«Si no vives para servir, no sirves para vivir»
es el lema de los blogs de Julio Carmona
editados con la colaboración de Juan Víctor Alfaro):
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Tras la Primera Guerra Mundial se constituyeron en Italia, Alemania y en otros países europeos movimientos antisocialistas de nuevo cuño. Provenían principalmente de las clases medias, que temían la proletarización —la pérdida de sus propiedades y privilegios— y por tanto cerraron filas, tanto contra el gran capital como contra el movimiento obrero. Las “Fasci di Combattimiento”, fundadas por Mussolini le otorgaron el nombre a los “movimientos de masa hostiles a la masa”. En Alemania los fascistas se llamaron “nacionalsocialistas”. Estos forjaron su programa explotando el miedo a la expropiación y recurrieron al tradicional antisemitismo.


En la medida en que en la edad media y en la moderna se desarrollaron el comercio internacional y las transacciones monetarias, se echó mano a la minoría judía especializada en estos menesteres, de la que al mismo tiempo se desconfiaba. Los perdedores de la modernización del capitalismo temprano buscaban culpables. De esta manera surgió el fantasma de los judíos como extraños peligrosos, versión que fue “modernizada” hacia finales del siglo XIX. Ya no eran únicamente los “asesinos de Cristo”, sino también una “raza” amenazante, a la que había que perseguir y exterminar. En la perspectiva de las clases medias se percibía a “Wallstreet” y al “Kremlin” como dos idénticos cuarteles generales de la “conspiración mundial judía”. Hitler ordenó a sus hordas la destrucción de las organizaciones obreras, contando para ello con el apoyo de la policía, la justicia y el ejército. El destierro y la aniquilación de los judíos europeos le resultó tan importante como la conquista de la Rusia estalinista.


Fascismo (o nacionalsocialismo) significa, por tanto, la formación de una plataforma que agrupaba a las clases medias amenazadas por la “proletarización”, y que azuzadas por demagogos contra etnias o naciones “enemigas”, o supuestas “quintacolumnas” de “extraños” incrustadas en el interior del país, se pusieron en marcha, ávidas de guerra, saqueo y pogromos.


Científicos sociales huidos de la Alemania hitleriana (Horkheimer, Adorno, Marcuse) investigaron empíricamente la constitución anímica y la visión del mundo de personas propensas a la agitación fascista. Gracias a sus hallazgos nos referimos con fundamento a la mentalidad “fascistoide” o al carácter autoritario de sectores sociales desposeídos y sin perspectiva, que constituye el prerrequisito de un movimiento fascista.


Si bien dictaduras militares o intervenciones policiales contra manifestantes en democracias parlamentarias pueden ser comparadas con el fascismo histórico, no debemos confundirnos. El que ve “fascismo” en todas partes, minimiza al fascismo real y se priva de posibles aliados. Un ejemplo aleccionador: la mayoría de los comunistas alemanes catalogó, antes de 1933, a los socialdemócratas como socialfascistas. Poco después miembros y funcionarios de ambos partidos se encontraron en los campos de concentración de los verdaderos fascistas. Era ya muy tarde para la formación de un frente que hubiera impedido la toma de poder de Hitler.


[*] Filósofo alemán

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