«Si no vives para servir, no sirves para vivir»
es el lema de los blogs de Julio Carmona
(editados con la colaboración de Juan Víctor Alfaro):
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Interpretaciones sobre las idas y venidas de las encuestas y las encuestadoras

Hace dos semanas las primeras encuestas de la segunda vuelta daban ganador a Ollanta Humala; este fin de semana, en cambio, dieron un empate entre los dos competidores, con variabilidades entre los punteros. Inmediatamente empezaron las interpretaciones sobre “el cambio de tendencia”. Y curiosamente muchos que decían que la apertura del nacionalista hacia una coalición con otras fuerzas, la convocatoria a nuevos técnicos y la flexibilización de sus propuestas programáticas, eran la explicación de su ascenso inicial, concluían días después que esos mismos puntos eran la causa de su descenso, en el que descubrían oportunismo, transfuguismo e indefiniciones programáticas.

De igual forma, la tesis de que Keiko Fujimori estaba perdiendo el paso en el interior del país y en las poblaciones rurales, concentrándose en Lima y en las clases medias y altas, sirvió al principio para explicar porqué se rezagaba y días después porqué crecía sacando fuerte ventaja en la capital y en los sectores sociales A, B y C. Y la misma ambivalencia se descubría en la evaluación sobre el efecto que está produciendo la guerra sucia en el resultado, ya que si bien se asume que el ataque masivo de la prensa de derecha habría tenido impacto en detener el crecimiento de Ollanta, al mismo tiempo se dice que la actual situación 50-50, muestra que aún bajo fuego graneado la candidatura no se cae. O, como dice Tafur, podría al final producir el resultado inverso del que se está esperando.

La hipótesis de este artículo es que, más allá de aciertos y errores de los candidatos en campaña, y de la contra campaña que se desarrolla en paralelo desde la prensa, están funcionando otros factores que los analistas están pasando por alto. El primero, es la tendencia de polarización que se ha manifestado en todas las elecciones importantes de los últimos 21 años y que inexorablemente se convierten en una escisión del país en mitades cuando se llega a la segunda vuelta.

Los ejemplos son clarísimos: 1990, entre Vargas Llosa y Fujimori; 2000, entre Fujimori y Toledo; 2006, entre García y Humala; 2011, Humala y Fujimori. No existe la posibilidad que una candidatura se pasee sobre la otra. Era lo que creía la derecha fredemista hasta que la pararon en los últimos días de la primera vuelta, para que luego se les escapara la elección que creía ganada. Y lo que volvió a creer Fujimori en el 2000, cuando era el chino contra el mundo, y terminó desestabilizado por la rebelión enredada de Toledo, que le quitó legitimidad a su triunfo y acabó con la hegemonía autoritaria.. También fue lo mismo que imaginaron García y sus aliados de la segunda vuelta del 2006, que creyeron que iban a alcanzar los dos tercios por falta de aliados con Humala y ganaron con las justas.

Hoy es evidente que el Perú próximo al 50-50, es mucho más fiel a la realidad que el que se mostró apenas comenzada la segunda vuelta. Y aquí es que viene el segundo elemento descuidado por los observadores políticos: a diferencia de la votación de hace cinco años, en la que García ingresa como “centro” a la segunda vuelta y suma el voto de derecha; en esta elección Keiko ingresa desde la derecha y trata de arrastrar un voto dizque “centrista”, sobre el cual también se proyecta Ollanta. Esta disputa desde los extremos acentúa el voto refractario o antivoto, que es el que se desplaza hacia el campo de un candidato por rechazo del otro. La suma compleja de esta elección es la de las adhesiones iniciales (voto duro), las adhesiones nuevas (mal menor) y el antivoto que deriva hacia cada uno de los candidatos.

El péndulo que vemos operando de Ollanta hacia Keiko, es producto de que al comenzar la segunda vuelta Humala tenía más adhesiones iniciales y captaba más adhesiones nuevas, mientras Fujimori tenía su voto original y la fracción de votos antihumala más militante. Eso se reflejó en una ventaja del nacionalista entre cinco y ocho puntos, que hizo volar al dólar y deprimirse a la bolsa de valores. Pero que de inmediato desató otros procesos: una corrida de antivotos contra Humala a favor de Keiko, para que no gane su “enemigo”, un acentuamiento hasta límites delirantes de la campaña para frenar y demoler la campaña de Ollanta. Eso es lo que estamos midiendo en la segunda ola de encuestas. Por cierto el péndulo se va a volver a mover porque ahora los antivotos contra la fujimorista se van a correr hacia Humala para cerrarle el paso.

Son las leyes de la segunda vuelta y de la polarización funcionando que van acabando lonja por lonja con todas las indecisiones y pasando poco a poco del voto por (adhesión) al voto contra (antivoto), por el puro efecto de rechazo a lo que representa un candidato frente a otro. Así como a algunos la idea de un gobierno de cambios encabezado por Ollanta les parece imposible de aceptar, anclados como están en el conservadorismo dominante de dos décadas, así para muchos otros el regreso de los Fujimori y toda su mancha es la peor de todas las pesadillas. Estos sentimientos tienden a romper los purismos de los que no quieren comprometerse.

Así como van las cosas no se puede seguir hablando de “cambios de tendencias” con el sentido que se usaba para esta expresión en la primera vuelta. Porque precisamente la tendencia que se anuncia es la de un ajuste de las diferencias, hacia un final cerrado y sumamente tenso por la suma de los actores e intereses que se jugarán la vida en los resultados. Nuestra hipótesis es que en ese exacto terreno de enfrentamiento, Ollanta camina a vencer en el flujo y reflujo de las intenciones de voto, por su ventaja inicial y porque la corriente anti Fujimori es más fuerte y con motivos más sólidos que la que se opone al candidato nacionalista.

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