CENTRANDO EL PROBLEMA DE FONDO

Dante Castro nos dice una gran verdad: en la producción artística no se puede ser complaciente con productos mercantiles fabricados, menos promovidos por el censor de la literatura peruana, gracias a su magnifica ubicación en el negocio editorial español, don Mario Vargas Llosa. Sobre Vargas Llosa, todavía hay mucho por escribir, pero aquí se trata de su apadrinado Santiago Roncagliolo, un joven sin mayores luces literarias catapultado por el premio Alfaguara, que tratándose de escritores peruanos necesita el visto bueno de Mario. ¿No lo sabían?, pues, ya lo saben.

Los lazos filiales de Mario con su hijo, el plumífero Álvaro, no permitieron la promoción deseada para la literatura joven, entonces se buscó a un publicista dispuesto a todo, a cambio de la popularidad fácil y la fama alquilada, por supuesto, bajo auspicio oficial de quienes sustrayéndose a la realidad circundante del mundo oprimido venden entretenimiento a manera de género literario. En realidad estamos frente a un fenómeno repetitivo de producciones de “literatura de mercado” como señala Dante Castro, como también de mercado es el dominio neocolonial del imperialismo. Y conste que las últimas novelas de Mario Vargas Llosa van exclusivamente en el rubro de entretenimiento, aunque mejor elaborado por la técnica narrativa adquirida; y son como sabemos, de acuerdo a la promoción de la madre patria, los “best seller” de la literatura hispanoamericana. Y para Norteamérica, que asimismo celebra la obra del peruano-español, el agradecimiento que la Casa Blanca le debe por ser el vocero del neoliberalismo a escala mundial, por supuesto, desde el mundo hispano hablante.

El problema de fondo respecto a Roncagliolo, aceptando que el amiguismo es una tendencia negativa que lleva a la parcialidad o a la falta de objetividad, es que nos encontramos ante una discusión no muy clara y menos aún definida. ¿Se está juzgando a Roncagliolo en relación a su obra literaria o como ensayista, cronista o periodista? Tocar el tema de Abimael Guzmán, con nombre propio, para la literatura-ficción requeriría de una imaginación enorme, de una capacidad figurativa clarividente, que, indudablemente, Santiago Roncagliolo no posee. En conclusión su obra no es una novela. Tocarlo como ensayo requiere de mucha y variada información fidedigna; además, del rigor científico del fenómeno histórico-social, cosa que Santiago no domina ni se ha puesto a investigar. Tampoco es un ensayo. Para tocarlo como cronista debió vivir algunos de los hechos que se relatan o de lo contrario haber estado en consulta permanente con los actores del personaje principal y su entorno, situación que tampoco es el caso. No puede ser, por tanto, una crónica recreada. Y si lo ha tocado como periodista, la parte mal elaborada de sus “ficciones” y burdas elaboraciones de segunda y tercera mano lo ubican entre los mandaderos del periodismo nacional inventando la manipulación histórica. Entonces, es un mal periodista. En resumen, el libreto («La Cuarta Espada- La historia de Abimael Guzmán y Sendero Luminoso») resulta un híbrido de mal gusto encomendado por dinero a un parlanchín de pacotilla. Una obra por encargo sin ton ni son.

No hay forma de equivocarse. La novela más lograda de Roncagliolo: Abril Rojo (Premio Alfaguara) es de género ligero, no una gran obra acorde a la remuneración del sustancioso premio. Su obra Pudor llevada al cine, puede inscribirse fácilmente como la explotación de los lugares comunes de cualquier telenovela mexicana o venezolana, innegablemente un “best seller” en la onda de Corín Tellado, pero, ¿es esto literatura en sentido estricto? Y ahora, entre otros cuentos publicados, “La cuarta espada…” no cabe duda el tema es vendedor por la curiosidad que despierta el fenómeno senderista en el Perú, con lo cual Alfaguara se viene frotando las manos. ¿Deben pasar los escritores por esta ignominia, por esta degradación de la literatura con tal de ser “reconocidos”?

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