(Incluimos este texto de Alonso Cuento, publicado en el diario “Peru21”, en la medida que alude -indirectamente- al debate al que venimos asistiendo, aunque asume la actitud de un “francotirador” que dispara a diestra y siniestra, pues, de sus disparos no se salva Santiago Rocagliolo (que es quien hizo la clasificación de “andinos” y “criollos”, y que además enfrentó como gallos o boxeadores a Arguedas y Vargas), y tampoco quedamos indemnes quienes nos opusimos a esas nomenclaturas y maniqueísmos, y sólo reclamamos que debe hacerse la distinción de tendencias (que no pueden negarse diciéndoles “no”, simplemente), pero sin comparaciones odiosas, sino que se respeten los criterios estéticos de cada clase social. Juan Víctor Alfaro).

FALSOS DILEMAS

Una de las características de la literatura es su capacidad por incluir la variedad de lo humano. Un escritor abarca territorios desde varias perspectivas y, con frecuencia, es difícil definirlo o catalogarlo en una sola. Me parece que esta verdad general puede aplicarse para comentar los falsos dilemas que vienen usando (otra vez) algunos agitadores que, con los conceptos antagónicos -y moralizantes- de ‘andinos’ y ‘criollos’, pretenden establecer diferencias entre escritores peruanos.

Mario Vargas Llosa, por ejemplo, no es un ‘criollo’ propiamente hablando. Catalogarlo de ese modo simplifica y desnaturaliza su gran obra narrativa y lo somete a una serie de malentendidos. Autor de una gran novela sobre los territorios de la selva, su galería incluye las llanuras por las que caminan los rebeldes de Antonio Conselheiro y, también, el sol ardiente que ilumina el delirante uniforme del presidente Trujillo.

Arguedas, por otro lado, convocado como un modelo, tampoco es un escritor cuya obra puede ser agotada con la categoría de ‘andino’. En ese caso, también, su gran proeza narrativa sería simplificada y desnaturalizada. No solo describe ese laboratorio de migraciones y conflictos que es Chimbote en su última novela sino que, en sus obras cumbres -Todas las sangres y Los ríos profundos-, los personajes limeños, o con vinculaciones a la capital, están siempre presentes.

Arguedas y Vargas Llosa no son, por otro lado, personajes o modelos antitéticos. No solo se leyeron y admiraron mutuamente sino que sus obras, en cierto sentido, tuvieron un aspecto común fundamental: las relaciones entre la vida de sus personajes y el marco impuesto por la sociedad peruana.

Lo mismo puede decirse de Ciro Alegría, Julio Ramón Ribeyro, Alfredo Bryce o cualquier escritor realista. Todos incluyen aspectos de distintas partes de nuestra cultura. En un país tan variado como el nuestro, no hay culturas ‘puras’ o ‘únicas’.

No estoy contra de las clasificaciones y de las divisiones pero, creo, interesan solo a dos tipos de personas: los profesores, por razones didácticas, y los agitadores, por razones estratégicas.

Ninguna obra literaria de valor está escrita bajo concepciones morales del mundo. Los inquisidores que las esgrimen nunca han gozado leyendo un libro. Están demasiado ocupados categorizando y clasificando moralmente a sus autores. Solo eso los hace felices.

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