Estimado Nicolás Hidrogo Navarro:

Me ha conmovido muchísimo tu testimonio personal sobre los últimos días del enorme poeta, Juan Ramírez Ruiz, fundador del Movimiento Hora Zero, al lado de otros poetas que procedían íntegramente de la universidad Federico Villlarreal, y autor de dos libros fundamentales para la poesía peruana contemporánea: «Un par de vueltas por la realidad» y «Las armas molidas».

No es que me olvide de su segundo libro, «Vida perpetua», en el que también hizo gala de ese vanguardismo que lo obsedía, pero acaso fue el tránsito para dejarnos muchos años después un bellísimo tratado poético sobre el país sufriente y combativo desde 20 mil años de historia, como dice en alguno de sus versos de «Las armas molidas», representando al habitante de estas tierras como un sobreviviente tenaz y siempre creativo, como un golondrino, exacto retrato y celebración de las grandes mayorías peruanas.

Y es desde esa descripción tan descarnada que rememoras sobre sus días en Chiclayo, en todo el norte, en realidad, adonde iba tan frecuentemente quizá para encontrar el verdadero sentido poético a la vida difícil, bronca, extrema que él eligió, que me permito coincidir contigo en la reflexión final de tu homenaje: su vida, como la de Martín Adán, Valle Goycochea, Juan Gonzalo Rose, Juan Ojeda, se conducía inevitable y trágicamente hacia el abismo.

La poesía es una elección de vida y su palabra a veces es ilimitada hasta la arbitrariedad de la autodestrucción. Un poeta auténtico como JRR llevó estos dos principios hasta la exasperación, como otro hermano nuestro, el poeta infrarrealista mexicano Mario Santiago, coincidentemente muerto en un accidente, en 1998, y admirador de Juan, como consta en la dedicatoria de su libro «Aullidos de cisne». A diez años de la muerte de Mario Santiago los infrarrrealistas acaban de realizar el viernes pasado un homenaje a los dos poetas que fueron muy amigos, a través de cartas, ya que no se conocieron personalmente.

Y me adhiero a tu propuesta de que quienes alguna vez compartimos con él la aventura de un movimiento que pasó por todas las vicisitudes, odios, enemistades, silencios, olvidos, postergaciones, y sin embargo se mantuvo permanente durante muchas décadas, y tantos otros que lo acompañaron en los últimos tiempos como tú, hagamos de su memoria la más noble demostración de cariño y admiración que se le puede rendir: ayudando a su familia, releyendo su poesía, intentado reunir su obra inédita en la que tú podrías participar seguramente con el gran aporte de tu álbum fotográfico.

Sabemos que un grupo de sus amigos está pensando organizar un recital en un local del centro de Lima. Ojalá que los propietarios de ese local aprovechen la oportunidad para apoyar a su familia, ya que JRR dejó una compañera y un hijo. Esta sería la verdadera demostración de respeto a su obra y persona.

Tulio Mora

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