el único ex presidente del Perú que aceptó luego ser candidato al senado de su otra patria, el Japón, con lo cual nos dijo a los peruanos: miren señores, me zurro en ustedes y en el cargo que les pedí que me confiaran, ahora voy a ser senador de la dieta japonesa.

Pero los japoneses, claro, con un sentido más honorable de estas cosas, no lo eligieron y Fujimori decidió volver al Perú para hacer de las suyas y fue a refugiarse a Chile (nada menos que a Chile, cuando el Perú tenía problemas delicados con un vecino con el que, por supuesto, debe llevarse muy bien pero sin hacer semejantes papelones).

Fujimori terminó donde debe estar: en la cárcel. Un cárcel dorada, pero cárcel al fin (al menos por ahora). Montesinos también terminó donde debe estar: en la cárcel.

¿Qué tiene que ver todo esto con la señora Keiko Fujimori?

Es cierto que al principio era solo una inocente chiquilla que veía las disputas cada vez más agrias de sus padres (su mamá fue la primera en denunciar la corrupción de sus cuñadas Fujimori) y que solo tenía dieciséis años cuando su papá dio el golpe de Estados en 1992.

Pero luego, como todas o casi todas las personas, creció y maduró y entonces aceptó en el segundo gobierno ser la primera dama. Y como también le encantó el cargo y el poder siguió así en la siguiente reelección.

Keiko Fujimori fue cómplice de su padre en los años más sórdidos y siniestros de su segundo gobierno y en los delirantes meses de su tercer gobierno.

Y de eso es testigo el mundo entero.

Ahora ella sostiene que le dijo a su papá, a mediados del año dos mil, que se deshiciera de Montesinos, cuando las autoridades estadounidenses le habían aconsejado sacarlo del poder. Pero eso era como pedirle a su papá que se cortara el brazo derecho y, por supuesto su papá, no le hizo o no le pudo hacer caso hasta que el escándalo le reventó en la cara y el brazo derecho se le cayó solo, podrido.

Dice ella ahora que no estuvo de acuerdo con la segunda reelección pero bien que siguió haciendo de primera dama en esos ya patéticos meses finales de la podredumbre terminal del régimen.

A pesar de su amable sonrisa y de su aplomo al hacer afirmaciones como “tendré una actitud frontal contra la corrupción” o “tengo un solo programa y un solo discurso”, es evidente que al Perú no le conviene que Keiko Fujimori sea la próxima presidenta de la República porque haríamos el ridículo ante el mundo y ante nosotros mismos.

Ahora bien, ¿tiene Keiko Fujimori el derecho de querer salvar el honor de su apellido?

Sin duda, tiene todo el derecho de hacerlo pero no a costa del honor del Perú ni de hacer quedar al Perú en ridículo ante los ojos del mundo y de sí mismo.

Si la señora Keiko Fujimori amara de verdad al Perú no nos expondría a este papelón internacional del que ya da cuenta la prensa de los países más importantes.

Podría, por ejemplo, pedirle a su padre que devuelva algunos de los cientos de millones de dólares que tiene ocultos en el Asia y dedicarse a financiar orfelinatos u hospitales o escuelas en el Perú, pero no pretender personificar a la nación cuando su padre está preso por criminal y debería estarlo por haber sido un ladrón cuando ella era su primera dama.

Por lo demás, la señora Keiko Fujimori nunca ha sobresalido especialmente en nada y el equipo de colaboradores que exhibe ahora por calles y plazas tampoco es particularmente notable o brillante y todos fueron cómplices o colaboradores de su padre. Ha traído como gran figura intelectual a Hernando de Soto, un astuto y acomodaticio personaje cuyo genio es al parecer como el color de su pelo y de su barba: falso, teñido.

¿Podría pasar esto en el Japón o en un país que se tenga un poco de amor propio?

¿No hay entre casi treinta millones de peruanos personas honestas y más capaces para representarlo ante el mundo?

El Perú milenario de los sabios agrícolas que fundaron una de los cinco primeras civilizaciones originarias de la humanidad, el Perú de Caral y de Sipán, de Machu Picchu y de Kuélap, de Pachacútec y de Huayna Cápac, del más grande virreinato de América del Sur, el Perú del Inca Garcilaso y de Guamán Poma, de Diego Quispe Tito, Santa Rosa y San Martín de Porres, de Túpac Amaru, Viscardo y Juan Santos Atahualpa, el Perú de Ricardo Palma y Cayetano Heredia, de Grau y Bolognesi, de Víctor Andrés Belaúnde, Riva Agüero, Mariátegui y Haya de la Torre, el Perú de Vallejo y de Basadre, de Bustamante y Rivero y Antúnez de Mayolo, de Martín Chambi y José María Arguedas, de Chabuca Granda, Imac Sumac, Blanca Varela y Tilsa Tsuchiya, el Perú de los millones de campesinos, obreros, artesanos, amautas, artistas, profesionales, empresarios y trabajadores de todas las sangres que a lo largo de los siglos y contra tantas dificultades han ido construyendo su grandeza, no podría estar ahora tan mal representado (y eso que muchas veces no ha estado ni está ahora muy bien representado que digamos).

