Vale más canción humilde que sinfonía sin fe. J.C.
«Si no vives para servir, no sirves para vivir» es el lema de
Qué hacías con esa máscara de vieja. Con esa máscara que no cae con tu cuerpo que todavía está como para correrse un derby. Con ese par de pechos que, debajo de la blusa, aún parecen un dúo de lebreles, imposibles de dominar con mano inexperta. Qué hacías con esa máscara de vieja la mañana del primero de enero, cuando te vi pasar a través de la vidriera del bar , yo tomándome un cafecito-cortado, y tú como queriendo huir de ti misma, seguramente en fuga de alguna aventura de fin de año, quizá con el jefe o alguno de sus amigos influyentes, que se quedó dormido entre tus piernas de mambera que, en la década del 50, enloquecían a toda nuestra pandilla de la calle Naranjos, con tus dieciséis años y tus aires de muchacha decente, blanquita, caída por que no sé qué maldición en ese barrio de zambos y mestizos pobres. Y como eras de las muchachitas del colegio señordelamisericordia, ni siquiera mirabas para acá, para donde estábamos los que salíamos, todos mugrosos, torpes, mataperros, del ntroescolarrepúblicaargentina (por la mañana) o colegio 377 (por la tarde): era lo mismo, la misma mugre la misma tristeza que silbaba a tu paso, que te seguía, que sería capaz —con placer— de olerse tus peditos. Pero tú, ni la tos, ni volteabas. Y no eran pocas cuadras: te esperábamos, allí en la catorce de Antonio Miró Quesada: en la puerta de la capillita adonde nuestros cuerpos pringosos nunca se atreverían a penetrar. Allí había una virgencita cuyos colores crema y celeste eran todo un desafío para nuestros uniformes caqui llenos de parches, para nuestros temblores de muchachitos que preferían la oscuridad de los cuartos arratonados a esas luces celestiales que, entonces, no columbrábamos aún apócrifas.

Además, la virgencita estaba en la gruta, junto a una caída de agua, elemento con el que no guardábamos las mejores relaciones. Porque entonces era lindo verte salir, y sentíamos que en realidad salías de la gruta, que tú eras la misma virgen —líquida, celeste, sin nombre (hasta ahora no sé cómo te llamas, pero ya no importa). Salías y el aire se congelaba. No, no eras la única: salía un enjambre, pero todas las otras, bien puesto el uniforme azul marino, el cuello blanco, redondo, pulquérrimo; todas las otras eran una mancha gris. Tú, la estrella, el candil que encendía esas malditas tardes sebosas de junio. Y empezaba la procesión: cuadra catorce, cuadra trece, cuadra doce, doblar por la Plazuela Buenos Aires (la pila seca y llena de cucarachas) a la izquierda. La heladería Susuki (nunca hubo dinero para comerse uno); la casa Nakasone (donde, para Navidad trabajaban todas las ninfas del Barrio), el paradero inicial de la de la Cocharcas-José Leal (todavía existe: monumento histórico, con los mismos ómnibuses en los que empezaron nuestros pegamentos a los cuerpos femeninos). Y luego la Iglesia de las misas de doce de los domingos. La iglesia donde fuimos zampados todos nosotros a la pila bautismal, a pesar de que existía la otra, la del Carmen (nunca llegué a explicarme esta suerte de rivalidad entre las dos catedrales de los Barrios Altos). Pero nuestra procesión pasaba por el frente de la Iglesia de Cocharcas, y se detenía en una suerte de genuflexión de opereta. Allí, cinco metros adelante, ella y su cohorte (nunca puede distinguir quiénes la acompañaron durante los años que duró nuestro recorrido). En la esquina de Huánuco (tal el nombre de la calle de la Iglesia) y Puno, la falange se dividía. Quedaban ella y un apéndice (que tampoco puedo recordar, identificar, señalar), que doblaban a la derecha, remontando el jirón Puno. Mis feligreses y yo hacíamos una suerte de alto, reconocíamos el terreno, y avanzábamos, justo a tiempo para verla detenerse a la puerta de una de esas casas de altos-y-bajos donde, un besito fugaz, se despedía de su acompañanta y penetraba, con ese método que se usaba antes (¡qué tiempos aquéllos!), de introducir la mano por una ventanita y abrir uno mismo la puerta. Por supuesto, nunca, en todos esos años, volteó hacia nosotros. Y menos, es claro, nosotros le dirigimos algo más que nuestras miradas misérrimas, suplicantes y asimismo devoradoras. Luego, cuando vimos que su cuerpo iba creciendo, como crecen esos frutos que tú sientes prontos a caer de los árboles… Ella misma que crecía como un huerto que nosotros columbrábamos debajo del uniforme azul. Su paso que fue tornándose más terreno, diríamos. Su metamorfosis de niña a mujer la apreciábamos por una suerte de —diríamos— descenso a la tierra. Nunca oímos su voz, porque ni fuimos capaces de acercarnos a la `distancia necesaria´ pero la imaginábamos; y la sentíamos entonces más segura de sí misma, como más seguros nos parecían sus gestos, en aquel invierno del cincuenta y siete, cuando la vimos por última vez. Desde entonces, hasta una tarde, veinte años después, detrás de la ventanilla de «Caja» de un añoso diario limeño: cobraba por los avisos. Yo no recuerdo ya si llegué a poner el mío, paralizado como me quedé; pero estuve mirándola; esperé casi una hora hasta que se puso de pie. Su cuerpo era el mismo: guitarra flamenca, movimientos de colibrí. No me detuve en su rostro, pero en cada uno de sus pliegues prematuros me pareció encontrar los vericuetos de los Barrios Altos: las caídas de la infancia-­adolescencia; aquel sabor agridulce, cuyo recuerdo no pude soportar mucho tiempo, pues salí de ese vestíbulo corriendo, como perseguido por los fantasmas que, ahora, han vuelto con esa máscara de vieja con la que te veo vadear el río de la mañana del primero de enero, como cuando te internabas, corriente-arriba, en el jirón Puno, cuadra final, a la derecha de la iglesia de Cocharcas, en el Paraíso Perdido de los Barrios Altos.

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Luis E. Aguilera

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