Correo, Lima 30 de octubre 2007

INDECOPI: LA BUENA ESTRELLA DE BRYCE

Por Manuel Eráusquin,
en su columna La Cornisa

Toda sentencia puede ser discutible, como la de Indecopi a favor de Alfredo Bryce, quien fuera acusado de plagio por Herbert Morote. Tal decisión devino en celebrada manifestación pública por el autor de Un mundo para Julius: en una breve misiva proclamaba su felicidad. Morote, por su parte, apelará ante el tribunal superior. El tiempo develará el final de este caso.
Pero más allá de la decisión tomada por una institución que supuestamente vela por la propiedad intelectual, Bryce deberí­a pronunciarse sensatamente sobre los más de veinte plagios que aparecieron y de los que no ha dicho nada convincente. El desacreditar a la prensa local y elucubrar delirantes teorí­as conspirativas han sido sus únicos recursos, desgraciadamente, para vergüenza de todos.
Su actitud, blindada de un cinismo inquietante, lo condujo a decir en una entrevista en la revista Caretas que a Mario Vargas Llosa lo habí­an acusado de trata de blancas y ya hubiera querido que lo acusaran de plagio. Todo esto en respuesta a un supuesto complot contra él por parte de la mafia fujimontesinista. La conmoción nos dejó mudos a varios. Eso demostró que Bryce no tiene reparos para defenderse de lo indefendible.
Uno se pregunta: ¿es consciente de lo que dice? ¿Tanto miedo tiene de asumir su responsabilidad? ¿Tan poco le importa respetar a los demás, que al parecer somos para él una sarta de imbéciles? Son interrogantes que asaltan nuestra mente después de escuchar y leer las declaraciones de uno de nuestros escritores más importantes y “queridos” sobre las acusaciones de plagio que tiene.
Incluso da curiosidad saber por qué sus amigos más í­ntimos no han salido a la luz pública para defenderlo. La interrogante transita por Lima con mucha inquietud. La respuesta es fácil de interpretar, lástima que Bryce se siga cegando. Que siga creyéndose intocable, escudándose en su prestigio literario para eludir sus errores. Ni la fama ni los premios proporcionan el honor. Eso es algo que uno se gana con actos limpios. A él parece no importarle y ahora festeja un fallo que no puede reivindicarlo, que no puede borrar los más de veinte textos plagiados. Su retórica humorí­stica ha dejado de dibujar sonrisas con este tema: la indignación ha ocupado su lugar.

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