Si ese es el caso de la señora Fujimori, veamos el caso del señor Humala.

Ollanta Humala es un comandante retirado del ejército peruano que después de haber enarbolado un discurso radical y prochavista hace cinco años dice ahora estar identificado con la democracia y querer trabajar de una manera moderna y eficiente por el bien del Perú.

Se le acusa de haber secuestrado y matado a algunas personas cuando era un joven oficial a cargo de una base antisubversiva en la selva. Ha sido juzgado y absuelto por el poder judicial y no se le han formalizado nuevos cargos, a pesar del cuantioso dinero que corre para demoler su figura.

Se le achaca también haber hecho unas declaraciones radiales apoyando desde Seúl, Corea del Sur, donde cumplía funciones como agregado militar, la asonada pseudo golpista y criminal que su hermano Antauro Humala, un oficial desequilibrado, organizó en Andahuaylas el 1 de enero de 2005.

Es verdad que además de conspirador, Antauro Humala, hoy justamente preso, fue editor de un pasquín racista y bastante necio llamado “Ollanta” que circulaba por esos años.

Pero Ollanta Humala ha dicho que no tenía nada que ver con la organización de la asonada ni con el pasquín y es de conocimiento público que en su familia, muy politizada por la trayectoria de su padre, un antiguo izquierdista inclinado más tarde a afiebradas posturas étnicas, hay posiciones políticas diferentes y encontradas.

Ollanta Humala lideró también un discreto levantamiento militar contra el fujimorismo en los días finales del pútrido régimen, levantamiento que Montesinos, por favorecer a la hija de su socio, ha dicho que fue orquestado por él para ocultar su fuga, aunque su fuga había sido organizada con el aval del propio Alberto Fujimori, quien lo “indemnizó” en Palacio de Gobierno otorgándole nada menos que quince millones de dólares en efectivo antes de que desapareciera.

Ollanta Humala no parece tener el perfil ideal para ser presidente de la República (perfil que tampoco tuvieron otros mandatarios) pero no hay pruebas suficientes de las acusaciones que se le imputan y en las actuales circunstancias es la única alternativa frente a la señora Fujimori, dado que la desesperada consigna del voto nulo o viciado no va a ser mayoritaria y por lo tanto no se van a anular las elecciones para convocar nuevos comicios.

Las circunstancias han puesto al señor Ollanta Humala ante un momento excepcional. No por compartir sus ideas, felizmente evolucionadas en los últimas tiempos, ni por desconocer las barbaridades que hizo su hermano Antauro, sino solo por una cuestión de decoro y patriotismo, muchos peruanos tendremos que votar y votaremos por él para evitar esta deshonra internacional, esta vergüenza ante el mundo y ante nosotros mismos que significaría tener de presidente del Perú a la señora Fujimori.

Ahora bien, ¿podría el señor Humala convertir ahora al Perú en una Cuba o una Venezuela?

Los militares peruanos ya hicieron un experimento revolucionario radical entre 1968 y 1975 y saben cómo acaba eso. La mayoría absoluta del pueblo peruano está de acuerdo con la economía de mercado, la mayoría quiere que haya una mejor redistribución de la riqueza pero no desea ni aceptará un modelo chavista ni castrista. La mayoría no quiere una nueva dictadura, quiere que la economía siga creciendo bajo el amparo de un Estado eficiente y consistente, que haga justicia y cumpla con su deber.

Ollanta Humala parece haber entendido ese mensaje y por eso ha adecuado sus planteamientos a esa realidad y ha dicho que prefiere emular a Lula antes que a Chávez. Ollanta Humala ha reunido a un equipo profesional bastante más solvente que el de la señora Fujimori y aunque lo acompañan algunos izquierdistas dogmáticos y trasnochados cuenta también con el aval de personas de excepcional calidad intelectual y credenciales democráticas y liberales como Mario Vargas Llosa, a quien ahora aborrecen muchos de sus antiguos seguidores del llamado sector A por no tranzar ni con la corrupción ni con la violación sistemática de derechos humanos del régimen de Fujimori y Montesinos.

Por patriotismo, que es un sentimiento noble y legítimo, no por nacionalismo, que es una ideología discutible, Ollanta Humala tiene en las actuales circunstancias la obligación de personificar al Perú y de hacer un gobierno inteligente, de reunir a los técnicos más capaces y de evitar cualquier estúpida aventura chavista.

Ollanta Humala tiene la obligación de garantizar el crecimiento económico y una mejor distribución de la riqueza respetando escrupulosamente las leyes como ha jurado hacerlo.

Si no lo hace, si traiciona la confianza que ahora depositaremos en él, los peruanos no tardaremos en salir a las calles y exigirle el cumplimiento de sus promesas.

Pero al menos habremos salvado ahora el honor del Perú, que es nuestra patria, donde nacimos, donde están nuestros muertos, esa patria que a pesar de todos sus dramas y miserias llevamos siempre en el fondo del corazón.

EL COLECTIVO CHICHA MORADA

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