«Si no vives para servir, no sirves para vivir»
es el lema de los blogs de Julio Carmona
(editados con la colaboración de Juan Víctor Alfaro):
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¿Qué pretende el soledoso
o anacoreta doctor:
el nombre o metal brilloso
de ese centro de valor? 

En la ciudad de Arequipa hay un Museo de Arte Contemporáneo, instalado en una casona de dos pisos, de estilo inglés, que perteneció a la ya desaparecida Compañía de Ferrocarriles del Sur. Queda en una esquina de la avenida Tacna y Arica, frente a la Estación del Ferrocarril. Pasó a poder del Museo gracias a la imaginación y buena voluntad del presidente de su patronato, Samuel Lozada Tamayo, un abogado de los de antes, viajado y lector, ergo: culto, que convenció a sus antiguos propietarios para cederlo en uso al Museo por treinta años.
En julio de este año, mi esposa y yo tuvimos la ocasión y el placer de visitar esta pequeña joya consagrada a las artes pictórica y escultórica, conducidos por el mismo Lozada, y asistidos por el Director, Eduardo Ugarte y Chocano. Las salas y vestíbulos amplios, relucientes y decorados con buen gusto ofrecen el ambiente aparente para hospedar a algo más de un centenar de cuadros y esculturas de arte contemporáneo y fotografías, de artistas nacionales, adquiridos con una voluntad encomiable por el Patronato del Museo con la cooperación de donantes particulares. Recorriéndolo, me dije si las autoridades locales saben lo que vale este Museo para la ciudad, y si le brindan algún apoyo para comprar nuevas obras y convertirlo en una caudalosa corriente de cultura visual.
En el primer piso, se exhibían los cuadros de técnica superlativa y desbordante colorido de Leo Ugarte, pintados tan rápido como lo permitían las tintas de imprenta usadas, que daban el nombre a la exposición: “El pulpo en su tinta”.
En una sala del segundo piso me llamó la atención una escultura en madera de algo más de un metro, colocada sobre un pedestal. Representa a un personaje vestido con una sotana oscura, no muy grueso, grandes orejas y beatífica expresión algo forzada. El autor la ha denominado San Cipriano. A primera vista sólo sería una talla meritoria por expresar la palidez y el aire contrito de un fraile consagrado a la oración y al aislamiento, como acontecía en épocas felizmente ya sepultadas. Nada especial. Me disponía a continuar, cuando me fije en un mecanismo disimulado en la parte inferior de la escultura. Lo accioné y la cabeza del fraile, coronada por una enorme mitra, se destapó como una cacerola. Y allí, dentro del cráneo, aparecieron varias figuras de mujeres desnudas en posturas psicalípticas y otras pequeñas tentaciones. Recién entonces se podía advertir la naturaleza surrealista de la obra y la intención oculta del personaje evocado: pura hipocrecía. De esta revelación resultaba fácil imaginarse los pasos siguientes del fraile que reclamarían tal vez otras esculturas, como una serie folletinesca, al lado de las cuales el colombiano José María Vargas Vila, que las damas de comienzos del siglo veinte leían encerradas en el baño, suspirando de lascivia, se asomaría como un niño de jardín de infantes.
Este San Cipriano no recuerda para nada a San Cipriano de Cartago, que vivió a comienzos del siglo III de nuestra era, y se hizo famoso por negarse a ser un lapsi —un cristiano que abjuraba de su fe por miedo a la persecución del emperador romano— y, como era natural entonces, terminó sus días con la cabeza cortada. No dice la historia si se emasculó como Orígenes, su colega y contemporáneo de Alejandría y profesor de los catecúmenos.
Es posible que el escultor arequipeño haya tenido como modelo a otro cipriano (de la familia de los cipriani, plural de cipriano en italiano), que debe tener una mente parecida. Todo el mundo recuerda en nuestro país cómo este cipriano, siendo arzobispo de Ayacucho, apostrofó en ejemplar arranque inquisitorial a los derechos más caros del hombre, vociferando: “¡Los derechos humanos son una cojudez!”; y que, en otra ocasión, en un sermón a una sala llena de oficiales del ejército, pronunció una homilía intercalada profusamente de palabras soeces, que hicieron retorcerse de risa a sus oyentes. ¡Un éxito de histrionismo y payasada!
Nuestro San Cipriano ha vuelto a las andadas en estos días con cierta descabellada pretensión: parecería que quiere apoderarse de la Pontificia Universidad Católica, tirando al tarro la Ley Universitaria, que para él sería otra cojudez. En el exfundo Pando, legado a esta Universidad por un ilustre patricio conservador, y donde ella tiene su campus, el gallinero se ha alborotado al sentir sobre sí la mirada del zorro, y ya hay algunos que tiemblan de miedo allí adentro por la excomunión. ¿Excomunión, en este siglo? ¿Qué es eso, mamita?
Se me ocurre que para exorcizar a este fantasma sería bueno, tal vez, prestarse el San Cipriano del Museo de Arte Contemporáneo de Arequipa y sacarlo en procesión por las calles de Lima, con una pascana especial ante el arzobispado. Me atrevo a pensar que su intervención sería eficacísima.
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