ESA OTRA LITERATURA QUE NO ES NUESTRA

Partimos ante todo del punto de vista del Perú como una formación histórico social determinada. Somos peruanos y amamos y odiamos de una forma peculiar todo aquello que es amable u odiable. Pero principalmente amamos al terruño que nos vio nacer, a la gente que nos circunda y hasta a los minerales más simples que se convirtieron en vida con el trascurrir de los siglos. ¿Qué literatura puede traducir mejor esa ternura que nos enseñaron los mayores por lo nuestro?

Tanto en Arguedas como en Vallejo encontramos páginas, párrafos y oraciones preñadas de ternura. Hay en ambos una valoración justa del amor que no hallamos en los escritores que quieren lapidar a nuestra herencia andina. Estos Amautas tradujeron en bello lenguaje aquella identidad que nos caracteriza como formación social y que ya podemos entender como nación. La comunión con la tierra, con el paisaje y la naturaleza; la animación de los Apus y de las Huacas; los ríos, las montañas y quebradas metidas en la médula de una literatura que por fin llamamos «nacional», según lo reclamara Mariátegui.

La otra literatura, aquella que patrocina con tanto entusiasmo Vargas Llosa, es la negación de la literatura nacional. Carece además absolutamente de ternura, de amor y compasión. No existe una poetización del paisaje ni del hombre o mujer que lo fecundan. Esa otra literatura está hecha para el consumidor extraño a nuestras latitudes; por eso se pretende «cosmopolita», por su falta de arraigo y volatilidad. Pareciera que el ‘varguismo’ carece de una valoración del amor terrenal y ecuménico, porque cuando éste aparece lo hace bajo el manto de lo perverso o frustrante. Un ejemplo lo tenemos en Lituma en los Andes y la caricaturización del amor de los humildes. Los olvidados de la tierra no aman: fornican.

Las nuevas generaciones que comulgan con ruedas de molino, como lo son el desencanto y la desideologización, no conocieron al Vargas Llosa de la Comisión Investigadora del caso Uchuraccay. Cualquier tesis acerca de este antagonismo entre la línea peruana y la línea vargasllosiana debería incluir como bibliografía las declaraciones de Varguitas respecto a aquella realidad que venía a descubrir en las alturas de Ayacucho, adonde nadie entendía su castellano. En síntesis, fue una comisión «encubridora» puesto que nada aclaró y salvó el prestigio de las fuerzas armadas, de los batallones contra subversivos y de las mesnadas organizadas por ellos. Lo importante es el juicio de Varguitas sobre los Andes, la cultura a la cual tuvo que enfrentarse con traductores, la extrema pobreza, el atraso y el subdesarrollo que allí vio. Bueno, pues, Varguitas sigue predicando la desaparición del mundo andino, tal como lo hizo en el Congreso de Escritores de Madrid 2005.

«Ha desaparecido felizmente aquella narrativa telúrica y social», decía Varguitas en su discurso inaugural. De pronto nosotros nos sentíamos como unos fantasmas que rondaban la Casa de América en Madrid. No existíamos. Un periodista de Caretas alzó su voz en el rol de oradores para decir que ya toda la narrativa peruana era hija de Vargas Llosa. Quien no quiera ver la verdadera intención política que se esconde tras los velos del travestismo literario, es un ciego intencional. De lo que se trata es de acabar con la izquierda en las letras, decretando la desaparición del drama social como tema literario. Una noche de guardia en el hospital Dos de Mayo harían pensar diferente tanto al patrocinador como al patrocinado, ese que escribe sobre la calle de las pizas en Miraflores o sobre la novela de la cocaína. Y es que el drama social nos acosa y nos alienta también a tener un punto de vista de clase.

Volvamos al tema más polémico, entre cosmopolitas emigrados y provincianos nacionalistas. José María Arguedas puso en tela de juicio a la emigración como fuente de talento. No es lo mismo prosperar artísticamente que emigrar, pero parece que incluso los periodistas culturales consideran un atributo la condición de residente en el exterior. Un escritor que viene de vivir en el primer mundo les parece más inteligente. Comprobamos que eso no es cierto. Por más que viajen, residan y escriban en el exterior, los valores de una buena literatura no están signados por el contexto. Ya lo dijo Arguedas, imitar desde aquí a otras literaturas es una huachafería. Se reafirmó José María en que los estímulos que nos da nuestro propio contexto son inigualables y hasta envidiables. Tal vez tengamos mucho que enseñarles a los forasteros.

Aquí estamos, señores del poder: ni muertos ni vencidos, abriendo más caminos. Tendrían que acabar con todos los peruanos para que vuestra literatura represente al Perú. Son siglos en que esa intención se ha chocado con la resistencia de todo un pueblo que aprendió a sobrevivir a todas las calamidades, empezando por la peor: la conquista. Aquí estamos, señores del poder, con una literatura que bien Vallejo la ha rotulado: Telúrica y magnética:

¡Sierra de mi Perú, Perú del mundo,

y Perú al pie del orbe; yo me adhiero!

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